9 ago. 2008

De amor y celos.

TEODORO:
[...] Mas confieso que no entiendo
cómo puede ser que amor
venga a nacer de los celos,
pues que siempre fue su padre.

DIANA:
Porque esta dama, sospecho
que se agradaba de ver
este galán, sin deseo;
y viéndole ya empelado
en otro amor, con los celos
vino a amar y a desear.
¿Puede ser?

TEODORO:
Yo lo concedo. [...]

Lope de Vega, El perro del hortelano.

8 ago. 2008

Esa vocecilla interior.

“Tranquilo, que viene en seguida. Claro que sí, te dijo que vendría y no te mintió. Ya lo verás. Sólo es cuestión de unos minutos, ten paciencia. ¡Mírala! Ahí está. Y no estires tanto el cuello, que pareces tonto. Sí, ya sé que quieres verla. Pero si sigues llamando así la atención, la vas a espantar. Ahora, lo mejor es hacerse el despistado. Tú, como si no la hubieras visto. Eso es. Y ahora acércate, y sobre todo no la mires. Que no note que la buscas. Así. Ya está, ya viene hacia aquí. Ahora déjala hablar. Lo mejor es que dejes que hable ella, ya sabes que las mujeres hablan por los codos. Así es mejor, en realidad, porque no te da oportunidad a hablar a ti y fastidiarlo todo. Con lo nervioso que estás no dirías más que estupideces. Tú déjala hablar... ¡Y pon cara de escuchar! Ahora es cuando yo me largo... ¡Suerte!”



“¿No lo ves? Está loco por ti. Si no hay más que verle. Mira, mira cómo te busca, desde que has llegado. Seguro que lleva aquí un rato, esperando verte aparecer. Mira cómo levanta la cabeza. ¿No es graciosísimo? Y mira ahora. Cómo se le ha iluminado la cara cuando te ha visto llegar. Oh, ahora se hace el despistado y finge no haberte visto. Típico. Seguro que en nada se acercará y se hará el encontradizo. ¿Lo ves? Ya está por aquí. ¿Qué te dije? Anda, acércate y háblale. No seas tonta, si lo estás deseando... Eso es. Y, sobre todo, no empieces a hablar sin medida. Eso les espanta. Habla poco, así no dices sandeces, que estás nerviosa. Déjale hablar a él... No sé para qué te digo nada si nunca me haces caso. Eso, sigue hablando. En fin, creo que ya sobro por aquí...”

7 ago. 2008

El canalla del Melecio.

Sra. GREGORIA- Es lo que yo digo: que hay gente muy mala por el mundo...
Sr. ELOY- Muy mala, señora Gregoria.
Sra. GREGORIA- Y que a perro flaco to son pulgas.
Sr. ELOY- También.
Sr. FAUSTINO- Pero, al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ¿no cree usté?
Sr. ELOY- Eso, desde luego. Como que después de un día viene otro, y Dios aprieta, pero no ahoga.
Sr. FAUSTINO- ¡Ahí le duele! Claro que agua pasá no mueve molino, pero yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos y porque lo que uno no piensa se le ocurre al otro. Pero de casta le viene al galgo ser rabilargo: el padre de Melecio siempre ha sido de los de quítate tú pa ponerme yo, y de tal palo tal astilla, y genio y figura hasta la sepultura. Total: que el tal Melecio empezó a asomar la oreja, y yo a darme cuenta, porque por el humo se sabe dónde está el fuego.
Sr. ELOY-Que lo que ca uno vale a la cara le sale.
Sra. GREGORIA- Y que antes se pilla a un embustero que a un cojo.
Sr. FAUSTINO- Eso es. Y como no hay que olvidar que de fuera vendrá quien de casa te echará, yo me dije digo: “Hasta aquí hemos llegao; se acabó lo que se daba; tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe; ca uno en su casa y Dios en la de tos; y a mal tiempo buena cara y pa luego es tarde, que reirá mejor el que ría el último”.
Sra. GREGORIA- Y los malos ratos pásalos pronto.
Sr. FAUSTINO- ¡Cabal! Conque le abordé al Melecio porque los hombres hablando se entienden, y le dije: “Las cosas claras y el chocolate espeso; esto pasa de castaño oscuro, así que cruz y raya y tu por un lao y yo por otro; ahí te quedas, mundo amargo, y si te he visto no me acuerdo”. ¿Y qué le parece que hizo él?
Sr. ELOY- ¿El qué?
Sr. FAUSTINO- Pues contestarme con un refrán.
Sr. ELOY- ¿Que le contestó a usté con un refrán?
Sra. GREGORIA- ¡¡Con un refrán, señor Eloy!!
Sr. ELOY- ¡Ay, qué tío más cínico!
Sr. FAUSTINO- ¿Qué le parece?
Sra. GREGORIA- ¿Será sinvergüenza?
Sr. ELOY- Hombre, ese tío es un canalla capaz de tó.

Enrique Jardiel Poncela, Eloísa está debajo de un almendro.

5 ago. 2008

Rima XXXIX.

¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
es altanera y vana y caprichosa.
Antes que el sentimiento de su alma
brotará el agua de la estéril roca.

Sé que en su corazón, nido de sierpes,
no hay una fibra que al amor responda;
que es una estatua inanimada...; pero...
¡es tan hermosa!

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas.

4 ago. 2008

Era su momento.

Era de noche, como siempre que ocurren este tipo de cosas. Será que la luz del día nos ciega y no nos deja ver la magia de los momentos, pero cuando el sol se cubre con una manta de estrellas bordadas y los halos de magia que irradian ciertas situaciones irrepetibles se dejan ver, las personas se dejan embaucar por su belleza y su atractivo, dejando de lado la razón para entregarse por completo a seguir sus sentimientos.

Él llevaba tiempo queriendo estar a solas con ella. Ella, simplemente, no tenía plan para ese día. Él sentía vergüenza cada vez que cogía el teléfono para marcar su número. Ella pensó en él como recurso para matar una noche. Él no podía pensar en otra cosa que no fuese ella: tenía su sonrisa grabada a fuego en su mente. Ella lo llamó. Él casi se muere del susto. Ella propuso un plan que él aceptó de buen grado. Ella pensó: “Ya he apañado un poco la noche”. Él pensó: “Hoy es la mejor noche de mi vida”. Ella se arregló y él, con la emoción, olvidó hasta la colonia. Ella lo vio: qué bien le caía él. Él se derritió: ella es un ángel. Ella sintió algo: “Qué guapo está hoy.” Él no sabía qué hacer, y empezó a decir estupideces. Ella se reía, charlaba y se volvía a reír. Resultaba tan gracioso... Él llegó incluso a pasarlo mal. Quería quedar bien. Ella dudó: “¿Qué me está pasando?” Él dudó: “¿Qué siente ella?”

Se miraron a los ojos, como buscando respuestas el uno en el otro. Sentados en aquel banco, los minutos pasaban volando mientras que ellos, confusos, callaban y pensaban.

Entonces él no podía esperar más. Se moría por abrazarla. Ella no sabía por qué, pero necesitaba abrazarlo. No se dieron cuenta, pero aquel segundo llevaba para ellos un brillo mágico. Era SU momento. De ellos y de nadie más. Por fin había llegado el momento en el que, en lo que dura un suspiro, en lo que se cruza una mirada, se dieron cuenta de que lo que más deseaban era continuar abrazados durante el resto de sus vidas. Mientras el resto del mundo vivía ese momento como cualquier otro, para ellos fue el momento que cambió sus vidas.

Naturalmente, era una noche verano.

3 ago. 2008

¿Estudias o trabajas?

Día 21 04:00 Se me acerca una chica muy joven y atractiva. Con gran desenvoltura me pregunta si estudio o trabajo. Le respondo que, en realidad, no puede hacerse esta distinción, porque quien estudia aplicadamente, realiza el más importante de los trabajos (para el día de mañana), del mismo modo que, quien pone los cinco sentidos en su trabajo, algo nuevo aprende cada día. Sin duda satisfecha con mi respuesta, la chica se aleja a buen paso.

Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb.

2 ago. 2008

Fueron los ojos.

Pensad en un sitio en el que necesitéis la mayor intimidad del mundo. Ese sitio en el que no sólo disfrutáis de la soledad, sino que incluso sea totalmente necesaria. Todos tenemos ese sitio en el que reencontrarnos con nosotros mismos, reflexionar y permanecer en él diez minutos cada día. Un lugar en el que dejas de lado todo ruido externo para escuchar únicamente tu interior…

Vale, sí. Me refiero al váter. ¿Hay algo más íntimo que ese momento del día (que yo, afortunadamente, tengo perfectamente regulado como si un reloj suizo lo controlase) en el que te sientas a ver los minutos pasar? ¿No necesitáis total intimidad y soledad, o de lo contrario os incomodáis y no procedéis como es debido? Siento hablar de algo tan mundano, y estoy evitando en toda medida palabras explícitas, pero quiero compartir un sentimiento de desasosiego que me invadió por completo ayer tarde.

Una amiga tiene una casa. En esa casa hay un baño. En ese baño hay un váter. Pues bien, justo a su lado se encuentra una figura con dos enormes ojos que parecen vigilarte desde el mismo momento en el que los divisas desde el pasillo. Fueron esos desorbitados globos oculares los que me infundaron tal sentimiento de desasosiego que no pude desembarcar (utilizaría el eufemismo polinizar, pero aún no está lo suficientemente arraigado) a mi aire durante el día de ayer, por lo que mi humor pudo verse afectado notablemente. Lo siento, no fui yo. Fueron los ojos.