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3 oct 2010

Pamplona, nunca

No conozco Pamplona. No, no sé nada de ella. Nunca he conocido a nadie, jamás he sabido de su gente. No he vivido, ni viviré en ella. No me he perdido entre sus calles, no me he tirado en ningún parque, no en los días de verano. Nunca, en los de invierno. Nunca.

No me gusta su centro. Ni pasear por él, ni dejarme llevar. Pamplona es fría y arrogante. Jamás he pegado la cabeza contra el cristal de una villavesa, viendo pasar luces y coches, y calles y gentes. Sus tiendas de siempre, sus bares en la Estafeta, no me gustan. Ni me gusta la Plaza del Castillo. Ni su navidad. Ni sus gigantes. Ni los toros, ni su plaza. Ni la belleza del otoño en el campus. Nada.

Pamplona no quiere. No sabe querer. No pregunta, no le interesa. Pamplona acoge, pero no agrada. Pamplona es Pamplona, son sus vecinos, nadie quiere saber nada, nada de fuera. No me gusta, tan pequeña. No tan cerrada. Una ciudad enana, un enorme pueblo. Y a nadie le gusta, pero todos se quedan.

No me gusta su vida propia. Sus momentos de tranquilidad, sus instantes de frenesí. Una ciudad que se llena en julio; que en agosto, desangelada, entristece. Que en septiembre la abarrotan quienes están de paso, por unos años. Que quizá se queden si encuentran a ese alguien. Que aunque se vayan se llevan consigo un trocito de ella. Aunque Pamplona no enamora, no encandila, no seduce. Nunca gusta. A mí, no.

Nunca la he querido, jamás la he odiado. No la he echado de menos, nunca he dicho que quisiese huir de ella. Nunca he experimentado ese olor a frío que dicen que tiene, jamás me han mojado las tormentas que en verano la riegan. Jamás he abierto una ventana a la primavera. Nunca se me ha congelado la nariz, no he visto amanecer, nunca el sol esconderse tras Echauri. Nunca me ha sobrevenido una madrugada de julio en la calle. Jamás.

Nunca, porque nunca lo he conocido. Porque jamás lo he sabido. Porque nadie sabrá nunca que en ningún momento supe si Pamplona forma parte de mí, o si soy yo quien forma parte de ella.

And we’ll sing nana...

22 ene 2010

Pamplona huele a frío

Mi ciudad huele distinto en invierno. No sabría cómo explicarlo, pero Pamplona tiene un olor característico cuando hace frío, un olor que me encanta, un olor misterioso. Porque es algo que no se encuentra en ninguna otra ciudad. Es único. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, indescriptible.

Pamplona en invierno huele distinto. Distinto a cualquier otra estación y distinto a cualquier otro lugar del mundo. Y ello hace que mi ciudad sea tan fascinante en esta época. Acaba siendo odiosa, de acuerdo, pero todo tiene su lado bueno. Incluso el invierno. Y el lado bueno de Pamplona, ese encanto que la hace distinta, es la sensación, el olor que acompaña al frío.

En invierno, Pamplona huele distinto. Me gusta pasear por el centro un día cualquiera de frío, de frío intenso. Muy abrigado, pero sintiendo el frío en la punta de las orejas. Y respirar. Respirar profundamente por la nariz y sentir el aire helado dentro de mí. Un picor que me recorre desde la nariz y se pierde en cualquier punto de mis pulmones. Y sentirme vivo.

Y si no he tenido suficiente, a la hora de la cena siempre asomo la cabeza por la ventana de la cocina. Y miro, y pienso en qué estará sucediendo en cada una de las ventanas iluminadas, en quién conducirá cada uno de los minúsculos coches. Y aspiro, para que ese extraño olor penetre y me taladre la cabeza. Ese olor que no huele. Ese olor a frío.