28 dic. 2010

De tiempo

Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: sentirlo en toda su lentitud.

Albert Camus, La peste.

25 nov. 2010

Llamadme tradicional

¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Tus ojos son palomas, y perdóname que insista, Mario, que a lo mejor me pongo inclusive pesada, pero no es una bagatela eso, que para mí, la declaración de amor, fundamental, imprescindible, fíjate, por más que tú vengas con que son tonterías. Pues no lo son, no son tonterías, ya ves tú, que, te pones a ver, y el noviazgo es el paso más importante en la vida de un hombre y de una mujer, que no es hablar por hablar, y, lógicamente, ese paso debe de ser solemne, e, inclusive, si me apuras, ajustado a unas palabras rituales, acuérdate de lo que decía la pobre mamá, que en paz descanse. Por eso, por mucho que él la defienda, y por voces que dé, no me seduce la fórmula de Armando de salir cuatro tardes juntos y retenerle un buen rato la mano para considerarse comprometidos. Eso será un compromiso tácito si quieres, pero si me preguntaran a mí, no me mordería la lengua, te lo aseguro, que yo me mantendría en mis trece, Esther y Armando se han casado prácticamente sin ser novios antes, de golpe y porrazo, tal como suena, cosa que, bien mirado, ni moral me parece. Es lo mismo que si un hombre pretendiera ser marido de una mujer por ponerle la mano encima, equilicual, que el matrimonio será un Sacramento y todo lo que tú quieras, pero el noviazgo, cariño, es la puerta de ese Sacramento, que no es una nadería, y hay también que formalizarlo, que ya sé que fórmulas hay muchísimas, montones, qué me vas a decir a mí, desde el "te quiero" al "me gustaría que fueses la madre de mis hijos" con todo lo cursi que sea, figúrate, de sorche y de criada, pero, a pesar de todo es una fórmula, y, como tal, me vale.

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario.

21 nov. 2010

Instrucciones para encontrar un tema para las instrucciones

La idoneidad de estas instrucciones se constata con sólo echar un vistazo al título de las mismas: existe una grave carencia de imaginación en la elección del tema. Es opinión generalizada, y este sector de la doctrina comparte, que se hace necesaria una regulación específica del proceso imaginativo cuyo resultado vincula a las partes obligadas a la redacción de instrucciones. Precisamente por el carácter vinculante de esta decisión, es importante no incurrir en ideas insustanciales, que no den lugar a ingeniosas creaciones, ni en ideas sumamente imprecisas, que puedan llevar a error (cfr. caso Instrucciones para dominar el mundo vs. Instrucciones para cambiar el mundo).

Así las cosas, y basándonos en precedentes por todos conocidos, los modos para dar con un tema adecuado pasan por proponer temas de alcance cotidiano (v.gr. caso Espaguetis o caso Reunión familiar) o temas que afecten directamente a uno o a varios de los redactores o partes implicadas (v.gr. caso Ascensores o caso Llaves). Reiterada jurisprudencia del Tribunal Instructor ha apelado, asimismo, a la integridad moral del propuesto como límite a la libertad de proposición del proponente, siempre que los derechos de uno y otro puedan ejercitarse en plena libertad y sin que existan interferencias de terceros de mala fe.

Además, un amplio catálogo de normas de carácter consuetudinario regula actualmente el procedimiento en cuestión. De un lado, han rechazado la ingesta de sustancias tales como bebidas alcohólicas, drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas, así como de otras sustancias que produzcan efectos análogos (setas alucinógenas), como medio para alcanzar unas cotas de inspiración que de otro modo no hubieren sido obtenidas. Por otra parte, prohíben la cesión de la capacidad de decidir el tema, así como cualquier tipo de subrogación en la posición del proponente, por los problemas que acarrea la aparición de un tercero en la relación bilateral. Desde aquí se apela a una positivización de estas normas consuetudinarias.

Por todo ello, y de un modo panorámico, la situación actual dista mucho de ser cuna de respeto y de solución pacífica de controversias. Dejo, por tanto, en manos de la Comisión de Derecho Instructor la creación de un texto articulado que regule los diversos modos para encontrar un tema para las instrucciones y que recoja principios generales tales como el ‘in dubio pro propuesto’, el ‘pacta sunt servanda’ en lo referente a los plazos o el ‘quod nullum est nullum effectum producit’, entendido éste como “a ideas necias, teclados mudos”. No se nos escape que las instrucciones son lo que son, y no lo que las partes quieren que sean.


Una versión bastante menos jurídica y con ciertas dosis de autosuficiencia (merecidas, en honor a la verdad) pude leerse en http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2010/11/21/instrucciones-para-encontrar-un-tema-para-las-instrucciones/

19 nov. 2010

La vida tiene prisa

Da la impresión de que estoy estancado. De que el tiempo pasa y de que sigo igual. Igual que hace ¿tres? ¿cuatro años? La vida sigue, ¿pero yo? ¿Qué hago? Sigo con las mismas inquietudes, las mismas preocupaciones, las mismas motivaciones e idénticos sueños. Nunca hay novedades. Jamás, nada interesante, nada que contar. Indiferente, aburrido, mediocre. Insustancial.

Todo a mi alrededor cambia. Se agita, evoluciona, se desarrolla. Tentáculos que se alargan, aspiran a más, tocan el cielo. Se enredan, se equivocan, prosperan. Y yo en el centro. Sin importunar, porque nadie merece ser molestado. Sin imponerme, porque todo está bien así. Y si está bien así, ¿para qué cambiarlo?

La edad... Decir que me preocupa sería absurdo, pero aun en plena juventud ya puedo arrepentirme de haber perdido la oportunidad de hacer todas esas cosas que podría haber hecho. Hay tiempo, de acuerdo, pero todo el mundo... Está bien, no cabe comparación, pero lo que no puedo hacer es encerrarme en una burbuja. Sería absurdo. Vivo entre los tentáculos. Vivo entre la vida. Y la vida exige, la vida espera algo. Y está el futuro, y están todos los hilos de los que tengo que tirar. Y se espera que tire de todos, y aún no he tirado de ninguno. Y no me da la gana de tirar, y ya se acabará el tiempo, y si se acaba se acabó, y ya veremos qué pasa. Cada cosa a su tiempo, a ver. Que la vida tiene prisa. Pero yo no tengo ninguna intención de seguir su ritmo.

5 nov. 2010

Puta conciencia impuntual

Se multiplican peligrosamente los momentos en que acto seguido de abrir la boca me arrepiento de lo que ha salido de ella, por el qué, cómo y a quién lo dirijo. Siempre me acuerdo de morderme la maldita lengua una vez que el mal está hecho, siempre después, y después ya es tarde. Lo peor de todo, en cambio, es que quien carga con todo ello no debería por qué hacerlo. Mis cambios de humor repentinos, tan característicos de mí y a la vez tan odiosos, los sufre él por el mero hecho de que es quien más tiempo pierde conmigo. Y así se lo pago.

Hago ver que todo es culpa de los demás, en especial de él, cuando en realidad el problema lo tengo yo conmigo mismo. Dejo en él, supongo, un sabor agrio y una sensación de enfado, que no se corresponde con la realidad. Cuando adquiero conciencia de mis propios defectos y de nuestro tan diverso modo de ser, no lo tolero, escurro el bulto y siempre acaba explotando en él, en sus escasos puntos negativos, que yo, como buen amigo que soy, tengo a bien hacérselos notar. Por desviar la atención, por esconder los míos. Pero no sólo siguen ahí, noche tras noche, manifestándose en mi cabeza al hacer balance. No sólo siguen ahí, sino que con mis actos se agravan.

En esos momentos, más de uno me habría mandado a la mierda. Yo mismo reconozco que no soportaría a alguien como yo. Pero él ahí sigue, ajeno a todo. Porque no se da cuenta o porque no quiere hacerlo. Porque él sabe que no soy tan frío, tan arrogante, tan despiadado. Porque quizá me conozca mejor de lo que pienso, y sabe que todo esto es el resultado de mis luchas internas. O, quizá, simplemente, porque la amistad está para soportar este tipo de cosas y otras mucho peores.

3 oct. 2010

Pamplona, nunca

No conozco Pamplona. No, no sé nada de ella. Nunca he conocido a nadie, jamás he sabido de su gente. No he vivido, ni viviré en ella. No me he perdido entre sus calles, no me he tirado en ningún parque, no en los días de verano. Nunca, en los de invierno. Nunca.

No me gusta su centro. Ni pasear por él, ni dejarme llevar. Pamplona es fría y arrogante. Jamás he pegado la cabeza contra el cristal de una villavesa, viendo pasar luces y coches, y calles y gentes. Sus tiendas de siempre, sus bares en la Estafeta, no me gustan. Ni me gusta la Plaza del Castillo. Ni su navidad. Ni sus gigantes. Ni los toros, ni su plaza. Ni la belleza del otoño en el campus. Nada.

Pamplona no quiere. No sabe querer. No pregunta, no le interesa. Pamplona acoge, pero no agrada. Pamplona es Pamplona, son sus vecinos, nadie quiere saber nada, nada de fuera. No me gusta, tan pequeña. No tan cerrada. Una ciudad enana, un enorme pueblo. Y a nadie le gusta, pero todos se quedan.

No me gusta su vida propia. Sus momentos de tranquilidad, sus instantes de frenesí. Una ciudad que se llena en julio; que en agosto, desangelada, entristece. Que en septiembre la abarrotan quienes están de paso, por unos años. Que quizá se queden si encuentran a ese alguien. Que aunque se vayan se llevan consigo un trocito de ella. Aunque Pamplona no enamora, no encandila, no seduce. Nunca gusta. A mí, no.

Nunca la he querido, jamás la he odiado. No la he echado de menos, nunca he dicho que quisiese huir de ella. Nunca he experimentado ese olor a frío que dicen que tiene, jamás me han mojado las tormentas que en verano la riegan. Jamás he abierto una ventana a la primavera. Nunca se me ha congelado la nariz, no he visto amanecer, nunca el sol esconderse tras Echauri. Nunca me ha sobrevenido una madrugada de julio en la calle. Jamás.

Nunca, porque nunca lo he conocido. Porque jamás lo he sabido. Porque nadie sabrá nunca que en ningún momento supe si Pamplona forma parte de mí, o si soy yo quien forma parte de ella.

And we’ll sing nana...

2 sept. 2010

La grandeza de lo pequeño

¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?

Muriel Barbery, La elegancia del erizo.

31 ago. 2010

Los artífices de las noches de verano

Me sorprende que pueda quererlos tanto. ¿Me sorprende? Bueno, es extraño, apenas los veo durante todo el año, y sin embargo... No sé. Sin embargo es como si todos los meses de invierno no existiesen, no importasen. Como si la vida fuesen julios y agostos que se suceden en el tiempo, como si nuestras existencias en ese frío intermedio no tuviesen relevancia alguna. Siempre llega el verano y siempre están ahí, sin pedir explicaciones, como si nada. Endulzando aún más los mejores meses del año. Para luego despedirse con un “hasta luego”, con la misma sencillez con que nos reciben. Y eso los hace tan especiales... Cómo no voy a tenerles este cariño. La confianza absoluta, la convivencia casi permanente, la naturalidad de quien parece que no deja de verse en invierno, todo ello hace que el verano valga un poquito más la pena. Y hace de mi pequeño paraíso turolense lo que verdaderamente es. Un paraíso.

30 ago. 2010

Tormenta de verano

El cielo lleva un tiempo sin ser cielo. Está pesado, como sin fuerzas, como tonto. Calor agobiante que adormece el espíritu veraniego; naturaleza oscura que pide, desde el silencio, una tregua. Viento portentoso que avisa, que precede, pregonero inequívoco de lo que la negrura hace evidente. Los pájaros se agitan, inquietos, en el aire. Es un momento de máxima belleza, pues lo triste es bello, y lo bello entristece. Exponente del poder de los cielos, de la fuerza de las aguas. Un silencio turbador, la naturaleza está alerta. El hombre es pequeño, insignificante, deleznable. Se encoge ante la magnificencia. Momentos de expectación hasta el primer estruendo que todo lo rasga, hasta el primer fogonazo que todo lo alcanza. Entonces, lo sospechado. En forma de cortina de agua, en forma de vida. Y, después, el resurgir.

13 jul. 2010

Después de un siglo o dos

Se encontraron después de mucho, mucho tiempo sin hablar. Sabían los dos que llegaría el día de volver a verse, de pedir explicaciones, y temían por la reacción del otro. La pereza había ido enfriando lo que prometieron mantener vivo y ambos se creían culpables de aquello. Tenían miedo, miedo a recriminarse mutuamente lo que les había pasado, miedo a enfadarse, a llorar de rabia. Miedo al reencuentro.

Fue de noche, al aire libre. Y sucedió como las cosas que se planifican sin querer, pero que después se quieren sin planificar. Se vieron desde lejos, mil dudas en la cabeza. Se vieron y echaron a correr, se precipitaron al encuentro. Diría que uno de ellos temblaba un poco, habría que fijarse mucho para verlo, pero temblaba.

Pese a que habían pensado varias formas de encarar el momento, no se dijeron nada. Llegaron uno frente a otro y sin siquiera mirarse, sin adivinar las intenciones del otro, la intuición les dijo que lo mejor era abrazarse y permanecer en silencio unos minutos. Y así lo hicieron. Con mucha fuerza, era lo que tocaba.

Perdóname, le dijo. Por favor, perdóname, soy una descuidada. Lo que no vio, quizá oyó, fue que a él le resbalaba una lágrima por la cara y que se le humedecía la nariz. Déjalo, dijo él. No hay nada que perdonar, pensó luego.

La estampa de los dos resultaba un tanto absurda. Lo digo yo, que estaba por allí. Aunque supongo que poco les importaba el ridículo en ese instante.

Perdóname, insistía ella.


Por ti lo haría mil veces.
Jaled Hosseini, Cometas en el cielo.

3 jul. 2010

Supongo

Supongo que llego tarde. Supongo que mal y supongo que es mi culpa. Supongo que podría hacerlo mejor, que podría esforzarme y que esta absurda sensación de soledad me la merezco. Las suposiciones son inciertas, pero no infundadas. Nada ni nadie en concreto me ha plantado un cartel delante de las narices haciéndomelo ver, ni de lejos explicándome el cómo y el por qué, pero no hace falta ser un genio para darse cuenta de que fallas, de que sobras, de que hay días en los que más valdría no haber aparecido. Me gustaría gritar, reclamar explicaciones, zarandear al primero que pasa y pedirle cuentas. Pero nadie me hará ver mis puntos débiles, y ojalá lo hiciesen. Nadie me dará la clave, la estúpida clave para no fallar, para triunfar, para que cada relación establecida no se vaya a pique. Para no estirar, para no quedarme corto. El punto, el tope, la justa medida. Supongo que eso se aprende. Y supongo, cómo no, que a mí me cuesta más que al resto.

24 jun. 2010

Un idealista

A Martín Marco le preocupa el problema social. No tiene ideas muy claras sobre nada, pero le preocupa el problema social.

–Eso de que haya pobres y ricos –dice a veces– está mal; es mejor que seamos todos iguales, ni muy pobres ni muy ricos, todos un término medio. A la humanidad hay que reformarla. Debería nombrarse una comisión de sabios que se encargase de modificar la humanidad. Al principio se ocuparían de pequeñas cosas, enseñar el sistema métrico decimal a la gente, por ejemplo, y después, cuando se fuesen calentando, empezarían con las cosas más importantes y podrían hasta ordenar que se tirasen abajo las ciudades para hacerlas otra vez, todas iguales, con las calles bien rectas y calefacción en todas las casas. Resultaría un poco caro, pero en los bancos tiene que haber cuartos de sobra.

Camilo José Cela, La colmena.

7 jun. 2010

Algo estúpido, como la nostalgia

Puedes viajar y adorar ciudades. Puedes visitar lugares fantásticos cuyos monumentos y gentes te cautivan y embelesan por completo. Puedes rendirte ante los encantos de cualquier ciudad, lamentándote de que la tuya no los tenga y deseando encontrar el momento de dejarlo todo para empezar allí una nueva vida que imaginas perfecta. Pero cuando tus anhelos se ven de pronto realizados y de golpe y porrazo te hayas viviendo en aquel lugar soñado, te expones a que, como en mi caso, te ahogue la decepción y una extraña sensación de desamparo.

Es entonces cuando, súbitamente, te sorprendes contando los días que quedan para coger el tren de vuelta a casa y cuando las horas parecen tan interminables que descubres una facilidad admirable para dormir y conseguir que el tiempo vuele.

La añoranza del calor de tu familia, la extrañeza de las calles que pisas, la falta de protección que te proporcionarían las caras conocidas y un hasta entonces nunca conocido amor a la patria (chauvinisme, que dicen aquí los amigos franceses) te hacen ver con claridad que lo que llamas "hogar", allá donde verdaderamente encuentras tu lugar en el mundo, no está donde llevas tu vida, por mucho que siempre hayas deseado que sea una adorable capital europea. Tu hogar está donde encuentres a esas personas que hacen de tu vida lo que es en realidad. Está donde puedas recorrer las calles que han sentido miles de veces las huellas de tus zapatos. Está donde dejaste a la gente que tanto quieres y que nunca debiste dejar.

Nunca pensé que diría esto, pero, en fin. Pamplona, te echo de menos.

26 may. 2010

Cae el telón

Cae el telón, y con él el trabajo de todo un año. No trabajo arduo, pero trabajo a fin de cuentas. Cae el telón, todo acaba. Decorados, vestuario, todo se guarda, se devuelve o se tira. Ya no volverán a dar vida a la vida. Es un fin, el año que viene será distinto. Personajes que quedan en el cajón y guiones que aguardan en la memoria pero que, con el tiempo, desaparecerán incluso del mapa del recuerdo.

Cae el telón y ¿qué queda? Queda más de lo que se puede imaginar. El trabajo es efímero, de acuerdo. Una buena tarde parece que llega el tope. Se cierra el grifo, pero desde que se abrió ha dado ese grifo más cosas buenas de las que se pueden imaginar. El trabajo hace compañeros, pero el tiempo hace amigos. Mañanas y tardes perdidas (¿perdidas?) con gente que, en el fondo, busca lo mismo que tú. Busca una meta, busca un arte. Busca un ofrecer a los demás aquello que puede dar. Sin esperar nada a cambio. Algún halago, cierto piropo. Un grito espontáneo de un sector del público. Busca una reacción en los demás, y esa reacción la encuentra.

Pero, sobre todo, esa gente busca risas. Diversión, alegría. Ilusiones. Y la ilusión lo llena todo.

16 may. 2010

Inmortales

RICARDO- [...] Somos corazones con freno; a fuerza de saber que ellos latirán siempre, tenemos la impresión de que no laten ya. En realidad, es como si no tuviéramos corazón. Somos unos absurdos en pie. El ser más despreciable del mundo es más feliz que cualquiera de nosotros.

Enrique Jardiel Poncela, Cuatro corazones con freno y marcha atrás.

3 may. 2010

Historias sin importancia

Aquí podéis leer el relato ganador del Concurso de Relato Breve de la Universidad de Navarra.

Juro que lo pongo obligado. Con lo poco que me gustan estas cosas... Aunque reconozco, qué menos, que estoy muy, muy contento.

25 abr. 2010

Metas

Empiezo a pensar que lo que de verdad te hace sentir pleno y lleno de vitalidad son las metas, los días marcados en rojo. Objetivos buenos y no tan buenos pero que, en definitiva, rellenan los huecos vacíos y las horas aburridas. Unos, esperando impaciente a que lleguen y disfrutarlos. Otros, aguardando el temido momento para coger aire y atravesarlo cuanto antes. Pero todos dando sentido, llevándote en una dirección concreta por las hojas del calendario. Que yo soy muy de perderme.

A día de hoy, las metas me salen por las orejas. Es curioso que me ocurra siempre, pero en primavera y de cara al verano mi agenda se llena de cosas por hacer, de eventos, de planes. Algunas agobian, pero se compensan con creces por otras. A veces me paso meses enteros pensando en un día, en una tarde concreta. Otras veces, lo que hago es contar los días que faltan para irme a París o a mi pequeño paraíso turolense. Y también, por qué no, en las de largo plazo. Diez, veinte, treinta años. Pero es entonces cuando me entra mi peculiar futurofobia y vuelvo a la realidad de un plumazo.

Ahora, como digo, tengo mil planes. Y me hacen sentir tan bien... Felicidad proyectada, que dicen. Y es que ojalá nunca falten. Que siempre haya alguno, aunque sea uno solo. Porque mientras tenga en mente alguna de estas metas, tendré una razón para moverme, para sentirme vivo. Pleno, ya sabéis.

Pero, entre tanto, mientras espero que lleguen, siempre estará el día a día, con sus pequeñas cosas mínimas componiendo su mosaico. Que no todo es la espera, que yo no quiero perderme nada. Sí, hoy estoy optimista. Quién sabe cómo me levantaré mañana...

13 abr. 2010

Parece mentira

Ya no me acordaba. La verdad es que últimamente vivo de recordar. Debe de ser mi naturaleza nostálgica, ya sabéis. Pero es irremediable cuando las cosas han cambiado y vuelves por unos segundos a lo antiguo. Y eso antiguo te gusta, claro.

Hoy he hablado contigo. Y, ahora que no nos oyen, he sonreído como un estúpido. Hacía tiempo que no lo hacíamos y he de reconocer que me encanta. Adoro tomarte el pelo, y aún más que no te enteres de que lo hago. Que me cuentes tus tonterías, que yo te cuente las mías, que no te importan para nada. Son momentos especiales. Parece mentira que cosas así de simples me hagan olvidar las graves. Pero, fíjate, son esas cosas las únicas que lo consiguen.

Y las que me hacen pensar que el pasado, aunque a veces malo, no lo es tanto si se idealiza un poquito. Y que pequeños momentos así son los que, sumados uno a uno, componen la felicidad. O algo tan parecido que a mí me sirve. Como una especie de mosaico de cosas insignificantes, de esos detalles que tanto me gustan. Y creo que verlo así aligera la insoportable levedad aquella. Ya no hay que esperar nada grande. Sólo recoger todo lo pequeño. Y ser feliz.

5 abr. 2010

No era un capricho

Ya no me acordaba. Ya no sabía lo que era, hasta el otro día. Todo sucedió muy deprisa. O muy despacio, ahora no sabría decir... El caso es que parecía que la había olvidado, que había aceptado que era un capricho que mi cabeza borraría sin mayores consecuencias, cuando de pronto nos miramos. No duró nada: un segundo, quizá dos. No duró nada, ni siquiera cruzamos una palabra, y en cambio a mí me trajo a la cabeza toda una serie de recuerdos, de canciones, de perfumes y sensaciones, como una caja que se abre tras mucho tiempo enterrada. Me miró, y acompañó sus ojos tristes de una sonrisa tan perfecta, tan llena y tan preciosa que me desarmó por completo. Me quedé inmóvil, recordando el verano y sus noches, con cara de panoli -esto lo supongo yo- y una sonrisa tonta que pretendía ser una respuesta a la suya. Bueno, y la burbuja. La burbuja donde me encerré y comencé a levitar por tiempo indefinido, muy suave, muy suave. Hasta que alguien la rompió. “Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos?” Sí, anda. Vamos.

21 mar. 2010

La amistad

Si alguien ascendiera hasta el cielo y contemplara claramente la estructura del universo y la belleza de las estrellas, no podría complacerse en aquella maravilla a menos que tuviera a alguien a quien poder contárselo.
Cicerón, De amicitia.

17 mar. 2010

De entre tantas cosas buenas que tiene el invierno, la mejor de todas es el gusto con que se recibe la primavera.

13 mar. 2010

Siempre. Miguel. Siempre.

y, de pronto, sucedió lo imprevisto, y como, si entre el Azarías y la grajilla se hubiera establecido un fluido, el pájaro se encaramó en la flecha de la veleta y comenzó a graznar alborozadamente,
...¡quiá, quiá, quiá!
y en la sombra del sauce se hizo un silencio expectante y, de improviso, el pájaro se lanzó hacia delante, picó, y ante la mirada atónita del grupo, describió tres amplios círculos sobre la corralada, ciñéndose a las tapias y, finalmente, se posó sobre el hombro derecho de Azarías y empezó a picotearle insistentemente el cogote blanco como si le despiojara y Azarías sonreía, sin moverse, volviendo ligeramente la cabeza hacia ella y musitando como una plegaria,
...milana bonita, milana bonita.

Miguel Delibes, Los santos inocentes.

6 mar. 2010

Sé que es casi nada...

Pero me sirve de tanto. No te puedes hacer a la idea. Aunque haya días en los que sólo me mires, en los que ni siquiera me hables. Ya sólo un gesto, un par de sonrisas me devuelven feliz a la cama. Podrían ser iguales que las del resto de gente. Miradas vacías, palabras de cortesía. Pero no. En mi cabeza adquieren pleno significado. Un mundo de dibujos animados, un mundo que no duele. A nadie puede hacerle daño que me hables, que te rías, que digamos tonterías. Y sin embargo a mí... A mí me ilumina. Me transporta, me eleva, como en una nube. ¿Conocéis esa sensación en la que sois aire? Podéis colaros por cualquier rendija, os sentís tan libres, tan livianos... Es como si nada más existiera, como si soltase toda la carga y me dejase llevar. Como si los problemas se quedasen atrás, en un segundo plano. Y sólo se viesen los dibujos. Llenos de color, con música de fondo. Qué infantil, ¿no? Pero es esa exacta sensación...

Y en verdad no pido nada más. Solamente que sigas endulzando cada día como sólo tú sabes hacerlo.

16 feb. 2010

Instrucciones para dominar el mundo

Queridos coinstructores:
El tema que nos toca tratar esta vez me hace muy feliz. Desmesuradamente. En gran parte, porque no me va a resultar difícil redactar unas sencillas instrucciones para la dominación planetaria. El tema me viene como anillo al dedo, de modo que me he concedido el privilegio de presentar, en lugar de unas “Instrucciones para dominar el mundo”, unas “Instrucciones para que Dani domine el mundo”, mi más ansiado deseo desde que adquirí raciocinio.

Es una manía que me viene desde pequeño. Siempre fui un niño un tanto precoz, y al tiempo que mis compañeros jugaban inocentemente con los playmobil, yo los torturaba, sometía y hacía obedecer mis órdenes, las más de las veces sin éxito alguno. Y en ello radica, principalmente, que mis ansias no hayan sido aún saciadas.

Pero no temáis. Sospecho que, al fin, esta vez he triunfado. Me complace presentar urbi et orbi el que sin duda será el plan definitivo para que toda criatura no pueda ejecutar otra acción que la que yo ordene, acción que, como es de suponer, repercutirá en mi directo beneficio. Para algo soy el malo. Y aún digo más. No solamente someteré a toda criatura, sino que me reservo el derecho a crear a mi antojo cualquier espécimen que pueda serme de utilidad. O simplemente por diversión, está por ver.

Es probable que, con el tiempo, desarrolle una técnica que me permita observaros a todos, absurdos monos de feria, desde la lejanía, de modo que mi ángulo de visión pueda captaros minúsculos, más despreciables si cabe. Como un farandulero a sus fantoches y marionetas.

Por último, controlaré hasta vuestras relaciones. Amistosas, afectivas y sentimentales. No tendréis más remedio que querer a quien yo, por el poder que yo mismo me concedo, os designe. Miradlo por el lado positivo: así no os veréis en el apuro de pensar, tarea que sé que tanto os cuesta.

Y, ¿cómo llevaré a cabo todo esto? Muy sencillo. Sólo necesito tres cosas: un ordenador, los Sims y mucho tiempo libre.

Muy vuestro,
Daniel Mata, dominador a tiempo parcial.

1 feb. 2010

Historia de un adiós inopinado

Has dicho, a modo de despedida, unas palabras preciosas. Me has augurado éxito, me has dado fuerzas, me has llenado de esperanza. Me has hecho ver la suerte que tengo, mis capacidades, el calor de la gente que me rodea. Me has confesado el lugar preferente que ocupo en tu vida, y yo, en cambio, he guardado silencio mientras meditaba.

¿Por qué? Quiero decir, no tendría de qué quejarme. Todo parece tan perfecto, y sin embargo, ¿de qué me sirve si, después de eso, desapareces de aquí, sin decir nada más? Llegaste a mí en silencio, discreta. Y te vas como viniste, sin hacer ruido, de la noche a la mañana, por la puerta de atrás. Sin escándalos, sin espectáculos. Sola. Y eso es injusto.

Odio esta vida y sus estúpidas vueltas. Te da y te quita lo que tienes sin que puedas pedir reclamaciones a nadie. Todo pasa como un yoyó. O lo coges en el momento en que la vida te deja cogerlo y lo mantienes tanto tiempo como quiere que lo tengas, o dalo por perdido. Las oportunidades rara vez vuelven. Se tuercen y desvanecen, se diluyen en la negrura del cajón sin fondo. No hay nada inmutable. De eso ya no queda.

El caso es que yo cogí esa oportunidad. La tomé, y sin sospechar lo pronto que a esta vida le apetecería quitármela, disfruté de ella. Hasta que, sin tú ni yo esperarlo, de golpe y porrazo unas tristes frases anuncian el punto y final. Telón y ovación. Felicitaciones: ha sido todo un placer. Una bonita anécdota. Hasta otra, señorita.

No hace cinco meses que te he conocido. Van a hacer falta más de cinco siglos para que olvide haberlo hecho.

22 ene. 2010

Pamplona huele a frío

Mi ciudad huele distinto en invierno. No sabría cómo explicarlo, pero Pamplona tiene un olor característico cuando hace frío, un olor que me encanta, un olor misterioso. Porque es algo que no se encuentra en ninguna otra ciudad. Es único. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, indescriptible.

Pamplona en invierno huele distinto. Distinto a cualquier otra estación y distinto a cualquier otro lugar del mundo. Y ello hace que mi ciudad sea tan fascinante en esta época. Acaba siendo odiosa, de acuerdo, pero todo tiene su lado bueno. Incluso el invierno. Y el lado bueno de Pamplona, ese encanto que la hace distinta, es la sensación, el olor que acompaña al frío.

En invierno, Pamplona huele distinto. Me gusta pasear por el centro un día cualquiera de frío, de frío intenso. Muy abrigado, pero sintiendo el frío en la punta de las orejas. Y respirar. Respirar profundamente por la nariz y sentir el aire helado dentro de mí. Un picor que me recorre desde la nariz y se pierde en cualquier punto de mis pulmones. Y sentirme vivo.

Y si no he tenido suficiente, a la hora de la cena siempre asomo la cabeza por la ventana de la cocina. Y miro, y pienso en qué estará sucediendo en cada una de las ventanas iluminadas, en quién conducirá cada uno de los minúsculos coches. Y aspiro, para que ese extraño olor penetre y me taladre la cabeza. Ese olor que no huele. Ese olor a frío.