13 jul. 2010

Después de un siglo o dos

Se encontraron después de mucho, mucho tiempo sin hablar. Sabían los dos que llegaría el día de volver a verse, de pedir explicaciones, y temían por la reacción del otro. La pereza había ido enfriando lo que prometieron mantener vivo y ambos se creían culpables de aquello. Tenían miedo, miedo a recriminarse mutuamente lo que les había pasado, miedo a enfadarse, a llorar de rabia. Miedo al reencuentro.

Fue de noche, al aire libre. Y sucedió como las cosas que se planifican sin querer, pero que después se quieren sin planificar. Se vieron desde lejos, mil dudas en la cabeza. Se vieron y echaron a correr, se precipitaron al encuentro. Diría que uno de ellos temblaba un poco, habría que fijarse mucho para verlo, pero temblaba.

Pese a que habían pensado varias formas de encarar el momento, no se dijeron nada. Llegaron uno frente a otro y sin siquiera mirarse, sin adivinar las intenciones del otro, la intuición les dijo que lo mejor era abrazarse y permanecer en silencio unos minutos. Y así lo hicieron. Con mucha fuerza, era lo que tocaba.

Perdóname, le dijo. Por favor, perdóname, soy una descuidada. Lo que no vio, quizá oyó, fue que a él le resbalaba una lágrima por la cara y que se le humedecía la nariz. Déjalo, dijo él. No hay nada que perdonar, pensó luego.

La estampa de los dos resultaba un tanto absurda. Lo digo yo, que estaba por allí. Aunque supongo que poco les importaba el ridículo en ese instante.

Perdóname, insistía ella.


Por ti lo haría mil veces.
Jaled Hosseini, Cometas en el cielo.

3 jul. 2010

Supongo

Supongo que llego tarde. Supongo que mal y supongo que es mi culpa. Supongo que podría hacerlo mejor, que podría esforzarme y que esta absurda sensación de soledad me la merezco. Las suposiciones son inciertas, pero no infundadas. Nada ni nadie en concreto me ha plantado un cartel delante de las narices haciéndomelo ver, ni de lejos explicándome el cómo y el por qué, pero no hace falta ser un genio para darse cuenta de que fallas, de que sobras, de que hay días en los que más valdría no haber aparecido. Me gustaría gritar, reclamar explicaciones, zarandear al primero que pasa y pedirle cuentas. Pero nadie me hará ver mis puntos débiles, y ojalá lo hiciesen. Nadie me dará la clave, la estúpida clave para no fallar, para triunfar, para que cada relación establecida no se vaya a pique. Para no estirar, para no quedarme corto. El punto, el tope, la justa medida. Supongo que eso se aprende. Y supongo, cómo no, que a mí me cuesta más que al resto.