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18 ene 2009

Una sonrisa de las sinceras.

Siempre estoy hablando de que a mis años este ritmo de vida bla bla bla. ¡Qué queréis! Soy un viejo verde que sólo sirve para reflexionar. Esa vocecita que a todos nos nace pasados los sesenta. Y no es hasta ese momento cuando te das cuenta de mil cosas que anteriormente o no estaban ahí o no habías reparado en ellas. Hoy me ha tocado valorar el mínimo y a la vez inmenso valor de una sonrisa. Todo ha sucedido así.

Yo caminaba, como de costumbre, viendo pasar trajes, corbatas y maletines. Señoras y carritos. Deprisa. De pronto, se ha interpuesto en mi camino una joven, con un niño de la mano. Su hijo, según he interpretado. La mirada cansada de la madre me ha recordado cuán exhausta es la labor de cuidar de un niño. He sentido algo por ella, he valorado su esfuerzo, su entereza. Le he regalado una sonrisa, acompañada de un cortés ‘buenos días’. La madre, con una mezcla de miedo y sospecha, se ha alejado a buen paso, su hijo de la mano.

No sé qué habrá pensado. Quién es, cómo desvaría, el pobrecito, si es que a esas edades, qué malo es vivir tanto, habrá enterrado ya a todos sus amigos, necesitará comprensión, etcétera. Lo último que pensará, de eso estoy seguro, es que mi intención es que ella se sintiera comprendida, y no a la inversa. Pero supongo que está demasiado ocupada para pensar en ella misma. Yo, por mi parte, me siento satisfecho. Una sonrisa, de las sinceras, nunca está de más.

7 dic 2008

¿Enamorado, yo?

Otro día me preguntaron si estaba enamorado. ¡A mi edad, enamorado! Me quedé en silencio. En verdad nunca me lo había planteado. ¿Enamorado, yo? ¡No! Imposible. ¿Cómo iba a estarlo? El tiempo hace que todo se pase. Qué lejos queda ahora esa época de pasiones, de confusión, de desenfreno. Y sin embargo… Y sin embargo cómo la añoro. No, definitivamente ya pasó. Pero quien tuvo, retuvo. Ya casi ni me acuerdo, pero es cierto que fue maravilloso. Las sensaciones, cambiantes a cada momento, impulsan a hacer cada locura… Tremendamente peligroso. Y, aun y todo, no hay nada más bonito. ¿Y si, en el fondo, estuviese enamorado?

Sí, es probable que lo esté. Estoy enamorado del amor.

29 nov 2008

El despertar de toda la ciudad.

Olvidé comentar que me gusta madrugar. El insomnio ha hecho nacer en mí un cierto odio hacia la cama. Cada vez tardo menos en levantarme, frustrado por no encontrar una postura cómoda una vez despierto, a eso de las cinco de la mañana. Me ducho, me visto y recorro la ciudad en ayunas, encontrando un kiosco tempranero donde comprar el periódico del día, con la tinta aún fresca.

Me gusta sentarme en un banco, con el periódico bajo el brazo y una gorra a cuadros encajada sobre la cabeza. Me convierto en un testigo impertinente del despertar de toda la ciudad.

Veo levantarse de manera casi simultánea cientos de persianas en cientos de balcones, y admiro el revoloteo de gorriones sobresaltados que aprovechaban el silencio de la ciudad para dormitar en los balcones. Imagino el sonido de la multitud de aparatos de radio que habrán despertado a quienes tras las ventanas, ahora, han encendido las luces. Hombres, por lo general, que entran a la ducha, dejando a su mujer desperezándose entre las sábanas y mantas, preservando el calor de toda la noche. Fantaseo con las decenas de heridas que los somnolientos ejecutivos se practican torpemente y en contra de su voluntad, dibujando en su cara la marca de las cuchillas de afeitar. Llegan a mí los vapores, los olores a champú que se mezclan con el del café y las tostadas. Oigo el rugir de las cafeteras, el tintineo de las cucharillas que se afanan en mezclar el café con el azúcar, la leche con el chocolate. Todo gira en torno a la tranquilizante normalidad de la rutina.

En este punto, un extraterrestre verde y amarillo se abalanza sobre mí. Su tamaño es el doble que el mío, y por si fuera poco va provisto de unas herramientas agresivas, fabricadas con cierto material que produce un sonido tremendamente exasperante. Apenas consigo protegerme con el brazo, el extraterrestre gira sobre sí, se acerca a una especie de nave nodriza en la que guarda otras armas y opera en ella. Intento leer los signos que aparecen plasmados sobre la nave, y consigo descifrarlos con pasmosa facilidad. Son letras latinas, como las que utilizamos tú y yo.

Entonces caigo en la cuenta. El extraterrestre no es tal, sino un barrendero municipal. Su herramienta agresiva, un rastrillo. Y su nave nodriza, un carrito. Decido desayunar antes de salir de casa, por si las moscas.

13 sept 2008

En balde.

A los días, volví a sentir como si aquello no fuese conmigo. Como si sobrase en mi vida. Me vi sentado en ese parque, en ese mismo banco que desde hace algún tiempo frecuento a mitad de mi paseo matutino, y me pareció que no servía para nada, para nadie. Pensé que, al no ser joven, ni rico, ni un eficiente trabajador, resultaba un trasto inútil para lo que me rodeaba. En un mundo que sólo busca desarrollarse y mejorar día tras día, en un mundo que tanto sufre si la economía crece un poco más lento que el día anterior, yo, que sólo buscaba caminar despacio y disfrutar del paisaje, no tenía ninguna función. Mi existencia, a día de hoy, era en balde.

De pronto me di cuenta. Me golpeé la frente con la mano. Servía para algo. Mi función en esta vida era engrosar el número de jubilados en las estadísticas de sociedad. Y un sentimiento reconfortante me recorrió todo el cuerpo.

6 sept 2008

La voz de la experiencia.

“Jaime,” me dirigí a mi nieto, “en esta vida hay dos tipos de personas: los que creen que pueden sacar provecho de tu amistad y los que, aunque no tengan esa intención, siempre se llevan una parte de tu vida. Así, sobre el papel, los peligrosos parecen los primeros. Interesados por ti, te hacen creer en una amistad inexistente buscando únicamente en el beneficio propio. Tranquilo, estos no hacen daño. Llegan, se aprovechan, y tal como llegaron, se van cuando ven que no te pueden sacar más partido. Los verdaderamente peligrosos son los segundos, Jaime. Con esos sí que llegas a experimentar lo que es la amistad, lo que es el desinterés y la ayuda. Pero, oh, maldito tiempo. El tiempo se acaba llevando todo, Jaime, hasta los amigos. Y entonces sí que se sufre. Te das cuenta de verdad de que ellos se llevaron consigo bastante más de lo que cualquier parásito interesado pudo sacarte.”

El pequeño, sin entender una palabra, saltó de mis piernas y fue a jugar. Él intentaba disimularlo, pero yo noté que aquello le había sonado a chino. Lo que él entonces no sabía es que con los años terminaría por entender lo que quise explicarle esa tarde de domingo.

5 sept 2008

Un mundo egoísta.

Súbitamente, frené mi marcha en seco. Apoyado sobre mi bastón, recorrí con la mirada cuanto me rodeaba. No podía dar crédito a lo que le estaba sucediendo. Nunca antes me había ocurrido nada semejante, a pesar de llevar las mil experiencias de una persona de mi edad a la espalda. Por un momento, ahí plantado en la acera, me pareció que nada tenía sentido. Que la vida no valía nada, que no merecía la pena. Sólo distinguía a gente veloz, egoísta e indiferente. Podía leer en sus caras la insatisfacción y el veneno de la ambición. Veía envidia, veía prejuicios. Por un momento, la vida…

De pronto, un niño rió. Estaba jugando. Y todo recobró sentido.