24 dic. 2011

Y entre el caos de repente

Apareciste. Y pusiste orden. Y diste luz. Y trajiste calma. Y me fuiste conquistando. Con tu cuerpo menudo, tu sonrisa, tus manos y tus perlas. Entraste de pronto, ocupando poco a poco el hueco que en mi cabeza invadía la negrura. La fuiste expulsando, me fuiste distrayendo. Y ahora has inundado todo. Solo oigo tu risa, eterna, perfecta. Ya no necesito más, ya nada más me hace feliz. Solo quiero vagar a la deriva por el mar de tu pelo, suave, tan suave. Oír cuando me hablas y que me tiemblen las piernas. Sentir cuando llegas porque huele como a miel. Olvidar los problemas, y el tiempo, y las prisas. Pensar a cada hora, a cada minuto, a cada minúsculo segundo en ti, como si fuera a morir, como si deseara tener grabados tus rasgos por siempre en la retina.

Entraste como remedio y te quedas como enfermedad. Dulce y adictiva enfermedad.

20 dic. 2011

La mora roja de pizquitas

Otra vez, te vas. Pero esta vez no es como las demás. Esta vez se cierra una caja de pandora, una bomba que nos ha explotado sin querer, que nos ha dado a los dos en la cara y que me ha dejado con un palmo de narices. Se cierra una etapa convulsa, molesta, quién sabe si es para siempre o se trata solamente de una tregua. Quién sabe si, después de haber puesto todo de nuestra parte, habremos conseguido finalmente echar las siete llaves y arrojar la jaula al mar. Quién sabe si ojalá.

Seguramente era necesario. Es posible que estuviese ya escrito. Había de pasar, y probablemente hayamos salido reforzados, mejorados. Al menos yo. He aprendido a quererte y a merecer tu cariño. He intentado borrar mis defectos, limar los engranajes y engrasar cada tuerca, sin dejar de ser yo mismo. Y estoy feliz con el resultado. Sé que no puedo exigirte más que al resto, sería absurdo hacerlo. Porque yo te conocí a ti, con tus nombres y apellidos, con tu historia y tus defectos, con tu vida y con tus obras. Es así como me ganaste, y así será como debes seguir siendo.

Y me da igual si no te acuerdas de que mi favorita es la mora roja de pizquitas, y si nunca sabes cómo se llaman mis amigas. Me da igual porque cada uno es como es, a ver, y cada uno quiere a su manera. Y yo sé que me quieres, y si no me quieres qué más da, que yo si lo hago, y te quiero, pero me quiero más a mí, y existo, y soy, y soy feliz. Y es la risa tuya cuando hago una tontada la que me ayuda a luchar contra el monstruo este que tengo dentro.

8 dic. 2011

Treinta y tres

Tienes las orejas rojas. La punta, solo la punta. Me coges de la mano y me entra un escalofrío. Tus dedos parecen de hielo y yo pego un bote. Y tú te ríes. Te encanta hacerme rabiar. Y a mí me encanta hacer el payaso. Vamos andando, sin prisa, por la avenida. Tenemos mil cosas que hacer, y sin embargo... Ojalá el tiempo se congele. Como ese termómetro. Bajo cero. Tengo frío, pero caminaría durante horas. Al diablo las chimeneas. Agárrame fuerte del brazo, que despegamos. Sin prisa, nos mecemos, suspendidos en el aire. El viento corta nuestras caras, tu pelo rizado, precioso, de oro, se enreda sobre los tejados. Tienes vértigo, lo sé. Bajamos. No queda nadie. ¿Dónde está la gente? La ciudad está desierta. Ya pasa de medianoche. Como Cenicienta, dices. Como Cenicienta. Y te ríes, porque sabes que me sé el año de la película. Y yo hago como que me enfado. “No te rías de mí”, pero lo hago para que vuelvas a reírte, para ver tu boca, para oír tu voz. Empiezas a toser. No has traído nada para el cuello, eres una insensata, te digo. “Los cisnes lo llevan siempre al aire.” Tienes razón, pienso. Pero toma. Mi bufanda. “Huele a ti.” Sí, claro que huele a mí. Y ahora espero que huela a ti, que huela por siempre, que nunca se vaya.

Vas arrastrando mi bufanda. Mi bufanda de los dos.

20 nov. 2011

Lastres

Los seres humanos tenemos memoria, hasta aquí nada nuevo. Una de las tantas cosas que nos diferencian de los animales. Y, si me permitís, la memoria es la gran ventaja que nos hace fuertes. Podemos recordar, ahí es nada. Pero no quiero hablar de esto. Al menos no de manera general.

Las personas, utilizando la memoria, estamos llamados a acumular. Podemos coleccionar sin tener que renunciar a nada de lo adquirido previamente. ¿No es maravilloso? Acumulamos experiencias, recuerdos, amistades. Sobre todo amistades. Es propio de animales, por tanto, el no acumular, el decidir soltar, dejar escapar para dar entrada a una nueva. Experiencia, recuerdo, amistad. Especialmente amistad.

De estas premisas, entonces, deduciremos que quien suelta, quien deja pasar, quien, por vaya usted a saber qué ilógica razón, cambia de opinión, olvida y renuncia a un logro para iniciar la conquista de otras metas, quizá ande en algún modo errado. Buscar sustitutos no es la manera. Quizá necesite ayuda, quizá tengamos que hacerle ver que sí, que puede descubrir nuevos horizontes, que eso siempre beneficia, pero que lo pasado no es un lastre, no hay que cortar cuerdas, nada le impide volar. Sobre todo teniendo en cuenta que, en realidad y él lo sabe, acabará echando de menos al lastre de quien ahora se desembaraza.

Ah, y por si todavía tienes dudas, sí, esto va por ti. Probablemente no te des por aludido, hace ya tiempo que me oyes sin escucharme, que no quieres ver, que prefieres engañarte. Pero esperaré por siempre, incansable, con la mejor de las sonrisas, pues la paciencia todo lo alcanza.

Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. (Jn 15:13)

9 nov. 2011

Tomemos cartas en el asunto

Quinto y último ensayo para la asignatura de Claves del pensamiento actual, del profesor J. Nubiola.

Queridas Maite y María:
Sin duda sabéis –pues habríais de ser ciegas, sordas y tontas– que estamos en plena campaña electoral. Quizá sea más acertado decir que la campaña electoral nos invade a nosotros. Y en este escenario, a estas alturas, os pregunto a bocajarro: ¿seguís teniendo fe en la política? ¿No estáis desencantadas? La democracia se asienta sobre la confianza de los ciudadanos, y creo que a día de hoy esta confianza peligra. Peligra porque nos dan serios motivos para desconfiar. Sin nombrar al pecador, este domingo he leído en la prensa que cierto alto cargo disfraza datos relativos a la situación económica del país. Es utópico pedir transparencia absoluta, pero en lo relativo a economía, qué menos, ¿no os parece?
Atentamente, Daniel.

Queridos compañeros:
¿Fe? Dudo que aún exista esa palabra en el ámbito político. La confianza se está deteriorando poco a poco. Decepción es la palabra que más pronuncian los ciudadanos, indignados, cuando se les pregunta acerca de ello. Desilusión y desencanto es lo que sienten al imaginarse la gran variedad de promesas políticas que van cayendo en picado. Pero no olvides, querido Daniel, que, como en todo, no puede generalizarse. Siendo cierto que hay motivos para desconfiar y pedir transparencia, también es verdad que detrás de la imagen despiadada y desconcertante de aquellos que salen día tras día en los medios, existe gente honrada. Gente que en nada se parece a ellos y en los cuales es posible creer. Tener fe.
Atentamente, María.

Queridos amigos:
No creo que se trate todo de un tema de confianza. Yo creo que el verdadero problema deriva en que el pueblo no se siente representado. En una sociedad donde predomina el pluralismo político, vergüenza me da que solo tengan importancia dos partidos, ¿Qué ocurre con el resto de fuerzas? En vano sirve darle un voto si te sientes identificado con él, porque no va a tener ninguna trascendencia. Y aunque solo haya dos partidos tampoco nos sentimos representados puesto que se dedican a ponerse la zancadilla los unos a los otros. Y yo les diría: “si no puedes vencer al enemigo, únete a él”. Pero no nos escuchan, ni se dedican a hacer política. No necesitamos que nos digan lo que está mal, eso lo sabemos todos. Queremos escuchar soluciones, propuestas para mejorar, no los defectos. Queremos ver colaboración, trabajo en equipo, no individualismos. Queremos ver al partido, no al político. Parece que se ha perdido el verdadero fin de la política, tratar de mejorar el país.
Atentamente, Maite.

Mis queridas compañeras:
Aquí ha salido un tema interesante: el bipartidismo imperante que sólo busca la paja en el ojo ajeno. ¿Os habéis dado cuenta de que son capaces incluso de maquillar su ideología y traicionar sus principios al estilo “grouchiano” con tal de oponerse al otro? ¿Es un bipartidismo de izquierdas y derechas? Cada vez cuesta más distinguirlos, porque nadie defiende su posición aportando ideas congruentes. Ya nadie hace propuestas, más allá de las estrictamente necesarias. Lo que se lleva ahora es el insulto. El desprecio. El destacar lo mucho que gasta el contrario. ¿Debate político o pelea de chiquillos en el patio del colegio?
Atentamente, Daniel.

Queridos Maite y Daniel:
Lleváis razón, los políticos demuestran una doble moral tremenda. Lo que menos importa es el desarrollo del país. ¿Credibilidad? Nula. ¿Quién va a creer en algo que nunca llega? Que fijen objetivos ciertos: qué quieren alcanzar en cada área en el plazo de cuatro años y con qué personal. No me parece tan difícil. Lo que falla es el control de resultados. Un mayor control de resultados incentivaría mayor esfuerzo entre los políticos. Pero coincidiréis en que no hay control, hay descontrol. Un profundo descontrol que lleva a una lejanía cada vez más acentuada entre políticos y ciudadanos. Y es que lo que está pasando en España es insólito. Mientras el paro aumenta, muchos de nuestros políticos defienden sus sueldos vitalicios. Me parece de todo menos serio. Y la culpa, en parte, es de los ciudadanos que están adormilados. Que se levanten y protesten, que se quejen, eso es lo que hace falta. Una “levadura para elevar la masa”, que dice Hessel. Y no, amigos, no me sirven los indignados.
Atentamente, María.

29 oct. 2011

El folio en blanco

Cuarto ensayo para la asignatura de Claves del pensamiento actual, del profesor J. Nubiola.

Hoy, como viene siendo lamentablemente frecuente, me enfrento al temido folio en blanco. De amor, sexo y familia, me manda escribir Violante, “que en mi vida me he visto en tal aprieto”. Me vienen a la cabeza temas actuales, jugosos y un tanto viscerales. Violencia doméstica, estadísticas de divorcios, desapariciones de menores, sexo sin amor a cargo –en ocasiones– de nuestra ‘mujer pantera’. Sí, de seguro aquí hay filón.

Pero, ¿es posible? Quiero decir, ¿es posible que conceptos de belleza tal como el amor o la familia sugieran solamente temáticas tan desalentadoras? Por favor, seamos positivos. Love is a many-splendored thing, o eso dice la película. Y la familia siempre bien, gracias. Escribamos con y sobre la belleza, que para la desarmonía ya tenemos la realidad. Y no nos costará hacerlo, pongamos por ejemplo, sobre la familia si nos zambullimos de lleno en ella, si la contemplamos en su esencia, si la catamos sin mácula. No me refiero a su definición. El DRAE, en su característico estilo gélido y desapasionado, la reduce a un mero grupo de personas emparentadas entre sí. Nada más lejos. Me refiero a su sentido. A su función. A su fin. A la realidad asociada, que sobrepasa cualquier limitación léxica.

La familia. Qué palabrón. La familia es el hogar. Es el origen. Es la descripción más profunda de nuestros rasgos. Es la manifestación real del amor, el amor hecho personas. Personas que son una, personas que comparten desde lo más espiritual hasta lo puramente cotidiano. La familia perdona, la familia apoya, la familia quiere. La familia se quiere. Independientemente de su forma. La alegría de las familias numerosas, la intimidad y dedicación de aquellas con un solo hijo, ninguna es mejor que otra y todas son mejores que las demás.

En familia, las alegrías se comparten de una manera especial, mucho más profunda que en sociedad. Y es sabido que las alegrías compartidas son dobles. Los logros, ascensos laborales, buenas noticias, celebraciones importantes, todo aumenta como visto a través de una lupa en el círculo familiar. En el otro extremo, la familia supera las desgracias, como la pérdida de seres queridos, mediante el instrumento más fuerte: la compañía.

La familia es nuestro inicio, nuestra cuna. En ella nacemos y crecemos, nos educamos y forjamos nuestro carácter hasta que el pájaro abandona el nido. Y a ella, finalmente, volvemos si el pájaro se daña un ala, si no encuentra alimento o si ya no sabe hacia dónde volar, si la libertad se le ha hecho cuesta arriba. La puerta de la casa siempre está abierta al hijo pródigo, para el que se sacrifica el novillo cebado. Puede cambiar la ciudad, puede cambiar el mundo entero, pero si hay algo que permanece inalterable, si hay un refugio que siempre va a estar esperando, ese es la familia.

No se me escapa que no siempre es algo tan idílico. No ignoro que, en ocasiones, las familias se desmiembran, se atomizan y que las relaciones no son del todo cordiales. Sería ciego si no reconociera a mi alrededor familias que no se hablan, personas solas o sin descendencia, padres que reniegan de sus hijos. Pero ya avisaba al principio que hoy no iba a tratar de nada negativo. Me invade un espíritu optimista. En verdad, siempre soy optimista cuando pienso acerca de la familia. Quién sabe. Quizá sea que he tenido la mayor de las suertes en la lotería de la vida.

Burla burlando, ensuciado el folio en blanco.

11 oct. 2011

Silencio. Alba. Escarcha. Nudillos congelados que se esconden bajo las mangas.

El valor de la manzana

Tercer ensayo para la asignatura de Claves del pensamiento actual, del profesor J. Nubiola.

Venimos de vivir un acontecimiento que me obliga a plantearme si no seremos en verdad una panda de idiotas. Y me explico. Steve Jobs, magnate de la industria informática y cofundador de Apple, ha fallecido recientemente y el globo entero se declara «huérfano» mientras millones de admiradores lloran su ausencia congregados en las tiendas Apple de las principales ciudades del mundo. Podría decirse que es uno de los raros casos de fenómeno fan que no tienen como piedra angular un cantante, un actor u otra clase de personalidad mediática. No es mi intención, ni por casualidad, frivolizar con el fallecimiento de nadie, pero un suceso tan lamentable ha dado ocasión a que muchos reflexionemos sobre nuevas tecnologías, consumismo y diseño.

Quede claro desde el principio que no soy buen conocedor de la materia. No sé de sistemas operativos y demás palabros que si algún interlocutor trae a colación pido con humildad que se me expliquen. Y sé de buena tinta que mi situación es similar a la de una amplia mayoría de mis coetáneos. Sin embargo, está extendidísimo entre nosotros –no quisiera excluirme– el uso de dispositivos de toda clase, de dubitable utilidad, que se quedan viejos en dos o tres estaciones.

El caso de Apple es llamativo. Son conocidos los distintos modelos de ordenadores, tabletas, teléfonos móviles y reproductores de música que periódicamente la casa renueva con una utilidad exclusiva que deja obsoleta la anterior, nótese la ironía. Cientos de miles de usuarios, sabedores de que en unos meses existirá un modelo actualizado, no dudan en hacer cola para invertir en ocasiones lo equivalente al salario mínimo interprofesional –única fuente de ingresos mensuales de no pocos trabajadores– en un cacharrito nuevo.

Posiblemente algún entendido pueda reprocharme mi ignorancia, alegando la magnífica calidad y el sinfín de utilidades, pero de igual modo podrá hacerlo con el grueso de quienes tienen en su haber alguno de esos dispositivos. Es más, me atrevo a preguntarme si el usuario medio es capaz de sacarles partido y exprimir sus beneficios o, en cambio, los tienen todo el día entre manos para acabar utilizando las mismas facilidades, innecesarias en su mayoría. Me vienen a la cabeza septuagenarios en tiendas de telefonía, concretando que “yo solo lo quiero para llamar y que me llamen”. Para poco más se necesitan, me gustaría decirles. No obstante, seguimos comprando. ¿Por qué?

Digámoslo sin tapujos. Es el diseño. Es la moda. Es el poder. Son las ganas de enseñarlo. De lucir la manzanita. Ya no se lleva lo diferente. Ahora se lleva lo cool, que suele coincidir con lo que más cuesta. No compramos teléfonos, compramos accesorios, como quien compra bolsos o –compraba– sombreros. No compramos reproductores de música, compramos objetos de colección, y acabarán en un cajón muertos de risa en cuanto decida que ya es hora de invertir de nuevo, que ya voy dos modelos atrasado. Es el consumismo llevado al extremo. Ya no es comprar comida de marca, que las necesidades vitales cada uno las atiende como quiere. Ya no es ropa, que de igual modo es más o menos necesaria. Estamos hablando de lujo, de despilfarro, de la más vacía y aparente opulencia.

Como dice aquel, paren que me bajo.

2 oct. 2011

Y estoy harto

Segundo ensayo para la asignatura de Claves del pensamiento actual, del profesor J. Nubiola.

Estamos siendo bombardeados. Un bombardeo cíclico. Siempre los mismos argumentos, siempre la misma cantinela. El día de la marmota, desde que el mundo es mundo. “Los jóvenes no respetan nada.” Que si la juventud no es lo que era. Que si antes todo esto era impensable. Que si nos lo dan todo hecho. Que si una guerra es lo que nos hace falta.

Y, en parte, he de reconocer que a día de hoy tienen unas bases sólidas donde sustentar su afirmación. Irrupción de la llamada ‘generación ni-ni’. Indignados que pierden el norte y la credibilidad. Estadísticas bochornosas relativas al alcohol o al sexo. Etcétera. Pero, evidentemente y como en todas partes, hay de todo. Y se olvidan de apuntes importantes. Como, por ejemplo, que somos la generación que más universitarios va a soltar al mundo. ¿Es esto malo, como dicen? No lo creo. Los genios seguirán siendo genios y los patanes no prosperarán, por mucho título universitario que tengan. Nadie saldrá perjudicado. En cambio, los beneficios residen en que habrá genialidad y papanatismo de toda condición, con posibles o sin ellos, de nacimiento o alcanzados con el esfuerzo. Y la formación universitaria siempre limpia, fija y da esplendor, aun mínimamente. Olvidémonos del endemoniado prestigio social.

Pero no acaban ahí los logros de nuestra generación. Somos más críticos, pero mucho más tolerantes, hablando de política. Tenemos menos prejuicios racistas. Y más miedo al futuro del medio ambiente. Somos más conscientes de la proyección internacional de las relaciones. Sabemos idiomas. Nos atrevemos a emprender. Y todo ello a pesar de que la herencia que nos dejan invita a todo lo contrario.

Por ello no puedo sino decir que ya está bien. Y que estoy harto. Hastiado, aburrido, ahíto. Estoy harto porque desmoraliza. Sí, desmoraliza centrar tus esfuerzos en llegar a ser alguien de bien, en intentar ser merecedor del orgullo de tus mayores, para que una rápida generalización lo eche todo por la borda. Desmoraliza porque nadie da consejos. Todos dicen que tenemos que mejorar, en cambio nadie nos dirá cómo. Y eso desorienta. Y despierta un miedo al fracaso difícil de afrontar.

Puede sonar a tópico, a película americana, a filosofía barata, pero la solución empieza por que crean en nosotros. Deben confiar en nosotros. Quizá ya no tratemos a nuestros padres de usted, ni la relación con nuestros abuelos sea la distante y reverencial de hace cincuenta años. Pero no por ello hemos dejado de tener respeto por lo que importa. Tenemos nuestros valores, sabemos distinguir entre lo que nos mejora y lo que nos envilece. Y, qué demonios, tenemos la inocente ilusión de cambiar el mundo.



Realmente, que nuestros padres y abuelos se lamenten de la juventud de hoy día no me importa tanto. No. Porque sé que es ley de vida. Que yo, con cuarenta años más, probablemente suelte con verdadero convencimiento todas aquellas frases que ahora tanto me irritan. Pero ahora toca rebelarse.

21 sept. 2011

Mi nombre es Daniel

Primer ensayo para la asignatura de Claves del pensamiento actual, del profesor J. Nubiola.

Mi nombre es Daniel. El nombre no dice nada de la persona. Con el nombre no sabes si una persona es alta o baja, simpática o biliosa, si le gusta la música o el deporte. En cambio, es algo que va a identificarla el resto de su vida. Así pues, es lo primero que debe señalarse en una presentación: mi nombre es Daniel. Después ya vendrá lo importante.

Tengo veinte años. Quiero decir que ya he vivido mucho, pero que no he vivido nada. He vivido mucho para poder decir: soy Daniel, tengo un lugar en el mundo. Pero no he vivido lo suficiente para poder hacer una buena retrospectiva, mirar atrás y hacer balance. Estoy en pañales. Yo sé que llegué aquí, fui cumpliendo con lo que se esperaba de mí y en ello sigo. He sido diligente en mis estudios, estoy orgulloso de mi familia y más aún de mis amigos, por cuanto a estos los he ido escogiendo con mimo y, considero, alta exigencia. Y ha sido en estos tres pilares donde he sustentado mis prioridades, donde he depositado mis mayores esfuerzos y esperanzas.

Podría hablar de cómo han transcurrido estos años. Podría decir que estudié en tal colegio de Pamplona, que sé tales idiomas o que he alcanzado tales logros. Podría enumerar fechas importantes de mi vida, lugares donde he vivido o personas con las que he tratado. Pero lo más interesante en una biografía no son los datos, sino la continuidad, la evolución. Preferiría hablar aquí de cómo se construye una personalidad, de cuáles son mis placeres, de cómo son mis valores. En definitiva, de lo que quiero y lo que odio, de lo que no cambia. Eso define a la persona, y es su mejor carta de presentación.

En primer lugar, no soy nada sin mis libros. Quizá no lea a grandes filósofos, ni haya leído a los mejores autores rusos. Quizá leo por leer, por la mera satisfacción de hacerlo, y quizá las enseñanzas sean, si no escasas, fútiles. Lo cierto es que siempre lo he encontrado placentero, desde sentirme un ciudadano Kane al comprar un carro de novelas con el que llenar un estante hasta terminar de consumirlas, pasando por datar y firmar cada ejemplar. Delibes me trajo grandes y tempranas satisfacciones, Hemingway me ha emocionado recientemente y Cela, inspirado. Sin mencionar el teatro, por el que siento fascinación, o el cine que ha llenado alguna que otra noche toledana.

Además, nadie puede presumir de conocerme si no está al tanto de mi afición por viajar y, muy especialmente, mi predilección por dos ciudades: París y Roma. Roma se conjuga en pasado, se disfruta en el presente y se proyecta a la eternidad. París es elegante, femenina, seductora. Bohemia. Chic. Y en las dos me siento como en casa.

Aunque lo que más sentido da a mi biografía, y a la de cualquiera, es con seguridad la gente. Las personas. Aquel abuelo con el que aprendí a leer, aquel profesor que descubrió mis habilidades, aquellos amigos que invierten en mí su áureo tiempo libre. Las personas marcan mi vida, quizá de manera más significativa por mi manera de ser. Mi carácter esquivo, meticuloso y desconfiado no me granjea la simpatía de muchos, por lo que paradójicamente tiendo a valorar en mayor medida mis relaciones. Aunque esto es ya harina de otro costal.

Esto es lo que puedo decir a día de hoy, tras haber vivido veinte años. Por ello no son sino vagas pinceladas. Al Autor le queda todavía mucho cuadro por delante.

22 may. 2011

Perdóname

Perdón. Perdón mil veces por mi manera de ser. No soy fácil, ya te has dado cuenta. Y no me gusta ser así, lo prometo, pero ya lo sabes, el carácter y tal.

Perdón por mi egoísmo. A veces te quiero solo para mí, o para nosotros, me repatea compartirte. Y quiero que siempre estés pendiente. Se me olvida que tienes vida más allá, y es lógico que no tengamos las mismas prioridades. Alguna vez he intentado decirte que sois lo primero, que es la primera vez que me ocurre. Pero que sea un tonto no acostumbrado no significa que tú también lo seas, ni me da derechos a exigir algo que no sale de forma natural. Perdóname.

Perdón por mi maldad. A tu lado más que nunca contrasta la maldad de la que soy capaz con tu pura bondad, con tu mera voluntad de hacer las cosas bien, de manera sencilla. Sin complicaciones, sin comerse la cabeza, sin pensar como yo en acaparar, en sobresalir, en fastidiar a los demás, en segundas intenciones. Eres transparente y yo oscuro. No eres malicioso y yo me afano en serlo. Prometo cambiar, pero te necesitaré. Perdóname.

Perdón por mi inocencia. Ya te he hablado mil veces de mi capacidad de ilusionarme. Y, por tanto, de mi alta probabilidad de llevarme decepciones y de pensar que, si las cosas se tuercen, es siempre por tu culpa. Lo que no puedo pretender es que todo suceda conforme a los castillos que mi cabeza construye sobre arena. Y sería un niño caprichoso si tú me dejases. No lo consientas, perdóname.

Y perdón por pagarlo contigo y con nadie más. No te merces esas caras, ni esas contestaciones. Yo no me soportaría. Siempre quiero estar con vosotros y, cuando lo consigo, soy de todo menos agradable. Nunca estoy satisfecho, nunca, y eso no debe de ser soportable. No puede serlo. Has estado cientos de veces en tu derecho de mandarme a la mierda y, sin embargo, no lo has hecho. Eso me da que pensar. Y, esta vez de verdad, me desvela que tengo que cambiar. Ayúdame.

4 may. 2011

Romance del prisionero

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.


Anónimo.

5 abr. 2011

1937

Por segundo año consecutivo, es un honor para mí decir que aquí podéis leer el relato ganador del Concurso de Relato Breve de la Universidad de Navarra de este año.

3 abr. 2011

Instrucciones para crear un lenguaje en clave

Versión en clave:

Tardimonamente, quería astrabar un señuzo perfimánico para sunear un corfinto trentuno de gorduejos asimenticios. No obstante, no pricilo que barinesar supone derengar en un quenato de corlo ferulido. Dasunto el montúsico, soliverlando sus comínados, sandro linuenado plomíticos cefros en rimántido ferruño. Sobra reandilear que gruantes brocistas han cantrinado por veleibrandes sin songar desí mis plánides ni las de los bendruentos. O ren.

Por tanto, barteémonos en disuento astrento de los gorduejos asimenticios. Lo más fridomante es grupilizar el gorduejo asimenticio en gorduejos antragonímicos. Así feiraremos con cifrunidad por el heruendo astema de la ñosiuelegía. Esto berredará los crimentidos tarios, paro puleará conforme frean noleando los dertos.

Después, gordiaremos el vesnio gorduejo para soturarlo de frengo casi hasta benitofarlo por los estolmos del feleidamiento. Que nadie se auspifie: no fortivearemos el sunto del jalindo. Además, es nesoable dicumuentar que el gorduejo asimenticio en ningún fuedo podrá sincricionilizar los gorduejos de Nabumbu. Lo dicomuento por las narísimas bafadas que podrían solcuvendar.

Por último, queda garicuentar los sufrintos derengos que las sílgides maribrionas babrintean casi hertuosamente. Con derringados ascuetos, podemos friculizar por cosidentramada la fasmoniosa gadurea de astrabar nuestro gorduejo asimenticio.



Versión en español: PRÓXIMAMENTE.








14 mar. 2011

Como una reina

Dibuja un verano. Imagínate una noche. Pongamos que estamos solos. En un banco. En un paseo, al borde del mar oscuro. Yo te invito a un helado, y lo pides de limón. Tú me das la mano. Yo te hago una foto y a ti te entra la risa. Te sienta bien el blanco. Me sientan bien tus ojos. Tus manos me hablan y tu cara, tu cara brilla y la luna te envidia. Estás radiante, morena, ligera. Y no callas, y no sabes cómo me gusta la canción de tu voz. Te lo digo y no me crees. Y yo te respondo que a esos ojos es imposible mentir. Sonríes, porque me conoces. Pestañeas y te callas. Y escondes tus dientes y frunces los labios. Y miras alrededor. La brisa salada te despeina, sé que no te gusta. Pero a mí sí y, en silencio, sonrío. Te apoyas en mi hombro y cierras los ojos. Yo te sujeto fuerte, muy fuerte por la cintura. Me cuentas otra vez aquella historia y te ríes mientras espantas una mosca. Silencio. Me gusta oírte suspirar, y bostezas. Más silencio. De pronto preguntas si soy tuyo. Me asombro. "Claro", te digo. Ya lo sabes. Y me miras con esa mirada blanca, inocente, impecable. Y, sin avisar, me abrazas. ¿Vamos a casa? Es tarde. Y tengo frío.

Mi jersey te queda enorme. Pareces una sirena.

20 feb. 2011

En la adversidad

Pensaba que el hombre que renuncia voluntariamente a la vida es simplemente por obcecado egoísmo, por haberse constituido absurdamente en eje y razón de la propia vitalidad del Universo.

Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada.

6 feb. 2011

Instrucciones para romper un plato

Si estás hasta las narices de oír "¿Ése? Ése no ha roto un plato en su vida, angelico...", quizá te interese esto que viene. Todos sabíamos que existían tantas formas de hacer una tortilla de patata como amas de casa en nuestro país, pero ¿alguien había investigado sobre las innumerables maneras de romper un plato? Pues sí. Yo mismo, sin ir más lejos. Ahí queda un muestrario de lo que mis profusas pesquisas han dado como frutos.
  • Cómetelo con patatas.
  • Úntalo en leche antes de comértelo con patatas. Estará más blando, ¡y mucho más nutritivo!
  • Mételo en la batidora. En puré está riquísimo.
  • Utiliza un cutter (las tijeras pueden no ser eficientes).
  • Acércate a las obras más cercanas y pide prestado un taladro. Mejor pide que lo hagan ellos, los taladros de obra pesan lo suyo.
  • Písale a tu hermano prepúbico, caso de tenerlo, y que chille. Si funciona con copas, ¿por qué no con platos?
  • Apunta desde la ventana a un blanco al azar e intenta darle en la cabeza. Se romperá igualmente si no le das, pero pierde su gracia.
  • Míralo seria y fijamente, como diciendo: aquí sólo hay sitio para uno de los dos.
  • Ponle gafas y llévalo a una clase de primaria. Los niños pueden ser muy crueles.
  • Somételo a una clase de Pensamiento político. Acabará practicándose él mismo la hendidura para no sufrir innecesariamente.
  • Exponlo a los factores naturales y espera a que la erosión haga su trabajo.

Si, utilizando cualquiera de los métodos señalados, no se consigue el propósito, que no cunda el pánico. Tarde o temprano el plato acabará rompiéndose. No son eternos.

http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2011/02/09/instrucciones-para-romper-un-plato/