Mostrando entradas con la etiqueta Historias sin importancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias sin importancia. Mostrar todas las entradas

13 jul 2010

Después de un siglo o dos

Se encontraron después de mucho, mucho tiempo sin hablar. Sabían los dos que llegaría el día de volver a verse, de pedir explicaciones, y temían por la reacción del otro. La pereza había ido enfriando lo que prometieron mantener vivo y ambos se creían culpables de aquello. Tenían miedo, miedo a recriminarse mutuamente lo que les había pasado, miedo a enfadarse, a llorar de rabia. Miedo al reencuentro.

Fue de noche, al aire libre. Y sucedió como las cosas que se planifican sin querer, pero que después se quieren sin planificar. Se vieron desde lejos, mil dudas en la cabeza. Se vieron y echaron a correr, se precipitaron al encuentro. Diría que uno de ellos temblaba un poco, habría que fijarse mucho para verlo, pero temblaba.

Pese a que habían pensado varias formas de encarar el momento, no se dijeron nada. Llegaron uno frente a otro y sin siquiera mirarse, sin adivinar las intenciones del otro, la intuición les dijo que lo mejor era abrazarse y permanecer en silencio unos minutos. Y así lo hicieron. Con mucha fuerza, era lo que tocaba.

Perdóname, le dijo. Por favor, perdóname, soy una descuidada. Lo que no vio, quizá oyó, fue que a él le resbalaba una lágrima por la cara y que se le humedecía la nariz. Déjalo, dijo él. No hay nada que perdonar, pensó luego.

La estampa de los dos resultaba un tanto absurda. Lo digo yo, que estaba por allí. Aunque supongo que poco les importaba el ridículo en ese instante.

Perdóname, insistía ella.


Por ti lo haría mil veces.
Jaled Hosseini, Cometas en el cielo.

3 may 2010

Historias sin importancia

Aquí podéis leer el relato ganador del Concurso de Relato Breve de la Universidad de Navarra.

Juro que lo pongo obligado. Con lo poco que me gustan estas cosas... Aunque reconozco, qué menos, que estoy muy, muy contento.

6 dic 2009

Utopía

Ven, no tengas miedo. Vamos a vivir, pero a vivir de verdad. Olvídate del resto, de todo lo que te hizo sufrir. Eso ya no vuelve. Y olvida todo lo que pueda venir, no pienses en nada más. Vamos a volar. Aquí y ahora. No pienses en las consecuencias. Ya no existen. Lo que haya de venir, ya llegará. Pero hasta entonces… Ven, dame la mano. Va a ser muy fácil. Sólo tienes que dejarte llevar. El tiempo parará, no te preocupes. Sólo estamos tú y yo, y las ganas de hacer algo grande. Los demás, que miren si quieren.

30 jun 2009

Noche fugaz

Noche de san Juan tumbados en la playa. En un rincón apartado, lejos del bullicio de la fiesta. Con su cabeza en el regazo, acaricia su pelo y la observa en silencio mientras ella le habla con la mirada fija en el reflejo de la luna sobre el oscuro mar. El murmullo de las olas enmudece la música y el ruido de los petardos. De vez en cuando, la efímera luz de tímidos fuegos de artificio rasga el oscuro velo que los cubre. Apenas escucha lo que le cuenta; el espectáculo que se le presenta ante sí lo abstrae por completo. No puede dejar de mirar los ojos azules que encierran como por arte de magia toda la luz de aquella noche mágica. La brisa marina mece los mechones claros con los que juega entre sus dedos. Se pasaría la vida viendo como se proyecta el fuego de las hogueras lejanas sobre su suave piel. Amparado por la penumbra, sonríe sin hacer ruido.

20 jun 2009

¿Dónde quedan?

Dónde quedan esas noches, paseando sin chaqueta. Dónde queda aquella risa. Esa cara, aquella mueca. Dónde olvidaste los ojos que me buscaban sin tregua. Ese banco. Nuestro banco en el que nada nos inquieta. Tu calor, tu olor, tu sosiego y tu presencia. Esa paz que, en silencio, al mirarme me atraviesa. Dónde escondes la canción que a ti tanto me recuerda. Dónde el vestido amarillo que pensé “qué bien le sienta”. Y ese verso de Neruda que me ronda la cabeza. Dónde guardaste las horas, dónde las retienes presas sin poder salir siquiera a recordarme la tristeza que me asalta y me confunde al sentirte aquí, tan cerca. Al pensar que, en esos días, pude haberte hecho mi reina y te fuiste incluso antes de convertirte en princesa. Dónde tienes el recuerdo de lo que no fue y lo que era, lo que pudo ser seguro y lo que fue sólo una meta.

Esos días tan felices, dime, niña, ¿dónde quedan?

15 abr 2009

No es usual.

No es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me pregunte adónde voy. Tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, no me entienda a mí mismo. Y tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me dé cuenta de que no me entiendo. La carretera es aburrida. Es algo que, habitualmente, no cambia. Al menos, no de manera ruidosa. No hay novedades en los pueblos que voy atravesando, ni en los caminos que los unen. Y ello me invita a darle vueltas a lo mío, a hacer balance. Pero las cuentas no me salen positivas.

Si ya es odiosa la sensación de que has olvidado algo por meter en la maleta al emprender un viaje, la impresión de dejar atrás un pedacito de ti es, además de odiosa, atroz. Y si a eso se le añade que lo que vas dejando cada vez más lejos tiene nombre de mujer, la situación se vuelve insufrible. Todo ello queda fenomenalmente rematado cuando la mujer que responde a ese nombre es tan fría, tan reflexiva, tan prudente y tan discreta, tan cauta y reservada como lo es ella. Tan es así, que jamás escapará de sus ojos, creo yo, ni un atisbo con el que me desvele lo que siente.

Pero no, que no tiene nada que sentir. No ha de sentir nada porque yo... No es posible. Me resisto a creerlo. Las dudas me asaltan. Que siento algo, eso es seguro. La presión en el pecho no es invención mía. Las dudas residen en qué siento y en cómo lo siento. La carretera, sin embargo, no se me revela como una buena disipadora de dudas. El frío de la ventanilla, el runrún de la música en la radio y las caras adormecidas de quienes viajan en los coches que adelantamos no me dan respuestas ni consiguen que yo no las pida. Juro que esta vez es diferente. Lo juro. Aunque no sé en qué modo. Y mucho me temo que esta incertidumbre solamente podrá acabar cuando vuelva a tenerla frente a mí. Pero para ello tendré que esperar algún mes que otro.

13 abr 2009

Doce meses.

Quizá un sábado por la noche en un bar no fuese el mejor momento para que ella contase su historia. Una historia que le hizo parecer la mujer más alegre sobre la tierra, pero que ahora se vuelve en su contra, mostrando su lado más desgraciado. Tuvo la felicidad al alcance de su mano, representada en una persona de carne y hueso. Pero hoy, a cientos de kilómetros de distancia, esa felicidad se torna sufrimiento e impotencia. Y parece exagerado pensar en que, ante esta situación, se prefiera no tenerlo a tenerlo tan lejos.

Pero no, ella no se arrepiente de nada. Sabe que, tras doce largos meses, volverá a verlo en la cita anual que este año los ha juntado. Está convencida de que, aunque la espera sea larga y dolorosa, compensará todo el tiempo perdido. Que sí, que puede que las cosas cambien mucho en tan largo tiempo, pero la esencia siempre se mantiene. Ha de saber que la distancia no es el olvido –menudo topicazo–, sino que el problema está en dejar pasar el tiempo, en dejar que todo se apague. El verdadero enemigo es la pereza, la dejadez, la comodidad. Hay que pelear por ello. Los obstáculos no se superan a menos que se intente y se ponga empeño en salvarlos.

Con el brillo de quien guarda la esperanza en los ojos, fue sincerándose ante su oyente, intentando imponerse al ruido de la música y las voces. Yo, realista por naturaleza, ejercí de optimista por primera vez en mi vida. Y descubrí que el serlo no mata a nadie.

29 mar 2009

Otra vida.

Se empeñaba en negarlo y él sabía que no se equivocaba. Ella no cesaba de insistir en que nada cambiaría, pero él era reticente a aceptarlo. Sabía que cambiaría por la sencilla razón de que no sería igual. Imposible. Otra ciudad y otra vida totalmente diferentes. ¿No eran motivos suficientes? Él era el primero que preferiría que no ocurriese y que la vida siguiera como si nada hubiese pasado, pero... No esperaba influir en su decisión, ni mucho menos. Ella se iba y él la animaba a hacerlo. La habría acompañado gustoso.

La gran ciudad la engulliría, pensaba él. Ni para bien ni para mal, pero se quedaría con ella. Ni la ciudad se resistirá a sus encantos, sería cuestión de tiempo. Y, de la misma manera, ella acabaría sucumbiendo a los encantos de la capital. Lo único que él podía pedir era que ella no olvidase su pasado. Que nunca borrase de su memoria a quienes compartieron su infancia con ella. A quienes la vieron en sus mejores momentos o en sus horas bajas. A quienes tanto la querían y a quienes ella también echaba en falta.

Lo único que podía pedir era que no tuviese que pedirlo.

27 sept 2008

Ella era su todo.

Llegó a tener ese sueño tantas veces en una misma noche que llegó a preocuparse. Nunca había creído en el significado de los sueños, en los oráculos ni en ninguna de esas patrañas, pero ese sueño le traía de cabeza. Cada noche lo mismo. Él, tumbado en la cama, se elevaba unos metros para caer suavemente sobre el colchón. De nuevo, levitaba muy dulcemente para tornar a su cama mullida. Entre idas y venidas, una figura se componía en el borde de su cama. Una mujer, una hermosísima mujer sentada junto a él iba formándose a partir de la nada y, aunque nunca alcanzaba la opacidad, sus rasgos se definían perfectamente sobre el fondo de la habitación. Ella le hablaba, pero su voz sonaba lejana y distante, como proveniente del cielo. No podía entender lo que decía, pero su dulce voz lo cautivaba durante un tiempo que no sabría calcular. Ensimismado, sólo podía contemplar aquella especie de aparición que le había robado cualquier posibilidad de reaccionar. Podría decirse que estaba enamorado de aquel ser incorpóreo.

Llegó a tal punto que creyó ver en esa mujer aquélla que tantas veces había deseado. Aquélla a la que había visto, aquélla con la que se había cruzado. Aquella mujer sin identidad, o con múltiples distintas, que le transmitía algo que le recorría todo el cuerpo. Esa mujer que le recordaba cada día que, aunque la realidad se empeñase en demostrar lo contrario, existía algo por lo que merecía la pena vivir, por lo que no tirar la toalla. ¿Y si la mujer de su sueño fuese, por fin, la única y verdadera? ¿Y si no fuese una señal, sino que fuese ella misma a la que tanto tiempo estuvo esperando?

Esa noche, sin pensárselo dos veces, la esperó para tocarla, para comprobar si de verdad era ella. Quería abrazarla y ver si sentía algo, si algo cambiaba dentro de él. Se incorporó, combatiendo esa fuerza que le obligaba a elevarse y caer entre sus sábanas, y alzó la mano, acercándola a su cara. Sin embargo, cuando sus dedos estaban a apenas unos centímetros de sus labios, se dio cuenta de no podía tocar a esa mujer transparente, pues corría el riesgo de que se convirtiese en humo, desvaneciéndose para siempre, disipándose en el aire, confundiéndose con la nada. No habría nada peor, pues ella para él era todo lo contrario. Ella era su todo.

26 sept 2008

Cuéntame, que yo te escucho.

¿Crees que no me doy cuenta? Te equivocas. No sé que te ocurre, pero hay algo que te preocupa. No intentes esconderlo, se te nota en la cara. Y a mí también me importa, mucho. Tiene que ver conmigo, ¿no? Sí, es eso. Tiene que ver conmigo, por eso no me lo quieres decir. Algo está pasando entre los dos. Esto es cosa de ti y de mí. Y ya lo vengo notando desde hace un tiempo. Ni me miras ni me sonríes con ese brillo especial de cuando todo era perfecto. Te incomoda que estemos solos, y cuando trato de hablarte en serio me rehúyes. Ya no me cuentas cómo te ha ido el día, ya nunca preguntas por el mío. ¿Qué es lo que te ocurre? Nada se parece a entonces, cuando podíamos estar horas riéndonos de nuestras propias bobadas. Cuando bastaba que te dijese cuatro palabras tontas al oído para que tu sonrisa se encendiese y nos iluminase la noche. ¿Por qué no pueden volver esos días en los que, apoyada en mí, dejabas que acariciase tu pelo durante horas, sin apenas hablar? ¿Por qué ahora siempre estás como ausente, como si no estuvieras, y tienes prisa por marcharte? Cuéntamelo, mi niña. Cuéntame, que yo te escucho.

14 sept 2008

Un día especial.

Hoy ha sido un día especial para ella. Nunca antes había llamado su atención y hoy, al fin, lo había conseguido. Estaba tan nerviosa... Normalmente pasaba desapercibida para él, pero hoy estaba feliz. Habían cruzado la mirada tantas veces, se había imaginado que en cualquier momento él arrancaría a hablarle en tantas ocasiones... Cada vez que se lo cruzaba, él se quedaba mirándola, como si no existiese nadie más en aquél pasillo, en aquella calle. No sabía por qué, de repente, ella se había convertido en el blanco de sus miradas, pero no le importaba. ¿Sería su nuevo jersey, o que quizá hoy el peinado le había quedado mejor de lo normal? Es igual. Ella, ahora, es feliz.

Y es que, a veces, es mejor no mirarse al espejo para descubrir en la cara una raya de bolígrafo verde.

8 sept 2008

Es el tiempo, no la distancia.

¿Qué nos ha ocurrido?, preguntaste mientras examinabas mi rostro, con miedo, al no encontrar en mí aquel confidente con quien tanto tiempo pasaste. ¿Qué nos ha ocurrido? El tiempo tiene la respuesta. El tiempo es el culpable de que, a día de hoy, todas aquellas horas juntos te parezcan una historia ajena a mí, como si no fuese yo, como si fuera otro. Es el tiempo, no la distancia, quien ha conseguido que seamos dos extraños, dos desconocidos después de haberse conocido como nadie. Aguanté una lágrima que jugaba con mi garganta, haciendo un nudo casi tan doloroso como verte y descubrir que el tiempo te ha cambiado, me ha cambiado a mí contigo y nos ha separado. Tú aguantabas también el llanto, un llanto que se tradujo en una voz lejana y quebrada al formular tu pregunta.

Prométemelo, dijiste al romper a llorar, prométeme que nunca nos volverá a pasar, que a partir de ahora volveremos a ser aquellos niños. Yo, incapaz de responder, te abracé por toda respuesta.

3 sept 2008

Una sensación familiar.

Otra vez no. Ya he picado muchas veces, pero esta vez no picaré. Llego prevenido. Como digo, no sería la primera vez que me ocurre, por lo que la experiencia me ha enseñado sobradamente las desastrosas consecuencias. Ya noto los primeros síntomas: deseo incontenible de tenerla controlada, total indiferencia (pésimamente fingida) cuando está cerca, que se va al garete con esas risitas estúpidas y desmesuradas cuando bromeamos. Cualquiera que me vea desde fuera...

Pero esta vez va a ser distinto. Ya lo creo que sí. Esta vez no dejaré que me suceda como siempre. El precio a pagar suele ser muy caro, y ya estoy en bancarrota. Se empieza como un juego. Qué gracia me hace, qué bien me lo paso con ella. Pero a la larga pasa factura. ¿Cómo serán capaces de llevarse la poca decencia que tenemos sin que nos demos cuenta? ¿Cuál será el modo secreto que sólo ellas conocen de dejarnos como desnudos y manejarnos a su voluntad, como si fuésemos idiotas? No lo sé, pero esta vez no voy a ser yo el idiota que se deje llevar. Hay que ver lo sensibles que parecen y lo crueles que pueden llegar a resultar. Lo fuertes que podemos parecer y lo que llegamos a sufrir. Enamorarse no sale rentable.

Aunque, bien pensado, quizás esta vez sí. Quién sabe si esta vez no es la definitiva. Por mucho que me esfuerce, no le encuentro ni un solo defecto. Puedo intentarlo. De todas formas, ella no es como las demás…

8 ago 2008

Esa vocecilla interior.

“Tranquilo, que viene en seguida. Claro que sí, te dijo que vendría y no te mintió. Ya lo verás. Sólo es cuestión de unos minutos, ten paciencia. ¡Mírala! Ahí está. Y no estires tanto el cuello, que pareces tonto. Sí, ya sé que quieres verla. Pero si sigues llamando así la atención, la vas a espantar. Ahora, lo mejor es hacerse el despistado. Tú, como si no la hubieras visto. Eso es. Y ahora acércate, y sobre todo no la mires. Que no note que la buscas. Así. Ya está, ya viene hacia aquí. Ahora déjala hablar. Lo mejor es que dejes que hable ella, ya sabes que las mujeres hablan por los codos. Así es mejor, en realidad, porque no te da oportunidad a hablar a ti y fastidiarlo todo. Con lo nervioso que estás no dirías más que estupideces. Tú déjala hablar... ¡Y pon cara de escuchar! Ahora es cuando yo me largo... ¡Suerte!”



“¿No lo ves? Está loco por ti. Si no hay más que verle. Mira, mira cómo te busca, desde que has llegado. Seguro que lleva aquí un rato, esperando verte aparecer. Mira cómo levanta la cabeza. ¿No es graciosísimo? Y mira ahora. Cómo se le ha iluminado la cara cuando te ha visto llegar. Oh, ahora se hace el despistado y finge no haberte visto. Típico. Seguro que en nada se acercará y se hará el encontradizo. ¿Lo ves? Ya está por aquí. ¿Qué te dije? Anda, acércate y háblale. No seas tonta, si lo estás deseando... Eso es. Y, sobre todo, no empieces a hablar sin medida. Eso les espanta. Habla poco, así no dices sandeces, que estás nerviosa. Déjale hablar a él... No sé para qué te digo nada si nunca me haces caso. Eso, sigue hablando. En fin, creo que ya sobro por aquí...”

4 ago 2008

Era su momento.

Era de noche, como siempre que ocurren este tipo de cosas. Será que la luz del día nos ciega y no nos deja ver la magia de los momentos, pero cuando el sol se cubre con una manta de estrellas bordadas y los halos de magia que irradian ciertas situaciones irrepetibles se dejan ver, las personas se dejan embaucar por su belleza y su atractivo, dejando de lado la razón para entregarse por completo a seguir sus sentimientos.

Él llevaba tiempo queriendo estar a solas con ella. Ella, simplemente, no tenía plan para ese día. Él sentía vergüenza cada vez que cogía el teléfono para marcar su número. Ella pensó en él como recurso para matar una noche. Él no podía pensar en otra cosa que no fuese ella: tenía su sonrisa grabada a fuego en su mente. Ella lo llamó. Él casi se muere del susto. Ella propuso un plan que él aceptó de buen grado. Ella pensó: “Ya he apañado un poco la noche”. Él pensó: “Hoy es la mejor noche de mi vida”. Ella se arregló y él, con la emoción, olvidó hasta la colonia. Ella lo vio: qué bien le caía él. Él se derritió: ella es un ángel. Ella sintió algo: “Qué guapo está hoy.” Él no sabía qué hacer, y empezó a decir estupideces. Ella se reía, charlaba y se volvía a reír. Resultaba tan gracioso... Él llegó incluso a pasarlo mal. Quería quedar bien. Ella dudó: “¿Qué me está pasando?” Él dudó: “¿Qué siente ella?”

Se miraron a los ojos, como buscando respuestas el uno en el otro. Sentados en aquel banco, los minutos pasaban volando mientras que ellos, confusos, callaban y pensaban.

Entonces él no podía esperar más. Se moría por abrazarla. Ella no sabía por qué, pero necesitaba abrazarlo. No se dieron cuenta, pero aquel segundo llevaba para ellos un brillo mágico. Era SU momento. De ellos y de nadie más. Por fin había llegado el momento en el que, en lo que dura un suspiro, en lo que se cruza una mirada, se dieron cuenta de que lo que más deseaban era continuar abrazados durante el resto de sus vidas. Mientras el resto del mundo vivía ese momento como cualquier otro, para ellos fue el momento que cambió sus vidas.

Naturalmente, era una noche verano.