31 ago. 2010

Los artífices de las noches de verano

Me sorprende que pueda quererlos tanto. ¿Me sorprende? Bueno, es extraño, apenas los veo durante todo el año, y sin embargo... No sé. Sin embargo es como si todos los meses de invierno no existiesen, no importasen. Como si la vida fuesen julios y agostos que se suceden en el tiempo, como si nuestras existencias en ese frío intermedio no tuviesen relevancia alguna. Siempre llega el verano y siempre están ahí, sin pedir explicaciones, como si nada. Endulzando aún más los mejores meses del año. Para luego despedirse con un “hasta luego”, con la misma sencillez con que nos reciben. Y eso los hace tan especiales... Cómo no voy a tenerles este cariño. La confianza absoluta, la convivencia casi permanente, la naturalidad de quien parece que no deja de verse en invierno, todo ello hace que el verano valga un poquito más la pena. Y hace de mi pequeño paraíso turolense lo que verdaderamente es. Un paraíso.

30 ago. 2010

Tormenta de verano

El cielo lleva un tiempo sin ser cielo. Está pesado, como sin fuerzas, como tonto. Calor agobiante que adormece el espíritu veraniego; naturaleza oscura que pide, desde el silencio, una tregua. Viento portentoso que avisa, que precede, pregonero inequívoco de lo que la negrura hace evidente. Los pájaros se agitan, inquietos, en el aire. Es un momento de máxima belleza, pues lo triste es bello, y lo bello entristece. Exponente del poder de los cielos, de la fuerza de las aguas. Un silencio turbador, la naturaleza está alerta. El hombre es pequeño, insignificante, deleznable. Se encoge ante la magnificencia. Momentos de expectación hasta el primer estruendo que todo lo rasga, hasta el primer fogonazo que todo lo alcanza. Entonces, lo sospechado. En forma de cortina de agua, en forma de vida. Y, después, el resurgir.