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31 ago 2010

Los artífices de las noches de verano

Me sorprende que pueda quererlos tanto. ¿Me sorprende? Bueno, es extraño, apenas los veo durante todo el año, y sin embargo... No sé. Sin embargo es como si todos los meses de invierno no existiesen, no importasen. Como si la vida fuesen julios y agostos que se suceden en el tiempo, como si nuestras existencias en ese frío intermedio no tuviesen relevancia alguna. Siempre llega el verano y siempre están ahí, sin pedir explicaciones, como si nada. Endulzando aún más los mejores meses del año. Para luego despedirse con un “hasta luego”, con la misma sencillez con que nos reciben. Y eso los hace tan especiales... Cómo no voy a tenerles este cariño. La confianza absoluta, la convivencia casi permanente, la naturalidad de quien parece que no deja de verse en invierno, todo ello hace que el verano valga un poquito más la pena. Y hace de mi pequeño paraíso turolense lo que verdaderamente es. Un paraíso.

13 jul 2010

Después de un siglo o dos

Se encontraron después de mucho, mucho tiempo sin hablar. Sabían los dos que llegaría el día de volver a verse, de pedir explicaciones, y temían por la reacción del otro. La pereza había ido enfriando lo que prometieron mantener vivo y ambos se creían culpables de aquello. Tenían miedo, miedo a recriminarse mutuamente lo que les había pasado, miedo a enfadarse, a llorar de rabia. Miedo al reencuentro.

Fue de noche, al aire libre. Y sucedió como las cosas que se planifican sin querer, pero que después se quieren sin planificar. Se vieron desde lejos, mil dudas en la cabeza. Se vieron y echaron a correr, se precipitaron al encuentro. Diría que uno de ellos temblaba un poco, habría que fijarse mucho para verlo, pero temblaba.

Pese a que habían pensado varias formas de encarar el momento, no se dijeron nada. Llegaron uno frente a otro y sin siquiera mirarse, sin adivinar las intenciones del otro, la intuición les dijo que lo mejor era abrazarse y permanecer en silencio unos minutos. Y así lo hicieron. Con mucha fuerza, era lo que tocaba.

Perdóname, le dijo. Por favor, perdóname, soy una descuidada. Lo que no vio, quizá oyó, fue que a él le resbalaba una lágrima por la cara y que se le humedecía la nariz. Déjalo, dijo él. No hay nada que perdonar, pensó luego.

La estampa de los dos resultaba un tanto absurda. Lo digo yo, que estaba por allí. Aunque supongo que poco les importaba el ridículo en ese instante.

Perdóname, insistía ella.


Por ti lo haría mil veces.
Jaled Hosseini, Cometas en el cielo.

3 jul 2010

Supongo

Supongo que llego tarde. Supongo que mal y supongo que es mi culpa. Supongo que podría hacerlo mejor, que podría esforzarme y que esta absurda sensación de soledad me la merezco. Las suposiciones son inciertas, pero no infundadas. Nada ni nadie en concreto me ha plantado un cartel delante de las narices haciéndomelo ver, ni de lejos explicándome el cómo y el por qué, pero no hace falta ser un genio para darse cuenta de que fallas, de que sobras, de que hay días en los que más valdría no haber aparecido. Me gustaría gritar, reclamar explicaciones, zarandear al primero que pasa y pedirle cuentas. Pero nadie me hará ver mis puntos débiles, y ojalá lo hiciesen. Nadie me dará la clave, la estúpida clave para no fallar, para triunfar, para que cada relación establecida no se vaya a pique. Para no estirar, para no quedarme corto. El punto, el tope, la justa medida. Supongo que eso se aprende. Y supongo, cómo no, que a mí me cuesta más que al resto.

7 jun 2010

Algo estúpido, como la nostalgia

Puedes viajar y adorar ciudades. Puedes visitar lugares fantásticos cuyos monumentos y gentes te cautivan y embelesan por completo. Puedes rendirte ante los encantos de cualquier ciudad, lamentándote de que la tuya no los tenga y deseando encontrar el momento de dejarlo todo para empezar allí una nueva vida que imaginas perfecta. Pero cuando tus anhelos se ven de pronto realizados y de golpe y porrazo te hayas viviendo en aquel lugar soñado, te expones a que, como en mi caso, te ahogue la decepción y una extraña sensación de desamparo.

Es entonces cuando, súbitamente, te sorprendes contando los días que quedan para coger el tren de vuelta a casa y cuando las horas parecen tan interminables que descubres una facilidad admirable para dormir y conseguir que el tiempo vuele.

La añoranza del calor de tu familia, la extrañeza de las calles que pisas, la falta de protección que te proporcionarían las caras conocidas y un hasta entonces nunca conocido amor a la patria (chauvinisme, que dicen aquí los amigos franceses) te hacen ver con claridad que lo que llamas "hogar", allá donde verdaderamente encuentras tu lugar en el mundo, no está donde llevas tu vida, por mucho que siempre hayas deseado que sea una adorable capital europea. Tu hogar está donde encuentres a esas personas que hacen de tu vida lo que es en realidad. Está donde puedas recorrer las calles que han sentido miles de veces las huellas de tus zapatos. Está donde dejaste a la gente que tanto quieres y que nunca debiste dejar.

Nunca pensé que diría esto, pero, en fin. Pamplona, te echo de menos.

26 may 2010

Cae el telón

Cae el telón, y con él el trabajo de todo un año. No trabajo arduo, pero trabajo a fin de cuentas. Cae el telón, todo acaba. Decorados, vestuario, todo se guarda, se devuelve o se tira. Ya no volverán a dar vida a la vida. Es un fin, el año que viene será distinto. Personajes que quedan en el cajón y guiones que aguardan en la memoria pero que, con el tiempo, desaparecerán incluso del mapa del recuerdo.

Cae el telón y ¿qué queda? Queda más de lo que se puede imaginar. El trabajo es efímero, de acuerdo. Una buena tarde parece que llega el tope. Se cierra el grifo, pero desde que se abrió ha dado ese grifo más cosas buenas de las que se pueden imaginar. El trabajo hace compañeros, pero el tiempo hace amigos. Mañanas y tardes perdidas (¿perdidas?) con gente que, en el fondo, busca lo mismo que tú. Busca una meta, busca un arte. Busca un ofrecer a los demás aquello que puede dar. Sin esperar nada a cambio. Algún halago, cierto piropo. Un grito espontáneo de un sector del público. Busca una reacción en los demás, y esa reacción la encuentra.

Pero, sobre todo, esa gente busca risas. Diversión, alegría. Ilusiones. Y la ilusión lo llena todo.

25 abr 2010

Metas

Empiezo a pensar que lo que de verdad te hace sentir pleno y lleno de vitalidad son las metas, los días marcados en rojo. Objetivos buenos y no tan buenos pero que, en definitiva, rellenan los huecos vacíos y las horas aburridas. Unos, esperando impaciente a que lleguen y disfrutarlos. Otros, aguardando el temido momento para coger aire y atravesarlo cuanto antes. Pero todos dando sentido, llevándote en una dirección concreta por las hojas del calendario. Que yo soy muy de perderme.

A día de hoy, las metas me salen por las orejas. Es curioso que me ocurra siempre, pero en primavera y de cara al verano mi agenda se llena de cosas por hacer, de eventos, de planes. Algunas agobian, pero se compensan con creces por otras. A veces me paso meses enteros pensando en un día, en una tarde concreta. Otras veces, lo que hago es contar los días que faltan para irme a París o a mi pequeño paraíso turolense. Y también, por qué no, en las de largo plazo. Diez, veinte, treinta años. Pero es entonces cuando me entra mi peculiar futurofobia y vuelvo a la realidad de un plumazo.

Ahora, como digo, tengo mil planes. Y me hacen sentir tan bien... Felicidad proyectada, que dicen. Y es que ojalá nunca falten. Que siempre haya alguno, aunque sea uno solo. Porque mientras tenga en mente alguna de estas metas, tendré una razón para moverme, para sentirme vivo. Pleno, ya sabéis.

Pero, entre tanto, mientras espero que lleguen, siempre estará el día a día, con sus pequeñas cosas mínimas componiendo su mosaico. Que no todo es la espera, que yo no quiero perderme nada. Sí, hoy estoy optimista. Quién sabe cómo me levantaré mañana...

13 abr 2010

Parece mentira

Ya no me acordaba. La verdad es que últimamente vivo de recordar. Debe de ser mi naturaleza nostálgica, ya sabéis. Pero es irremediable cuando las cosas han cambiado y vuelves por unos segundos a lo antiguo. Y eso antiguo te gusta, claro.

Hoy he hablado contigo. Y, ahora que no nos oyen, he sonreído como un estúpido. Hacía tiempo que no lo hacíamos y he de reconocer que me encanta. Adoro tomarte el pelo, y aún más que no te enteres de que lo hago. Que me cuentes tus tonterías, que yo te cuente las mías, que no te importan para nada. Son momentos especiales. Parece mentira que cosas así de simples me hagan olvidar las graves. Pero, fíjate, son esas cosas las únicas que lo consiguen.

Y las que me hacen pensar que el pasado, aunque a veces malo, no lo es tanto si se idealiza un poquito. Y que pequeños momentos así son los que, sumados uno a uno, componen la felicidad. O algo tan parecido que a mí me sirve. Como una especie de mosaico de cosas insignificantes, de esos detalles que tanto me gustan. Y creo que verlo así aligera la insoportable levedad aquella. Ya no hay que esperar nada grande. Sólo recoger todo lo pequeño. Y ser feliz.

5 abr 2010

No era un capricho

Ya no me acordaba. Ya no sabía lo que era, hasta el otro día. Todo sucedió muy deprisa. O muy despacio, ahora no sabría decir... El caso es que parecía que la había olvidado, que había aceptado que era un capricho que mi cabeza borraría sin mayores consecuencias, cuando de pronto nos miramos. No duró nada: un segundo, quizá dos. No duró nada, ni siquiera cruzamos una palabra, y en cambio a mí me trajo a la cabeza toda una serie de recuerdos, de canciones, de perfumes y sensaciones, como una caja que se abre tras mucho tiempo enterrada. Me miró, y acompañó sus ojos tristes de una sonrisa tan perfecta, tan llena y tan preciosa que me desarmó por completo. Me quedé inmóvil, recordando el verano y sus noches, con cara de panoli -esto lo supongo yo- y una sonrisa tonta que pretendía ser una respuesta a la suya. Bueno, y la burbuja. La burbuja donde me encerré y comencé a levitar por tiempo indefinido, muy suave, muy suave. Hasta que alguien la rompió. “Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos?” Sí, anda. Vamos.

1 feb 2010

Historia de un adiós inopinado

Has dicho, a modo de despedida, unas palabras preciosas. Me has augurado éxito, me has dado fuerzas, me has llenado de esperanza. Me has hecho ver la suerte que tengo, mis capacidades, el calor de la gente que me rodea. Me has confesado el lugar preferente que ocupo en tu vida, y yo, en cambio, he guardado silencio mientras meditaba.

¿Por qué? Quiero decir, no tendría de qué quejarme. Todo parece tan perfecto, y sin embargo, ¿de qué me sirve si, después de eso, desapareces de aquí, sin decir nada más? Llegaste a mí en silencio, discreta. Y te vas como viniste, sin hacer ruido, de la noche a la mañana, por la puerta de atrás. Sin escándalos, sin espectáculos. Sola. Y eso es injusto.

Odio esta vida y sus estúpidas vueltas. Te da y te quita lo que tienes sin que puedas pedir reclamaciones a nadie. Todo pasa como un yoyó. O lo coges en el momento en que la vida te deja cogerlo y lo mantienes tanto tiempo como quiere que lo tengas, o dalo por perdido. Las oportunidades rara vez vuelven. Se tuercen y desvanecen, se diluyen en la negrura del cajón sin fondo. No hay nada inmutable. De eso ya no queda.

El caso es que yo cogí esa oportunidad. La tomé, y sin sospechar lo pronto que a esta vida le apetecería quitármela, disfruté de ella. Hasta que, sin tú ni yo esperarlo, de golpe y porrazo unas tristes frases anuncian el punto y final. Telón y ovación. Felicitaciones: ha sido todo un placer. Una bonita anécdota. Hasta otra, señorita.

No hace cinco meses que te he conocido. Van a hacer falta más de cinco siglos para que olvide haberlo hecho.

9 dic 2009

Ella, otra vez ella

“¿Puedo creer que aquesto es verdad?”

Oscura, muy oscura. Turbia, casi opaca. Toda la belleza encerrada en su cuerpo, toda la dulzura concentrada. Auténtica esencia. Fuente incesante de dolor y de alivio. Los momentos a solas son un frenesí, un infierno de placer. Una especie de montaña rusa, con sus cosquilleos y sus ganas inagotables de gritar. Vuelvo a sentir aquel extraño picor cálido, que me envuelve al tenerla cerca. Terrible. Pero tan adorable. Me dejaría perder en la negrura de su pelo, en la palidez de sus manos, en la ternura de su gesto. Me dejaría perder aun a sabiendas de que no volvería. Me dejaría perder, si ella es quien me lleva.

Pero, ¿es en realidad ella? Claro. No sé, a veces cambia. Adopta distintos nombres, distintos cuerpos. Pero es ella, la misma. La que me desvela, me hipnotiza, me posee y me abrasa vivo. Y la que me encanta.

17 nov 2009

Pleno

Sí, me siento pleno. Porque empiezo a darle la vuelta a todo. Reforma integral. Y dejo de ver lo negro para ver lo blanco. Porque lo malo no es tan malo, y siempre puede ser peor. Porque en mi nueva vida he encontrado a esas nuevas personas que hacen que afronte cada nuevo día con ganas, con ilusión, con la certeza de que pueden hacer de él algo especial. Porque he entendido que el no ver a ciertas otras a diario se compensa con creces en los encuentros fortuitos. Porque empieza a gustarme esto de la vida, de sus pequeñas cosas, de las que te hacen sentir mejor. De esas que siempre están ahí para darle color al asunto. Detalles que alegran y que, en fin, son esencia. Minicápsulas de felicidad concentrada.

Necesitaba cambiar la banda sonora de mi vida. Y creo que lo he conseguido. Eso sí, intentaré que siempre sea de Yann Tiersen.

24 oct 2009

Faltas

Noto huecos. Horas vacías, sin sentido. Tiempo y dedicación que antes pedía la gente que me ha visto crecer. Es como si, de repente, al niño que tanto disfrutaba de su piruleta se la quitase la vida sin poder hacer nada por evitarlo. Me hacían tan feliz... Eran un refugio. Una fuente de confianza. Siempre he sido una persona cobarde, temerosa; y era el saber que día tras día, sin excepción, podría verles y hablarles lo que me consolaba y me infundía la seguridad que me ayudaba a seguir adelante, a combatir otros miedos y males. Una constante de mi vida que nunca me abandonaría.

Nunca me ha resultado fácil confiar ciegamente en alguien. Tampoco abrirme, siempre he sido muy suspicaz. La amistad se pierde muy fácilmente, pero se gana con sudor, y más en mi caso. Ahora me siento a la deriva, como si hubiese que volver a empezar después de todo el tiempo empleado. Perdido, como el niño. Y no es que mi nueva vida no sea plena: en ocasiones he manifestado lo radiante que me siento tras el cambio, en mi nuevo ambiente, entre mis nuevas circunstancias. Pero, cuando has tenido algo tan preciado, es difícil conformarse con premios de consolación.

Resulta gracioso. Antes de que todo esto ocurriera, viéndolo venir, siempre afirmé que merecía la pena esforzarse por conservar los tesoros que ahora veo perderse. Y, no obstante, ahora que lo vivo, me doy cuenta de lo imposible que se vuelve jugar a tantas bandas. Y ello me hace sentir tan nulo, tan incompetente...

15 sept 2009

Ella

Su nombre en mi cabeza resuena como una melodía cautivadora. El mío en su boca se me enreda y me desarma. Su aroma penetra, me inmoviliza, oscuro, terrible. A solas la miro en silencio. La cuna de mis desvelos, pienso. Y es bella. Encantadora. Su viento me traspasa los oídos. Me habla, me grita. Me perfora, muy dulce, muy dulce. A veces, las menos, brisa tranquila; otras, huracán que me enloquece, me derrumba. Un auténtico mar embravecido, en las olas de su pelo. La veo bailar, veo llamas retorcerse ante mis ojos. Los suyos, infernales, el aliento de mi único deseo. A caballo entre la locura y la cordura, me transporta a través de las horas. Nívea porcelana. Jaula de cristal donde me encierro complacido. Pienso en ella de constante. En su cálida indiferencia. En su genio aborrecedor. En su humor caprichoso. Inconstante, incomprensible. Ella.

Pero... ¡es tan hermosa!

1 sept 2009

Tesoros estivales

Otoño había llegado y con él, la melancolía del
verano.
Facto Delafé y las flores azules, Letargo.

Y es que no lo puedo evitar. Soy melancólico por naturaleza. Y todos, incluido yo, sabemos lo perjudicial que resulta; muchas veces lo he comentado: el melancólico tiende a ofuscar el presente e idealizar el pasado. Pero es tan inevitable… y tan dulce.

Esta tendencia no es mala. Quiero decir objetivamente. Objetivamente no es mala. No es más que un vestigio de aquella felicidad que en un tiempo se tuvo. Y la felicidad siempre es agradable, eso no tiene vuelta de hoja.

Vengo de disfrutar del verano más corto de mi vida. No diré el mejor: mi cabeza, de estructura aún científica, no admite sino mediciones cuantitativas. Cada verano es diferente al anterior, pero lo cierto es que ninguno resulta prescindible. Entrado en septiembre y con tres meses a mis espaldas, ya me asalta esta maldita sensación de no haber exprimido al máximo cada segundo de las noches estivales. A punto de atravesar las puertas del otoño, me vienen a la cabeza las decenas y decenas de noches, todas diferentes, todas igualmente perfectas. No importa el lugar donde parase ni la compañía.

Noches por las calles de Pamplona, en las fiestas “sin igual”, con los encuentros más (in)esperados. Noches en la playa, de fuego, sal y magia. Noches hijaranas, rabineras, de charrada. Noches mediterráneas, delfines en la luna. Noches despistado. Noches de reencuentros, de despedidas. Noches irrepetibles. Todas ellas. No las cambiaría por nada.

19 jun 2009

Amistad a primera vista

Sorprende, ¿eh? Pues ocurrió de verdad. Al menos, eso cuenta la leyenda y así la transmite el sabio anciano. Sólo ha pasado una vez en la historia y les ocurrió a ellos. Ingenuos afortunados. Las palabras, tan perfectas y sublimes colocadas de tal o cual manera, no son eficaces para explicar debidamente lo que sintieron en ese microsegundo. Además, la historia suena tan hueca e irreal que cualquiera a quien se la cuentes podrá tomarte fácilmente por loco o por tonto.

Sin embargo, aseguran que es cierto, que bastó un cruce de miradas para entender que ya se habían contado todo. No necesitaron mediar una palabra. Es tan difícil de explicar... En cuestión de un instante, lo que tardaron en verse las caras, sintieron como si toda la vida la hubiesen pasado juntos, como si se conociesen desde niños.

Era cierto que no sabían nada el uno del otro, debían desentrañar las respectivas personalidades. Desde luego. Pero no dejarían pasar ni un minuto más. Ese vuelco les indicó que iban por el buen camino. Que pasase lo que pasase, hiciesen lo que hiciesen, acertarían. Que, aunque al descubrirse mutuamente encontrasen sorpresas o rarezas, en esencia se parecían tanto que dejarlo pasar sería desperdiciar una ocasión única.

No eran conscientes de lo afortunados que fueron. El entendimiento del ser humano no alcanza a entender este tipo de sucesos. Ni ellos mismos lo habrían comprendido si hubiesen sabido de ello con anterioridad. No obstante, sucedió. Tal cual.

Y la historia, según cuentan, aún no tiene final...

5 jun 2009

No volverá a ocurrir

Fue un curso muy duro e intenso y esto le afectó personalmente. Demasiado perfeccionista, exigente y algo egocéntrico, las circunstancias de presión bajo las que vivió agriaron su carácter e hicieron nacer en él una especie de bipolaridad. Además, estos cambios de humor trajeron de la mano una especie de barrera protectora y de indiferencia temporal hacia lo demás. No entendía que sus relaciones personales no podían depender de si había empezado el día con buen pie o si éste se presentaba gris oscuro. Le costaba creer que el mundo no giraba a su alrededor y que los demás posiblemente no entendieran los motivos de su inestable comportamiento. En ocasiones, creaba una imagen antipática y amarga que para nada le correspondía. Otras veces, en cambio, podía ser el amigo más atento, comprensivo y agradable.

Ahora, desde la distancia, observa, hace balance, medita. Y se asombra. Se asombra de ver que no le han mandado a la mierda en las infinitas ocasiones en que pudieron hacerlo. Le resulta extraño que, a pesar de lo que han tenido que aguantar, no hayan dado media vuelta y lo hayan dejado tirado. Promete que no volverá a ocurrir, que nadie estará obligado a soportar malas caras, contestaciones o faltas de atención. Y agradece que le sea brindada esta segunda oportunidad.

24 may 2009

Descubrimientos tardíos

Llevaban ahí toda la vida. Siempre a tu lado, siempre en silencio y sin sobresalir. Es muy probable que te acompañasen desde que tienes uso de razón, pero jamás habrías adivinado lo feliz que te podían hacer. Sucede como con aquellas personas a quienes ves con frecuencia y crees conocer sus facciones, pero un día te paras a escrutarlas minuciosamente hasta asombrarte al descubrir una cara diferente a aquella con la que de normal te encuentras. Siempre el conjunto y jamás el detalle. Pues bien, del mismo modo ocurre con esas personas que han vivido desde pequeñas a tu par, caminando cerca de ti pero nunca cruzándose en tu camino. En la vida te habías planteado que las quisieses ni que te quisieran. Nunca las has necesitado ni ellas habían solicitado tu ayuda. Y, de repente, una noche cualquiera en la que piensas en tu futuro y en tu pasado más que de costumbre, ves con claridad que os une un extraño afecto. Descubres que, aunque podrías haber pasado sin ellas, los tontos detalles y las pequeñeces del día a día han conseguido que esas personas te tengan en consideración. A ti, que de ningún modo creías merecerlo. Y el solo hecho de saberlo te hace sentir una felicidad, un arrope difícilmente descriptible. Es entonces cuando te arrepientes de no haberlo descubierto antes, sino ahora, tan cerca de una separación que a todas luces es irrevocable. Y es entonces cuando te falta el aire para dejar claro a voz en grito que tú también las quieres.

30 abr 2009

Hoy...

Hoy me he visto prepotente, vanidoso, estúpido.

Hoy he hecho daño a algunas personas y, qué asquerosa coincidencia, reír a carcajadas a otras.

Hoy me he visto como una mierda, como un cero a la izquierda creyéndome uno a la derecha. Hoy me he conocido.

Hoy me han defraudado, pero eso no es nada en comparación con lo que me he despreciado.

Hoy he sentido por primera vez lo que es una despedida. De esas que a partir de ahora y durante estos meses voy a vivir en exceso. Hoy he sentido lo que no quiero sentir.

Hoy he descubierto lo que significo para algunas personas. Hoy me han hecho ver el huequecito que lleno en sus vidas y me han hecho sentir algo mejor.

Hoy me he dado cuenta del valor que para mí tienen ciertas personas, y en especial una.

Hoy he entendido el verdadero significado de la palabra “hijo”, y no es aquel al que estamos acostumbrados.

Y hoy he llorado. Por primera vez desde hace mucho tiempo. Y todo esto ya no era teatro.

15 abr 2009

No es usual.

No es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me pregunte adónde voy. Tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, no me entienda a mí mismo. Y tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me dé cuenta de que no me entiendo. La carretera es aburrida. Es algo que, habitualmente, no cambia. Al menos, no de manera ruidosa. No hay novedades en los pueblos que voy atravesando, ni en los caminos que los unen. Y ello me invita a darle vueltas a lo mío, a hacer balance. Pero las cuentas no me salen positivas.

Si ya es odiosa la sensación de que has olvidado algo por meter en la maleta al emprender un viaje, la impresión de dejar atrás un pedacito de ti es, además de odiosa, atroz. Y si a eso se le añade que lo que vas dejando cada vez más lejos tiene nombre de mujer, la situación se vuelve insufrible. Todo ello queda fenomenalmente rematado cuando la mujer que responde a ese nombre es tan fría, tan reflexiva, tan prudente y tan discreta, tan cauta y reservada como lo es ella. Tan es así, que jamás escapará de sus ojos, creo yo, ni un atisbo con el que me desvele lo que siente.

Pero no, que no tiene nada que sentir. No ha de sentir nada porque yo... No es posible. Me resisto a creerlo. Las dudas me asaltan. Que siento algo, eso es seguro. La presión en el pecho no es invención mía. Las dudas residen en qué siento y en cómo lo siento. La carretera, sin embargo, no se me revela como una buena disipadora de dudas. El frío de la ventanilla, el runrún de la música en la radio y las caras adormecidas de quienes viajan en los coches que adelantamos no me dan respuestas ni consiguen que yo no las pida. Juro que esta vez es diferente. Lo juro. Aunque no sé en qué modo. Y mucho me temo que esta incertidumbre solamente podrá acabar cuando vuelva a tenerla frente a mí. Pero para ello tendré que esperar algún mes que otro.

13 abr 2009

Doce meses.

Quizá un sábado por la noche en un bar no fuese el mejor momento para que ella contase su historia. Una historia que le hizo parecer la mujer más alegre sobre la tierra, pero que ahora se vuelve en su contra, mostrando su lado más desgraciado. Tuvo la felicidad al alcance de su mano, representada en una persona de carne y hueso. Pero hoy, a cientos de kilómetros de distancia, esa felicidad se torna sufrimiento e impotencia. Y parece exagerado pensar en que, ante esta situación, se prefiera no tenerlo a tenerlo tan lejos.

Pero no, ella no se arrepiente de nada. Sabe que, tras doce largos meses, volverá a verlo en la cita anual que este año los ha juntado. Está convencida de que, aunque la espera sea larga y dolorosa, compensará todo el tiempo perdido. Que sí, que puede que las cosas cambien mucho en tan largo tiempo, pero la esencia siempre se mantiene. Ha de saber que la distancia no es el olvido –menudo topicazo–, sino que el problema está en dejar pasar el tiempo, en dejar que todo se apague. El verdadero enemigo es la pereza, la dejadez, la comodidad. Hay que pelear por ello. Los obstáculos no se superan a menos que se intente y se ponga empeño en salvarlos.

Con el brillo de quien guarda la esperanza en los ojos, fue sincerándose ante su oyente, intentando imponerse al ruido de la música y las voces. Yo, realista por naturaleza, ejercí de optimista por primera vez en mi vida. Y descubrí que el serlo no mata a nadie.