14 sept. 2015

La ropa doblada

Son casi las diez. Tengo que poner la lavadora o se me hará tarde. Hay que ver lo pronto que se llena cuando hay ropa de los dos. Mañana estará seca, la doblaré y la dejaré apilada en cualquier sitio, como siempre. No soporto el caos, aunque con el tuyo suelo hacer deliciosas excepciones. Hoy no tengo mucha hambre, una preocupación menos. Así no cocino, tú siempre te pides algo. No sé cómo consigues que la casa siempre huela a tu perfume. No es grande, lo justo para dos. Pero aún así es un olor tan profundo que es como si me abrazaras a cada instante. Alguien va a tener que bajar la basura. El cubo es tan pequeño que te tengo que pedir que la bajes casi a diario. Y no has recogido el chocolate en la nevera. Sabes que lo haré yo. Con una fingida mirada de resignación. Con un cariño inmenso en los ojos. Como cuando me acabo las miguitas de los cereales porque no te gustan. Está bien, nunca lo he hecho. Pero la próxima vez lo hago, te lo prometo. Me encantan las miguitas. Pero para eso tenemos que desayunar juntos. Lo peor es cuando voy al trabajo. Aún está por llegar el día en que no te escriba a los diez minutos de salir de casa. Mañana lo intentaré, pero no creo que lo consiga.

Solo que mañana nadie responderá al teléfono. Nadie bajará la basura. Nadie se dejará el chocolate fuera de la nevera. Vendrás, y te llevarás tu ropa doblada, y tu perfume, y tu delicioso caos.

Me pediste que volviera a escribir y lo he hecho. Pídeme lo que quieras.