19 nov 2010

La vida tiene prisa

Da la impresión de que estoy estancado. De que el tiempo pasa y de que sigo igual. Igual que hace ¿tres? ¿cuatro años? La vida sigue, ¿pero yo? ¿Qué hago? Sigo con las mismas inquietudes, las mismas preocupaciones, las mismas motivaciones e idénticos sueños. Nunca hay novedades. Jamás, nada interesante, nada que contar. Indiferente, aburrido, mediocre. Insustancial.

Todo a mi alrededor cambia. Se agita, evoluciona, se desarrolla. Tentáculos que se alargan, aspiran a más, tocan el cielo. Se enredan, se equivocan, prosperan. Y yo en el centro. Sin importunar, porque nadie merece ser molestado. Sin imponerme, porque todo está bien así. Y si está bien así, ¿para qué cambiarlo?

La edad... Decir que me preocupa sería absurdo, pero aun en plena juventud ya puedo arrepentirme de haber perdido la oportunidad de hacer todas esas cosas que podría haber hecho. Hay tiempo, de acuerdo, pero todo el mundo... Está bien, no cabe comparación, pero lo que no puedo hacer es encerrarme en una burbuja. Sería absurdo. Vivo entre los tentáculos. Vivo entre la vida. Y la vida exige, la vida espera algo. Y está el futuro, y están todos los hilos de los que tengo que tirar. Y se espera que tire de todos, y aún no he tirado de ninguno. Y no me da la gana de tirar, y ya se acabará el tiempo, y si se acaba se acabó, y ya veremos qué pasa. Cada cosa a su tiempo, a ver. Que la vida tiene prisa. Pero yo no tengo ninguna intención de seguir su ritmo.

5 nov 2010

Puta conciencia impuntual

Se multiplican peligrosamente los momentos en que acto seguido de abrir la boca me arrepiento de lo que ha salido de ella, por el qué, cómo y a quién lo dirijo. Siempre me acuerdo de morderme la maldita lengua una vez que el mal está hecho, siempre después, y después ya es tarde. Lo peor de todo, en cambio, es que quien carga con todo ello no debería por qué hacerlo. Mis cambios de humor repentinos, tan característicos de mí y a la vez tan odiosos, los sufre él por el mero hecho de que es quien más tiempo pierde conmigo. Y así se lo pago.

Hago ver que todo es culpa de los demás, en especial de él, cuando en realidad el problema lo tengo yo conmigo mismo. Dejo en él, supongo, un sabor agrio y una sensación de enfado, que no se corresponde con la realidad. Cuando adquiero conciencia de mis propios defectos y de nuestro tan diverso modo de ser, no lo tolero, escurro el bulto y siempre acaba explotando en él, en sus escasos puntos negativos, que yo, como buen amigo que soy, tengo a bien hacérselos notar. Por desviar la atención, por esconder los míos. Pero no sólo siguen ahí, noche tras noche, manifestándose en mi cabeza al hacer balance. No sólo siguen ahí, sino que con mis actos se agravan.

En esos momentos, más de uno me habría mandado a la mierda. Yo mismo reconozco que no soportaría a alguien como yo. Pero él ahí sigue, ajeno a todo. Porque no se da cuenta o porque no quiere hacerlo. Porque él sabe que no soy tan frío, tan arrogante, tan despiadado. Porque quizá me conozca mejor de lo que pienso, y sabe que todo esto es el resultado de mis luchas internas. O, quizá, simplemente, porque la amistad está para soportar este tipo de cosas y otras mucho peores.

3 oct 2010

Pamplona, nunca

No conozco Pamplona. No, no sé nada de ella. Nunca he conocido a nadie, jamás he sabido de su gente. No he vivido, ni viviré en ella. No me he perdido entre sus calles, no me he tirado en ningún parque, no en los días de verano. Nunca, en los de invierno. Nunca.

No me gusta su centro. Ni pasear por él, ni dejarme llevar. Pamplona es fría y arrogante. Jamás he pegado la cabeza contra el cristal de una villavesa, viendo pasar luces y coches, y calles y gentes. Sus tiendas de siempre, sus bares en la Estafeta, no me gustan. Ni me gusta la Plaza del Castillo. Ni su navidad. Ni sus gigantes. Ni los toros, ni su plaza. Ni la belleza del otoño en el campus. Nada.

Pamplona no quiere. No sabe querer. No pregunta, no le interesa. Pamplona acoge, pero no agrada. Pamplona es Pamplona, son sus vecinos, nadie quiere saber nada, nada de fuera. No me gusta, tan pequeña. No tan cerrada. Una ciudad enana, un enorme pueblo. Y a nadie le gusta, pero todos se quedan.

No me gusta su vida propia. Sus momentos de tranquilidad, sus instantes de frenesí. Una ciudad que se llena en julio; que en agosto, desangelada, entristece. Que en septiembre la abarrotan quienes están de paso, por unos años. Que quizá se queden si encuentran a ese alguien. Que aunque se vayan se llevan consigo un trocito de ella. Aunque Pamplona no enamora, no encandila, no seduce. Nunca gusta. A mí, no.

Nunca la he querido, jamás la he odiado. No la he echado de menos, nunca he dicho que quisiese huir de ella. Nunca he experimentado ese olor a frío que dicen que tiene, jamás me han mojado las tormentas que en verano la riegan. Jamás he abierto una ventana a la primavera. Nunca se me ha congelado la nariz, no he visto amanecer, nunca el sol esconderse tras Echauri. Nunca me ha sobrevenido una madrugada de julio en la calle. Jamás.

Nunca, porque nunca lo he conocido. Porque jamás lo he sabido. Porque nadie sabrá nunca que en ningún momento supe si Pamplona forma parte de mí, o si soy yo quien forma parte de ella.

And we’ll sing nana...

2 sept 2010

La grandeza de lo pequeño

¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?

Muriel Barbery, La elegancia del erizo.

31 ago 2010

Los artífices de las noches de verano

Me sorprende que pueda quererlos tanto. ¿Me sorprende? Bueno, es extraño, apenas los veo durante todo el año, y sin embargo... No sé. Sin embargo es como si todos los meses de invierno no existiesen, no importasen. Como si la vida fuesen julios y agostos que se suceden en el tiempo, como si nuestras existencias en ese frío intermedio no tuviesen relevancia alguna. Siempre llega el verano y siempre están ahí, sin pedir explicaciones, como si nada. Endulzando aún más los mejores meses del año. Para luego despedirse con un “hasta luego”, con la misma sencillez con que nos reciben. Y eso los hace tan especiales... Cómo no voy a tenerles este cariño. La confianza absoluta, la convivencia casi permanente, la naturalidad de quien parece que no deja de verse en invierno, todo ello hace que el verano valga un poquito más la pena. Y hace de mi pequeño paraíso turolense lo que verdaderamente es. Un paraíso.

30 ago 2010

Tormenta de verano

El cielo lleva un tiempo sin ser cielo. Está pesado, como sin fuerzas, como tonto. Calor agobiante que adormece el espíritu veraniego; naturaleza oscura que pide, desde el silencio, una tregua. Viento portentoso que avisa, que precede, pregonero inequívoco de lo que la negrura hace evidente. Los pájaros se agitan, inquietos, en el aire. Es un momento de máxima belleza, pues lo triste es bello, y lo bello entristece. Exponente del poder de los cielos, de la fuerza de las aguas. Un silencio turbador, la naturaleza está alerta. El hombre es pequeño, insignificante, deleznable. Se encoge ante la magnificencia. Momentos de expectación hasta el primer estruendo que todo lo rasga, hasta el primer fogonazo que todo lo alcanza. Entonces, lo sospechado. En forma de cortina de agua, en forma de vida. Y, después, el resurgir.

13 jul 2010

Después de un siglo o dos

Se encontraron después de mucho, mucho tiempo sin hablar. Sabían los dos que llegaría el día de volver a verse, de pedir explicaciones, y temían por la reacción del otro. La pereza había ido enfriando lo que prometieron mantener vivo y ambos se creían culpables de aquello. Tenían miedo, miedo a recriminarse mutuamente lo que les había pasado, miedo a enfadarse, a llorar de rabia. Miedo al reencuentro.

Fue de noche, al aire libre. Y sucedió como las cosas que se planifican sin querer, pero que después se quieren sin planificar. Se vieron desde lejos, mil dudas en la cabeza. Se vieron y echaron a correr, se precipitaron al encuentro. Diría que uno de ellos temblaba un poco, habría que fijarse mucho para verlo, pero temblaba.

Pese a que habían pensado varias formas de encarar el momento, no se dijeron nada. Llegaron uno frente a otro y sin siquiera mirarse, sin adivinar las intenciones del otro, la intuición les dijo que lo mejor era abrazarse y permanecer en silencio unos minutos. Y así lo hicieron. Con mucha fuerza, era lo que tocaba.

Perdóname, le dijo. Por favor, perdóname, soy una descuidada. Lo que no vio, quizá oyó, fue que a él le resbalaba una lágrima por la cara y que se le humedecía la nariz. Déjalo, dijo él. No hay nada que perdonar, pensó luego.

La estampa de los dos resultaba un tanto absurda. Lo digo yo, que estaba por allí. Aunque supongo que poco les importaba el ridículo en ese instante.

Perdóname, insistía ella.


Por ti lo haría mil veces.
Jaled Hosseini, Cometas en el cielo.

3 jul 2010

Supongo

Supongo que llego tarde. Supongo que mal y supongo que es mi culpa. Supongo que podría hacerlo mejor, que podría esforzarme y que esta absurda sensación de soledad me la merezco. Las suposiciones son inciertas, pero no infundadas. Nada ni nadie en concreto me ha plantado un cartel delante de las narices haciéndomelo ver, ni de lejos explicándome el cómo y el por qué, pero no hace falta ser un genio para darse cuenta de que fallas, de que sobras, de que hay días en los que más valdría no haber aparecido. Me gustaría gritar, reclamar explicaciones, zarandear al primero que pasa y pedirle cuentas. Pero nadie me hará ver mis puntos débiles, y ojalá lo hiciesen. Nadie me dará la clave, la estúpida clave para no fallar, para triunfar, para que cada relación establecida no se vaya a pique. Para no estirar, para no quedarme corto. El punto, el tope, la justa medida. Supongo que eso se aprende. Y supongo, cómo no, que a mí me cuesta más que al resto.

24 jun 2010

Un idealista

A Martín Marco le preocupa el problema social. No tiene ideas muy claras sobre nada, pero le preocupa el problema social.

–Eso de que haya pobres y ricos –dice a veces– está mal; es mejor que seamos todos iguales, ni muy pobres ni muy ricos, todos un término medio. A la humanidad hay que reformarla. Debería nombrarse una comisión de sabios que se encargase de modificar la humanidad. Al principio se ocuparían de pequeñas cosas, enseñar el sistema métrico decimal a la gente, por ejemplo, y después, cuando se fuesen calentando, empezarían con las cosas más importantes y podrían hasta ordenar que se tirasen abajo las ciudades para hacerlas otra vez, todas iguales, con las calles bien rectas y calefacción en todas las casas. Resultaría un poco caro, pero en los bancos tiene que haber cuartos de sobra.

Camilo José Cela, La colmena.

7 jun 2010

Algo estúpido, como la nostalgia

Puedes viajar y adorar ciudades. Puedes visitar lugares fantásticos cuyos monumentos y gentes te cautivan y embelesan por completo. Puedes rendirte ante los encantos de cualquier ciudad, lamentándote de que la tuya no los tenga y deseando encontrar el momento de dejarlo todo para empezar allí una nueva vida que imaginas perfecta. Pero cuando tus anhelos se ven de pronto realizados y de golpe y porrazo te hayas viviendo en aquel lugar soñado, te expones a que, como en mi caso, te ahogue la decepción y una extraña sensación de desamparo.

Es entonces cuando, súbitamente, te sorprendes contando los días que quedan para coger el tren de vuelta a casa y cuando las horas parecen tan interminables que descubres una facilidad admirable para dormir y conseguir que el tiempo vuele.

La añoranza del calor de tu familia, la extrañeza de las calles que pisas, la falta de protección que te proporcionarían las caras conocidas y un hasta entonces nunca conocido amor a la patria (chauvinisme, que dicen aquí los amigos franceses) te hacen ver con claridad que lo que llamas "hogar", allá donde verdaderamente encuentras tu lugar en el mundo, no está donde llevas tu vida, por mucho que siempre hayas deseado que sea una adorable capital europea. Tu hogar está donde encuentres a esas personas que hacen de tu vida lo que es en realidad. Está donde puedas recorrer las calles que han sentido miles de veces las huellas de tus zapatos. Está donde dejaste a la gente que tanto quieres y que nunca debiste dejar.

Nunca pensé que diría esto, pero, en fin. Pamplona, te echo de menos.