24 may 2009

Descubrimientos tardíos

Llevaban ahí toda la vida. Siempre a tu lado, siempre en silencio y sin sobresalir. Es muy probable que te acompañasen desde que tienes uso de razón, pero jamás habrías adivinado lo feliz que te podían hacer. Sucede como con aquellas personas a quienes ves con frecuencia y crees conocer sus facciones, pero un día te paras a escrutarlas minuciosamente hasta asombrarte al descubrir una cara diferente a aquella con la que de normal te encuentras. Siempre el conjunto y jamás el detalle. Pues bien, del mismo modo ocurre con esas personas que han vivido desde pequeñas a tu par, caminando cerca de ti pero nunca cruzándose en tu camino. En la vida te habías planteado que las quisieses ni que te quisieran. Nunca las has necesitado ni ellas habían solicitado tu ayuda. Y, de repente, una noche cualquiera en la que piensas en tu futuro y en tu pasado más que de costumbre, ves con claridad que os une un extraño afecto. Descubres que, aunque podrías haber pasado sin ellas, los tontos detalles y las pequeñeces del día a día han conseguido que esas personas te tengan en consideración. A ti, que de ningún modo creías merecerlo. Y el solo hecho de saberlo te hace sentir una felicidad, un arrope difícilmente descriptible. Es entonces cuando te arrepientes de no haberlo descubierto antes, sino ahora, tan cerca de una separación que a todas luces es irrevocable. Y es entonces cuando te falta el aire para dejar claro a voz en grito que tú también las quieres.

23 may 2009

Instrucciones para sobrevivir a una reunión familiar

Puede parecer lo contrario, pero algo tan inofensivo como una reunión familiar puede resultar casi tan peligroso como un ascensor, una boa constrictor o un secador de pelo. Salvo que se incluya dentro del género de la tercera edad, una reunión de esta índole jamás podrá parecerle entrañable o jocosa. En caso de no pertenecer a ese sector de la población, es probable que precise de la Magnífica guía de supervivencia para reuniones familiares, marca ACME.

Un grupo de expertos de la Universidad de Minnesota ha colaborado en la redacción de este manual, en el cual han reflejado todas aquellas incómodas situaciones que pueden darse en estos eventos para que sepa cómo reaccionar en cada una de ellas y así salir airoso, así como propuestas para evadirse física o mentalmente en caso de necesidad.

He aquí breves selecciones del que será, sin duda, el manual de autoayuda de la temporada.

«Una vez efectuadas las salutaciones rutinarias con la familia cercana, se te acercarán acechantes todas aquellas tías segundas (o terceras) a las que afortunadamente hace años que no ves. Serán fácilmente reconocibles al ir embadurnadas en cremas antiarrugas y perfumes penetrantes, a lo que debe añadirse la densa capa de carmín que cubrirá sus labios. (...) Al mínimo indicio de su presencia, lo único que te aconsejamos es adelantar una de las piernas de que dispones hasta que el pie quede apoyado en el suelo, situación que te será favorable para ejecutar la misma acción con la otra pierna, avanzando de posición a intervalos de tiempo cada vez más reducido y en sentido opuesto a la localización las señoras en cuestión. Salir por patas, en términos familiares.»

«Abundarán comentarios similares a “¡Qué alto estás!” o “No te veía desde que llevabas pañales.”, que no tendrás más remedio que aguantar estoicamente. Si te encuentras en este apuro, tu mejor salida es una buena sonrisa a tiempo, aunque es posible que desencadene todo tipo de elogios hacia ella, con frases como “¡Si sonríe igual que su madre!” o “Es igualito a su padre cuando tenía su edad.” Estate preparado para lo peor.»

«Proponemos a continuación una serie de actividades para tu propio divertimento, cuyo único fin es que el tiempo pase más rápidamente en estas insostenibles ocasiones.
-En el momento de las presentaciones, maréese a las personas en edad senil con datos erróneos o equívocos, como edades inventadas o nombres traspuestos. Es interesante llevar a cabo esta actividad en compañía de uno o varios cómplices, para que la confusión infundida sea mayor.
-(Preferiblemente en ciudades pequeñas) Enumérense las referencias a muertes, entierros, velatorios, esquelas, exequias y tanatorios. Hágase una lista con el nombre de los diversos finados y de sus respectivos parentescos, y recuérdense cada media hora. Se trata de una actividad con la que ejercitar la memoria y, de paso, iniciarse en el mundo del chismorreo. (...) Inclúyanse en la conversación frases como “La tía Perpe será la próxima.” o “Habrá que ir desempolvando la corbata de seda negra, porque al tío Genaro le quedan dos telediarios.” Obsérvense las reacciones de los aludidos ahí presentes y, a ser posible, fotografíense sus caras.
-En el momento de la ingesta (damos por supuesto que toda reunión familiar se celebrará con un aperitivo, un piscolabis, un vermú, un refrigerio, un tentempié o sucedáneos), localícese al miembro de mayor edad en el grupo. Si no se dispone de su edad exacta, aventúrese una aproximada. Una vez localizado, llévese la cuenta del número de veces que lo ingerido escapa de la boca y aterriza bien en el regazo o bien en el escote del sujeto de ingestión. Si supera la veintena, considérese la posibilidad de destinar una pequeña condecoración para el divertido comensal.
»

El libro perfecto para regalar en cualquier ocasión. Nuestra sugerencia es acompañar la Magnífica guía de supervivencia para reuniones familiares con el Fabuloso traductor peluqueras-humanos, humanos-peluqueras y el best-seller ¿Qué fue de ‘La pajarería de Transilvania’?, en una edición de coleccionista que no puede dejar escapar.


20 may 2009

Truenos. Lluvia insistente contra el cristal. Y su manta, el refugio más seguro.

9 may 2009

El gusano y el reloj

Un día me contaron la historia de un gusanito que tenía su casa dentro de un gran reloj de pared. De esos que, tras una puerta de cristal, esconden un enorme péndulo dorado que pasa de un lado a otro sin descanso. Este gusanito era muy juguetón y su pasatiempo favorito era subirse sobre la lenteja de oro del reloj para pasar el tiempo de un lado a otro, de izquierda a derecha, continuamente. Se divertía mucho viendo pasar todo ante sus ojos, parar en lo más alto y volver a la carga para detenerse al otro lado.

Cuentan que por las tardes una fina línea separaba ambas partes del reloj. Una densa cortina provocaba que una de las mitades quedase bajo la calidez de los rayos del sol, mientras que la otra se volvía umbría y desapacible. El gusanito, que no era tonto, tenía claro que la parte más alegre de su infinitamente periódico trayecto era aquella en la que podía disfrutar de la luz del astro. Además, sabía a la perfección que, en el momento en el que pasaba a la parte tenebrosa, el juego perdía casi toda su gracia.

Al no sentirse capaz de correr la cortina por sí solo, la única solución para pasar el máximo tiempo posible en el que él llamaba “lado bueno” era saltar de aquel péndulo en movimiento. No obstante, sabía que su juego acabaría en el mismo instante en que decidiese abandonarlo. De manera que, aunque poco conseguiría, decidió que intentaría plantar cara a la manera en que el gran disco dirigía su propio movimiento. Pensó que, cuando éste pasase al “lado malo”, una vez que hubiese llegado a la cumbre donde la desolación era máxima, empujaría muy fuertemente al péndulo para que llegase cuanto antes al ansiado terreno bañado por Lorenzo. El gusanito sabía que sus esfuerzos no obtendrían sus frutos. Sin embargo, su actitud y su empeño consiguieron que nuestro amiguito creyese firmemente que el tiempo que dedicaba a impulsar la lenteja brillante pasaba más deprisa.

Porque pasar de la más honda tristeza a la más radiante felicidad no depende de nosotros, pero sólo podremos mirar hacia el lado más amable de la vida si nos lo proponemos y creemos en lo que hacemos.

7 may 2009

Un muro de vidrio aislante

Te escribo desde el infierno de la indiferencia. Aún recuerdo con una sonrisa en los labios y un vuelco en las entrañas el momento en que mi absurda mirada y la tuya se juntaron de manera involuntaria, impredecible. Un reflejo que había movido algo en los dos. Durante eternidades fugaces fuimos cómplices y enemigos, confesores y confesantes, soportes y compañeros, un algo y un todo. No existía el pasado ni el presente, sino el aquí y el ahora, el hoy, el tú y el yo. El tiempo no pasaba para nosotros, aunque sí por nosotros. Mudamos. Mudaste, que yo no. Mi ingenuidad intacta como el primer día no consiguió apreciarlo hasta que fue demasiado tarde, pero cambiaste. No lo digo con rencor, sino con un deje de arrepentimiento y no poco de impotencia. Por circunstancias externas e influencias desastrosas, algo acaeció que hizo que tu carácter se volviese más impenetrable y misterioso. Demasiado. Te distanciaste. Comenzaste a despreocuparte por todo lo que no tenía una relación directa contigo. Hasta que la frialdad no empezó a aflorar en tu gesto, jamás llegué a atisbar lo que en tu interior iba creándose, el monstruo que había nacido y que crecía a un ritmo lento pero imparable. Dejaste de ser tú, y con ello dejaste de ser yo. Dejaste de llenar ese espacio que para ti había reservado dentro de mí y tuve que entrar para arrancar de cuajo ese rótulo donde habías escrito “prohibido el paso”. Empezaste a convertirte en una especie de pelele. Un maniquí de rasgos espantosos y actitud inmutable. Ya no te interesabas por mí ni por nadie. Yo, en cambio, siempre me preocupé por ti, ¿sabes? Desde que constaté con preocupación que te perdía a cada instante, hice lo imposible por encontrar entre las cada vez más escasas palabras que de tu boca escapaban una explicación a tan irracional falta de atención. No obstante, tú no me escuchaste, no me escuchas. Empiezo a preguntarme si alguna vez lo hiciste. Parece como si entre tú y yo existiera un muro de vidrio aislante que evita cualquier posibilidad de contacto entre los dos. Me recuerdas a un maniquí que alguien ha colocado en un escaparate. Y desde este asfixiante averno de indiferencia te suplico que desde tu lado del cristal contemples el mundo exterior con esa expresión inhumana que puebla tus ojos. Quizás de esta manera puedas ver lo que está siendo de mí y destroces las cadenas que te impiden ver más allá de la punta de tu irresistible nariz.

30 abr 2009

Hoy...

Hoy me he visto prepotente, vanidoso, estúpido.

Hoy he hecho daño a algunas personas y, qué asquerosa coincidencia, reír a carcajadas a otras.

Hoy me he visto como una mierda, como un cero a la izquierda creyéndome uno a la derecha. Hoy me he conocido.

Hoy me han defraudado, pero eso no es nada en comparación con lo que me he despreciado.

Hoy he sentido por primera vez lo que es una despedida. De esas que a partir de ahora y durante estos meses voy a vivir en exceso. Hoy he sentido lo que no quiero sentir.

Hoy he descubierto lo que significo para algunas personas. Hoy me han hecho ver el huequecito que lleno en sus vidas y me han hecho sentir algo mejor.

Hoy me he dado cuenta del valor que para mí tienen ciertas personas, y en especial una.

Hoy he entendido el verdadero significado de la palabra “hijo”, y no es aquel al que estamos acostumbrados.

Y hoy he llorado. Por primera vez desde hace mucho tiempo. Y todo esto ya no era teatro.

24 abr 2009

Despachurrado

Esa es la palabra que mejor define lo que siento. Sí, sé que podría haber elegido otra, que en ella el decoro poético brilla –deslumbra– por su ausencia. Pero estoy convencido de que no hay ninguna otra que se ajuste mejor.

Y es que peor que el desmorone de un proyecto común entre varias personas es descubrir que alguna de esas personas no tiene la ilusión y el interés que tú sí pones en él.

(Los que me conocéis medianamente podréis intuir cuál es ese "proyecto" en el que durante esta semana más ganas estoy poniendo.)

20 abr 2009

Instrucciones para montar en ascensor.

El primer punto importante a la hora de montar en ascensor es disponer de un ascensor. Y para disponer de un ascensor es preciso encontrar un hueco del ascensor donde encajar un ascensor. Un hueco del ascensor donde encajar un ascensor debe estar localizado en una construcción que admita un hueco del ascensor donde encajar un ascensor. Las construcciones que admiten un hueco del ascensor donde encajar un ascensor pueden ser variadas, aunque tienen la costumbre de corresponder a edificios. La altura del edificio que admite un hueco del ascensor donde encajar un ascensor no ha de ser ni escasa ni excesiva. Para un edificio de menos de tres alturas, un ascensor resulta irrisorio a la par que un indicio de falta de salubridad. Para un edificio de más de seiscientos cincuenta y nueve alturas, un ascensor resulta en la misma medida aburrido y peligroso.

El segundo punto importante a la hora de montar en ascensor es tener la necesidad de montar en ascensor. Si se necesita permanecer en la altura en la que se está, es probable que al hacer uso de un ascensor mudemos de planta, ya sea hacia arriba o hacia abajo, y eso se contradice con la necesidad que se tenía. Si, por el contrario, se necesita cambiar a una altura en la que no se está, al no hacer uso del ascensor es probable que no saciemos nuestra necesidad –a menos que se haga uso de las escaleras, cuya existencia despreciaremos en estas instrucciones–. Si no se tiene claro si se necesita permanecer en la altura en la que se está o si se necesita cambiar a una altura en la que no se está, la única utilidad que tiene el hacer uso del ascensor es la de encontrar tiempo para reflexionar en la intimidad acerca de si realmente se quiere seguir viviendo o si regenerarse en el Viaducto es una salida.

El tercer punto importante a la hora de montar en ascensor es saber cómo funciona un ascensor. Púlsese, presiónese, apriétese o tóquese el botón de llamada, sito junto a las puertas del ascensor en su parte externa. Aguárdese pacientemente. Pásese al interior de la cabina, siempre y cuando la(s) puerta(s) así lo permita(n). Nuevamente, púlsese, presiónese, apriétese o tóquese el botón donde figure el número de piso al que se desea ser transportado. Para ello es útil tenerlo claro, ya que los números que figuran son enteros y no admiten los decimales que resultarían de hacer la media entre los diferentes pisos entre los que se duda. Una vez cerrada(s) la(s) puerta(s), aguárdese otra vez pacientemente. Como puede verse, la complejidad de montar en ascensor reside en la ejecución repetitiva del juego pulsar-aguardar.

El cuarto y último punto importante a la hora de montar en ascensor es no tener fobia a montar en ascensor.



Por si las instrucciones resultases escasas, podéis encontrar en http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2009/04/22/instrucciones-para-montar-en-ascensor/ algo mucho más original, ciertamente.

15 abr 2009

No es usual.

No es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me pregunte adónde voy. Tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, no me entienda a mí mismo. Y tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me dé cuenta de que no me entiendo. La carretera es aburrida. Es algo que, habitualmente, no cambia. Al menos, no de manera ruidosa. No hay novedades en los pueblos que voy atravesando, ni en los caminos que los unen. Y ello me invita a darle vueltas a lo mío, a hacer balance. Pero las cuentas no me salen positivas.

Si ya es odiosa la sensación de que has olvidado algo por meter en la maleta al emprender un viaje, la impresión de dejar atrás un pedacito de ti es, además de odiosa, atroz. Y si a eso se le añade que lo que vas dejando cada vez más lejos tiene nombre de mujer, la situación se vuelve insufrible. Todo ello queda fenomenalmente rematado cuando la mujer que responde a ese nombre es tan fría, tan reflexiva, tan prudente y tan discreta, tan cauta y reservada como lo es ella. Tan es así, que jamás escapará de sus ojos, creo yo, ni un atisbo con el que me desvele lo que siente.

Pero no, que no tiene nada que sentir. No ha de sentir nada porque yo... No es posible. Me resisto a creerlo. Las dudas me asaltan. Que siento algo, eso es seguro. La presión en el pecho no es invención mía. Las dudas residen en qué siento y en cómo lo siento. La carretera, sin embargo, no se me revela como una buena disipadora de dudas. El frío de la ventanilla, el runrún de la música en la radio y las caras adormecidas de quienes viajan en los coches que adelantamos no me dan respuestas ni consiguen que yo no las pida. Juro que esta vez es diferente. Lo juro. Aunque no sé en qué modo. Y mucho me temo que esta incertidumbre solamente podrá acabar cuando vuelva a tenerla frente a mí. Pero para ello tendré que esperar algún mes que otro.

13 abr 2009

Doce meses.

Quizá un sábado por la noche en un bar no fuese el mejor momento para que ella contase su historia. Una historia que le hizo parecer la mujer más alegre sobre la tierra, pero que ahora se vuelve en su contra, mostrando su lado más desgraciado. Tuvo la felicidad al alcance de su mano, representada en una persona de carne y hueso. Pero hoy, a cientos de kilómetros de distancia, esa felicidad se torna sufrimiento e impotencia. Y parece exagerado pensar en que, ante esta situación, se prefiera no tenerlo a tenerlo tan lejos.

Pero no, ella no se arrepiente de nada. Sabe que, tras doce largos meses, volverá a verlo en la cita anual que este año los ha juntado. Está convencida de que, aunque la espera sea larga y dolorosa, compensará todo el tiempo perdido. Que sí, que puede que las cosas cambien mucho en tan largo tiempo, pero la esencia siempre se mantiene. Ha de saber que la distancia no es el olvido –menudo topicazo–, sino que el problema está en dejar pasar el tiempo, en dejar que todo se apague. El verdadero enemigo es la pereza, la dejadez, la comodidad. Hay que pelear por ello. Los obstáculos no se superan a menos que se intente y se ponga empeño en salvarlos.

Con el brillo de quien guarda la esperanza en los ojos, fue sincerándose ante su oyente, intentando imponerse al ruido de la música y las voces. Yo, realista por naturaleza, ejercí de optimista por primera vez en mi vida. Y descubrí que el serlo no mata a nadie.