2 sept 2010

La grandeza de lo pequeño

¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?

Muriel Barbery, La elegancia del erizo.

31 ago 2010

Los artífices de las noches de verano

Me sorprende que pueda quererlos tanto. ¿Me sorprende? Bueno, es extraño, apenas los veo durante todo el año, y sin embargo... No sé. Sin embargo es como si todos los meses de invierno no existiesen, no importasen. Como si la vida fuesen julios y agostos que se suceden en el tiempo, como si nuestras existencias en ese frío intermedio no tuviesen relevancia alguna. Siempre llega el verano y siempre están ahí, sin pedir explicaciones, como si nada. Endulzando aún más los mejores meses del año. Para luego despedirse con un “hasta luego”, con la misma sencillez con que nos reciben. Y eso los hace tan especiales... Cómo no voy a tenerles este cariño. La confianza absoluta, la convivencia casi permanente, la naturalidad de quien parece que no deja de verse en invierno, todo ello hace que el verano valga un poquito más la pena. Y hace de mi pequeño paraíso turolense lo que verdaderamente es. Un paraíso.

30 ago 2010

Tormenta de verano

El cielo lleva un tiempo sin ser cielo. Está pesado, como sin fuerzas, como tonto. Calor agobiante que adormece el espíritu veraniego; naturaleza oscura que pide, desde el silencio, una tregua. Viento portentoso que avisa, que precede, pregonero inequívoco de lo que la negrura hace evidente. Los pájaros se agitan, inquietos, en el aire. Es un momento de máxima belleza, pues lo triste es bello, y lo bello entristece. Exponente del poder de los cielos, de la fuerza de las aguas. Un silencio turbador, la naturaleza está alerta. El hombre es pequeño, insignificante, deleznable. Se encoge ante la magnificencia. Momentos de expectación hasta el primer estruendo que todo lo rasga, hasta el primer fogonazo que todo lo alcanza. Entonces, lo sospechado. En forma de cortina de agua, en forma de vida. Y, después, el resurgir.

13 jul 2010

Después de un siglo o dos

Se encontraron después de mucho, mucho tiempo sin hablar. Sabían los dos que llegaría el día de volver a verse, de pedir explicaciones, y temían por la reacción del otro. La pereza había ido enfriando lo que prometieron mantener vivo y ambos se creían culpables de aquello. Tenían miedo, miedo a recriminarse mutuamente lo que les había pasado, miedo a enfadarse, a llorar de rabia. Miedo al reencuentro.

Fue de noche, al aire libre. Y sucedió como las cosas que se planifican sin querer, pero que después se quieren sin planificar. Se vieron desde lejos, mil dudas en la cabeza. Se vieron y echaron a correr, se precipitaron al encuentro. Diría que uno de ellos temblaba un poco, habría que fijarse mucho para verlo, pero temblaba.

Pese a que habían pensado varias formas de encarar el momento, no se dijeron nada. Llegaron uno frente a otro y sin siquiera mirarse, sin adivinar las intenciones del otro, la intuición les dijo que lo mejor era abrazarse y permanecer en silencio unos minutos. Y así lo hicieron. Con mucha fuerza, era lo que tocaba.

Perdóname, le dijo. Por favor, perdóname, soy una descuidada. Lo que no vio, quizá oyó, fue que a él le resbalaba una lágrima por la cara y que se le humedecía la nariz. Déjalo, dijo él. No hay nada que perdonar, pensó luego.

La estampa de los dos resultaba un tanto absurda. Lo digo yo, que estaba por allí. Aunque supongo que poco les importaba el ridículo en ese instante.

Perdóname, insistía ella.


Por ti lo haría mil veces.
Jaled Hosseini, Cometas en el cielo.

3 jul 2010

Supongo

Supongo que llego tarde. Supongo que mal y supongo que es mi culpa. Supongo que podría hacerlo mejor, que podría esforzarme y que esta absurda sensación de soledad me la merezco. Las suposiciones son inciertas, pero no infundadas. Nada ni nadie en concreto me ha plantado un cartel delante de las narices haciéndomelo ver, ni de lejos explicándome el cómo y el por qué, pero no hace falta ser un genio para darse cuenta de que fallas, de que sobras, de que hay días en los que más valdría no haber aparecido. Me gustaría gritar, reclamar explicaciones, zarandear al primero que pasa y pedirle cuentas. Pero nadie me hará ver mis puntos débiles, y ojalá lo hiciesen. Nadie me dará la clave, la estúpida clave para no fallar, para triunfar, para que cada relación establecida no se vaya a pique. Para no estirar, para no quedarme corto. El punto, el tope, la justa medida. Supongo que eso se aprende. Y supongo, cómo no, que a mí me cuesta más que al resto.

24 jun 2010

Un idealista

A Martín Marco le preocupa el problema social. No tiene ideas muy claras sobre nada, pero le preocupa el problema social.

–Eso de que haya pobres y ricos –dice a veces– está mal; es mejor que seamos todos iguales, ni muy pobres ni muy ricos, todos un término medio. A la humanidad hay que reformarla. Debería nombrarse una comisión de sabios que se encargase de modificar la humanidad. Al principio se ocuparían de pequeñas cosas, enseñar el sistema métrico decimal a la gente, por ejemplo, y después, cuando se fuesen calentando, empezarían con las cosas más importantes y podrían hasta ordenar que se tirasen abajo las ciudades para hacerlas otra vez, todas iguales, con las calles bien rectas y calefacción en todas las casas. Resultaría un poco caro, pero en los bancos tiene que haber cuartos de sobra.

Camilo José Cela, La colmena.

7 jun 2010

Algo estúpido, como la nostalgia

Puedes viajar y adorar ciudades. Puedes visitar lugares fantásticos cuyos monumentos y gentes te cautivan y embelesan por completo. Puedes rendirte ante los encantos de cualquier ciudad, lamentándote de que la tuya no los tenga y deseando encontrar el momento de dejarlo todo para empezar allí una nueva vida que imaginas perfecta. Pero cuando tus anhelos se ven de pronto realizados y de golpe y porrazo te hayas viviendo en aquel lugar soñado, te expones a que, como en mi caso, te ahogue la decepción y una extraña sensación de desamparo.

Es entonces cuando, súbitamente, te sorprendes contando los días que quedan para coger el tren de vuelta a casa y cuando las horas parecen tan interminables que descubres una facilidad admirable para dormir y conseguir que el tiempo vuele.

La añoranza del calor de tu familia, la extrañeza de las calles que pisas, la falta de protección que te proporcionarían las caras conocidas y un hasta entonces nunca conocido amor a la patria (chauvinisme, que dicen aquí los amigos franceses) te hacen ver con claridad que lo que llamas "hogar", allá donde verdaderamente encuentras tu lugar en el mundo, no está donde llevas tu vida, por mucho que siempre hayas deseado que sea una adorable capital europea. Tu hogar está donde encuentres a esas personas que hacen de tu vida lo que es en realidad. Está donde puedas recorrer las calles que han sentido miles de veces las huellas de tus zapatos. Está donde dejaste a la gente que tanto quieres y que nunca debiste dejar.

Nunca pensé que diría esto, pero, en fin. Pamplona, te echo de menos.

26 may 2010

Cae el telón

Cae el telón, y con él el trabajo de todo un año. No trabajo arduo, pero trabajo a fin de cuentas. Cae el telón, todo acaba. Decorados, vestuario, todo se guarda, se devuelve o se tira. Ya no volverán a dar vida a la vida. Es un fin, el año que viene será distinto. Personajes que quedan en el cajón y guiones que aguardan en la memoria pero que, con el tiempo, desaparecerán incluso del mapa del recuerdo.

Cae el telón y ¿qué queda? Queda más de lo que se puede imaginar. El trabajo es efímero, de acuerdo. Una buena tarde parece que llega el tope. Se cierra el grifo, pero desde que se abrió ha dado ese grifo más cosas buenas de las que se pueden imaginar. El trabajo hace compañeros, pero el tiempo hace amigos. Mañanas y tardes perdidas (¿perdidas?) con gente que, en el fondo, busca lo mismo que tú. Busca una meta, busca un arte. Busca un ofrecer a los demás aquello que puede dar. Sin esperar nada a cambio. Algún halago, cierto piropo. Un grito espontáneo de un sector del público. Busca una reacción en los demás, y esa reacción la encuentra.

Pero, sobre todo, esa gente busca risas. Diversión, alegría. Ilusiones. Y la ilusión lo llena todo.

16 may 2010

Inmortales

RICARDO- [...] Somos corazones con freno; a fuerza de saber que ellos latirán siempre, tenemos la impresión de que no laten ya. En realidad, es como si no tuviéramos corazón. Somos unos absurdos en pie. El ser más despreciable del mundo es más feliz que cualquiera de nosotros.

Enrique Jardiel Poncela, Cuatro corazones con freno y marcha atrás.