30 mar. 2009

De tipografía y otras manías.

¿Por qué coño será que, aunque me empeñe en justificar absolutamente todo lo que escribo, es imposible que la primera línea de cada entrada aparezca alineada junto con las otras? ¿Se habrá propuesto Blogger –o quien quiera que sea el encargado de esto– acabar con mis manías tipográficas aun sabiendo que es imposible?

29 mar. 2009

Otra vida.

Se empeñaba en negarlo y él sabía que no se equivocaba. Ella no cesaba de insistir en que nada cambiaría, pero él era reticente a aceptarlo. Sabía que cambiaría por la sencilla razón de que no sería igual. Imposible. Otra ciudad y otra vida totalmente diferentes. ¿No eran motivos suficientes? Él era el primero que preferiría que no ocurriese y que la vida siguiera como si nada hubiese pasado, pero... No esperaba influir en su decisión, ni mucho menos. Ella se iba y él la animaba a hacerlo. La habría acompañado gustoso.

La gran ciudad la engulliría, pensaba él. Ni para bien ni para mal, pero se quedaría con ella. Ni la ciudad se resistirá a sus encantos, sería cuestión de tiempo. Y, de la misma manera, ella acabaría sucumbiendo a los encantos de la capital. Lo único que él podía pedir era que ella no olvidase su pasado. Que nunca borrase de su memoria a quienes compartieron su infancia con ella. A quienes la vieron en sus mejores momentos o en sus horas bajas. A quienes tanto la querían y a quienes ella también echaba en falta.

Lo único que podía pedir era que no tuviese que pedirlo.

28 mar. 2009

Paladeó el último pedacito para que su sabor permaneciese eternamente en su boca.

27 mar. 2009

Mira, por ahí se acerca...

Lo que a esto sigue es algo que escribí hace hoy algo más de un año. Hoy lo he rescatado y me apetecía compartirlo. Está escrito justo después de que mi por entonces profesora de lengua (a la que nunca llegué a querer) tuviese a bien suspenderme, junto con un amplio sector de la clase, el examen de redacción del que, habitualmente, tan contento salía. En esta ocasión, la susodicha recomendó estudiar de manera más o menos profunda características de los principales personajes de la Celestina, porque habían de sernos útiles a la hora de redactar.

Llegado el día del examen, exigió un texto puramente descriptivo de uno de ellos (el matiz del adverbio lo utilizó a toro pasado) y, como era previsible, echamos mano de la teoría. Dejando colar inevitablemente rasgos expositivos. La combinación no agradó, ni mucho menos, a la profesora que, en cambio, reconoció mi esfuerzo con un muy digno cuatro. Al llegar a casa, redacté estas líneas que hice llegar a mis compañeros. (En su día no obvié su nombre pero hoy lo haré, debido a lo traicionero que puede volverse Google.)


Mira, por ahí se acerca. ¿Es ella? Sí, debe de serlo, sin duda. Su pelo moreno, del que ciertas canas han sabido escapar al temido tinte azabache, es inconfundible. Siempre lo lleva dispuesto en el mismo peinado anticuado, un peinado que la hace parecer varios años mayor de lo que en verdad es y que ayuda a esconder parte de su difícil semblante. En su cara, las arrugas recuerdan tiempos pasados, sin duda encerrando cada una de ellas un desengaño, una decepción. Tras sus lentes, unos ojos negros como el carbón intentan contener el odio que profesa contra quién sabe qué, un odio que empuja desde hace ya mucho tiempo.

Su cara termina en una redondeada barbilla, a juego con la nariz, de la que se separa por una peculiar boca asimétrica. Sus gruesos labios suelen ir cubiertos por un carmín de color totalmente desfasado, y al entreabrirlos deja al descubierto una dentadura completa pero imperfecta, en la que los dientes forman huecos tan abisales que enmudecen a quien los observa. Afortunadamente, son raras las ocasiones en que ríe, ya que cualquier sentimiento de alegría es eclipsado por una honda tristeza que la acompaña y la envenena.

Sus movimientos suelen ser lentos y sosegados, y al caminar parece arrastrar el peso de algo que la sobrepasa con ese paso sereno. Amante del silencio y la quietud, su mirada sentencia y proclama sin necesidad de acompañar palabras. Es tranquila en el habla, y en escasas ocasiones eleva la voz por encima de la multitud. Su desapacible timbre de voz y su tono cansado podría revelar mucho de su pasado y de lo que la llevó a esa infelicidad.

Nadie sabe qué acaeció para que perdiese la alegría. Muchos aseguran que no se trata de un fenómeno concreto, sino de la acumulación de experiencias adversas. “Soledad”, “insatisfacción” y “fracaso” son palabras que lleva grabadas a fuego en la frente, y puedo asegurar que jamás he visto yo persona que, aun no diciendo nada, emane tanto sufrimiento. S. G. lleva tras de sí la peor de las derrotas: no saber asumir sus propias equivocaciones.

¿No querías texto descriptivo, S.? ¡Toma texto descriptivo!

18 mar. 2009

Érase una vez.

Lo que me dispongo a relatar ocurrió una vez, hace mucho tiempo, en un país muy lejano. El rey de Micomicón no podía olvidar las temibles guerras que habían azotado a su reino tiempo ha. Cada noche, a cada minuto que pasaba sentado en su trono, veníanle a su mente las fatalidades que no pudo evitar, los desastres que no previó, las catástrofes que sobrepasaron sus capacidades. Los más de los días afloraba en sus ojos el llanto. Cada lágrima contenía pequeños trocitos de su gran fracaso.

Por aquella época, el vecino país de Mangucián estaba reinado por un gran estratega que centraba sus esfuerzos en planear las defensas de sus tropas. Había mandado construir en sus aposentos una gran maqueta que representase fidelísimamente cada paraje de sus terrenos, de manera que ningún barranco se le escapase de sus planes por si la temible invasión llegase. Siempre al tanto de tener todo a punto, el rey de Mangucián gastaba sus horas en presagiar los movimientos del atacante y disponer un buen contraataque.

Sucedió que ambos reyes viéronse obligados a avistarse. El enlace del valeroso príncipe de Mangucián con la hermosa princesa de Micomicón llevó a ambos monarcas a entablar una relación que, sin duda, sería próspera para el porvenir de sus respectivos feudos.

Resta decir que el acuerdo entrambos jamás dio fruto alguno. Resultaba imposible que alguien como el rey de Micomicón diera por buenas las condiciones de alguien como el rey de Mangucián, y a la inversa. No por intereses personales, sino por incompatibilidad de caracteres.

Y es que bien es sabido que el equilibrio es la base de toda justicia. Y, en este caso, vivir el presente contrarresta la fijación por el pasado y la preocupación por el futuro.

15 mar. 2009

Entre el jazmín y el cantar de los jilgueros, su resuello parecía un eco borroso.

14 mar. 2009

Nostalgia.

Nostalgia. Una palabra. Una inocente combinación de letras. Cinco consonantes, un par de aes y alguna vocal más. No es especialmente musical; tampoco tiene por qué serlo. No es más que un conjunto de sonidos que hace referencia a un sentimiento.

Nostalgia. Un sentimiento. De los más dulces, pero de los más dolorosos. De los más contradictorios. Quizá el que te hace sentir mayor impotencia. El que te recuerda lo que fuiste, lo que eres y lo que no serás. Una especie de medicina que puede contagiarte fuerza, valor y espíritu, o puede achicarte, descomponerte y abatirte. Indómito, aunque predecible. En pequeñas dosis, aporta brevísimos instantes de pseudofelicidad. En grandes cantidades, ofusca el presente e idealiza el pasado. No necesita prescripción médica, pero su abuso es poco recomendable para el equilibrio emocional.

Y, a pesar de todo, te sigues dejando invadir por un cálido recuerdo que te conquista por los sentidos. A través del olor de aquella colonia que gastabas. De ese puñado de notas al piano que un día te pusieron la piel de gallina. De aquel Londres que te cautivó por completo. Día tras día. Viviendo y deseando que los japoneses inventen una máquina del tiempo. Pero yo no soy soñador. No. Qué va.

6 mar. 2009

Ojos que no ven...

¿Qué hacer cuando lo que ves no te gusta en absoluto? No lo intentes cambiar; simplemente, márchate.

Eso sí: pega un buen portazo al salir.