22 ene. 2010

Pamplona huele a frío

Mi ciudad huele distinto en invierno. No sabría cómo explicarlo, pero Pamplona tiene un olor característico cuando hace frío, un olor que me encanta, un olor misterioso. Porque es algo que no se encuentra en ninguna otra ciudad. Es único. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, indescriptible.

Pamplona en invierno huele distinto. Distinto a cualquier otra estación y distinto a cualquier otro lugar del mundo. Y ello hace que mi ciudad sea tan fascinante en esta época. Acaba siendo odiosa, de acuerdo, pero todo tiene su lado bueno. Incluso el invierno. Y el lado bueno de Pamplona, ese encanto que la hace distinta, es la sensación, el olor que acompaña al frío.

En invierno, Pamplona huele distinto. Me gusta pasear por el centro un día cualquiera de frío, de frío intenso. Muy abrigado, pero sintiendo el frío en la punta de las orejas. Y respirar. Respirar profundamente por la nariz y sentir el aire helado dentro de mí. Un picor que me recorre desde la nariz y se pierde en cualquier punto de mis pulmones. Y sentirme vivo.

Y si no he tenido suficiente, a la hora de la cena siempre asomo la cabeza por la ventana de la cocina. Y miro, y pienso en qué estará sucediendo en cada una de las ventanas iluminadas, en quién conducirá cada uno de los minúsculos coches. Y aspiro, para que ese extraño olor penetre y me taladre la cabeza. Ese olor que no huele. Ese olor a frío.