7 abr 2009
4 abr 2009
Instrucciones para comer espaguetis.
A partir de ahora, veréis varias entradas de este tipo. No me he vuelto un aburrido. O quizá sí, pero esto no tiene nada que ver. El caso es que he propuesto a una integrante novel de la blogosfera –¡Saluda, nueva compañera!– un reto que está encantada, y si dice lo contrario miente, de asumir. La idea ha surgido por una entrada que publicó en su día ella misma, bajo el título de “Instrucciones para nadar”. El reto es el siguiente: cada cierto tiempo –más, menos– publicaremos ambos en sendos blogs unas “Instrucciones para...” sobre algo que habremos acordado previamente –se admiten propuestas–. Cada uno por separado, le dará una perspectiva, siempre en clave de humor. De manera que podrán contrastarse dos maneras diferentes y totalmente absurdas de enfocar un mismo tema, obligándonos a explotar al máximo nuestro intento-de-originalidad y, de paso, entreteniéndonos. Ahí van las primeras. Instrucciones para comer espaguetis.
Comer. Masticar y desmenuzar el alimento en la boca y pasarlo al estómago. Espaguetis. Pasta alimenticia de harina en forma de cilindros largos y delgados. Comer espaguetis. Masticar y desmenuzar la pasta alimenticia de harina y pasarla al estómago. Hasta aquí, todo bien. Veamos los problemas que acarrea la ingesta de espaguetis en sus múltiples variantes.
Comer espaguetis, tal cual.
Hace falta ser un necio, un mentecato o un borrico para intentar comer espaguetis sin haberlos tenido anteriormente en agua bullente durante un período de tiempo aceptable. He dicho.
Comer espaguetis con tomate sin mancharte la ropa.
Desde tiempos inmemoriales, el vulgo ha gustado de condimentar los espaguetis –ya hervidos– con salsa de tomate, archiconocida por su mancha, calificada por las madres como “esa mancha no sale nada fácil”. Es por ello que una de las máximas preocupaciones históricas haya sido evitar que la salsa de tomate realice el trayecto plato-camisa. Sin embargo, según novedosas investigaciones, dicho trayecto resulta inevitable. Prestigiosos científicos, en busca de una solución, enunciaron: “Lo mejor va a ser ponerse una servilleta.”
Comer espaguetis con tomate sin mancharte la nariz.
Pruebe a deshacerse de su nariz durante la comida, introduciéndola en una bolsita y guardándola en el bolsillo a buen recaudo.
Comer espaguetis de manera que no escapen más de cinco centímetros de la boca.
Está tan extendida la costumbre de succionar espaguetis –ya hervidos– sorbiéndolos en toda su longitud que en ocasiones resulta de mal gusto no hacerlo. No obstante, para los más tradicionales, existe una manera de evitar que escapen de entre los labios en tan desproporcionada longitud: córtense a intervalos de cuatro centímetros y nueve milímetros.
Comer espaguetis con las manos.
Si usted es una de esas personas que intenta ir en contra del sistema hasta sentado a la mesa, este apartado le interesará. Aunque escurridizos, los espaguetis –ya hervidos– tienen una pasmosa flexibilidad que les permite enrollarse alrededor de los dedos. Si no posee cubiertos o si, sencillamente, no le apetece levantarse a buscarlos, comerlos con las man
os puede convertirse en una efectiva o cuando menos simpática solución. Atención: si se es reacio a ensuciarse la ropa, la nariz o cualquier otra región de su espacio vital más inmediato, la alternativa puede no resultar agradable.
Comer espaguetis con el dedo meñique del pie izquierdo.
Se trata de una variante del anterior, inusual por la sencilla razón de que a nadie se le había ocurrido con anterioridad. Empero, es perfectamente viable. N.b.: si lo intenta y nota cierta molestia, olvide su propósito. Pertenece al ochenta por ciento de la población carente de flexibilidad.
Visítese la versión de doña Victoria, seguramente más ingeniosa, en http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2009/04/05/instrucciones-para-comer-espaguetis/ y contrástese con la de un nada servidor de ustedes.
30 mar 2009
De tipografía y otras manías.
29 mar 2009
Otra vida.
La gran ciudad la engulliría, pensaba él. Ni para bien ni para mal, pero se quedaría con ella. Ni la ciudad se resistirá a sus encantos, sería cuestión de tiempo. Y, de la misma manera, ella acabaría sucumbiendo a los encantos de la capital. Lo único que él podía pedir era que ella no olvidase su pasado. Que nunca borrase de su memoria a quienes compartieron su infancia con ella. A quienes la vieron en sus mejores momentos o en sus horas bajas. A quienes tanto la querían y a quienes ella también echaba en falta.
Lo único que podía pedir era que no tuviese que pedirlo.
27 mar 2009
Mira, por ahí se acerca...
¿No querías texto descriptivo, S.? ¡Toma texto descriptivo!”
18 mar 2009
Érase una vez.
Por aquella época, el vecino país de Mangucián estaba reinado por un gran estratega que centraba sus esfuerzos en planear las defensas de sus tropas. Había mandado construir en sus aposentos una gran maqueta que representase fidelísimamente cada paraje de sus terrenos, de manera que ningún barranco se le escapase de sus planes por si la temible invasión llegase. Siempre al tanto de tener todo a punto, el rey de Mangucián gastaba sus horas en presagiar los movimientos del atacante y disponer un buen contraataque.
Sucedió que ambos reyes viéronse obligados a avistarse. El enlace del valeroso príncipe de Mangucián con la hermosa princesa de Micomicón llevó a ambos monarcas a entablar una relación que, sin duda, sería próspera para el porvenir de sus respectivos feudos.
Resta decir que el acuerdo entrambos jamás dio fruto alguno. Resultaba imposible que alguien como el rey de Micomicón diera por buenas las condiciones de alguien como el rey de Mangucián, y a la inversa. No por intereses personales, sino por incompatibilidad de caracteres.
Y es que bien es sabido que el equilibrio es la base de toda justicia. Y, en este caso, vivir el presente contrarresta la fijación por el pasado y la preocupación por el futuro.
14 mar 2009
Nostalgia.
Nostalgia. Un sentimiento. De los más dulces, pero de los más dolorosos. De los más contradictorios. Quizá el que te hace sentir mayor impotencia. El que te recuerda lo que fuiste, lo que eres y lo que no serás. Una especie de medicina que puede contagiarte fuerza, valor y espíritu, o puede achicarte, descomponerte y abatirte. Indómito, aunque predecible. En pequeñas dosis, aporta brevísimos instantes de pseudofelicidad. En grandes cantidades, ofusca el presente e idealiza el pasado. No necesita prescripción médica, pero su abuso es poco recomendable para el equilibrio emocional.
Y, a pesar de todo, te sigues dejando invadir por un cálido recuerdo que te conquista por los sentidos. A través del olor de aquella colonia que gastabas. De ese puñado de notas al piano que un día te pusieron la piel de gallina. De aquel Londres que te cautivó por completo. Día tras día. Viviendo y deseando que los japoneses inventen una máquina del tiempo. Pero yo no soy soñador. No. Qué va.
6 mar 2009
Ojos que no ven...
Eso sí: pega un buen portazo al salir.