16 feb. 2010

Instrucciones para dominar el mundo

Queridos coinstructores:
El tema que nos toca tratar esta vez me hace muy feliz. Desmesuradamente. En gran parte, porque no me va a resultar difícil redactar unas sencillas instrucciones para la dominación planetaria. El tema me viene como anillo al dedo, de modo que me he concedido el privilegio de presentar, en lugar de unas “Instrucciones para dominar el mundo”, unas “Instrucciones para que Dani domine el mundo”, mi más ansiado deseo desde que adquirí raciocinio.

Es una manía que me viene desde pequeño. Siempre fui un niño un tanto precoz, y al tiempo que mis compañeros jugaban inocentemente con los playmobil, yo los torturaba, sometía y hacía obedecer mis órdenes, las más de las veces sin éxito alguno. Y en ello radica, principalmente, que mis ansias no hayan sido aún saciadas.

Pero no temáis. Sospecho que, al fin, esta vez he triunfado. Me complace presentar urbi et orbi el que sin duda será el plan definitivo para que toda criatura no pueda ejecutar otra acción que la que yo ordene, acción que, como es de suponer, repercutirá en mi directo beneficio. Para algo soy el malo. Y aún digo más. No solamente someteré a toda criatura, sino que me reservo el derecho a crear a mi antojo cualquier espécimen que pueda serme de utilidad. O simplemente por diversión, está por ver.

Es probable que, con el tiempo, desarrolle una técnica que me permita observaros a todos, absurdos monos de feria, desde la lejanía, de modo que mi ángulo de visión pueda captaros minúsculos, más despreciables si cabe. Como un farandulero a sus fantoches y marionetas.

Por último, controlaré hasta vuestras relaciones. Amistosas, afectivas y sentimentales. No tendréis más remedio que querer a quien yo, por el poder que yo mismo me concedo, os designe. Miradlo por el lado positivo: así no os veréis en el apuro de pensar, tarea que sé que tanto os cuesta.

Y, ¿cómo llevaré a cabo todo esto? Muy sencillo. Sólo necesito tres cosas: un ordenador, los Sims y mucho tiempo libre.

Muy vuestro,
Daniel Mata, dominador a tiempo parcial.

1 feb. 2010

Historia de un adiós inopinado

Has dicho, a modo de despedida, unas palabras preciosas. Me has augurado éxito, me has dado fuerzas, me has llenado de esperanza. Me has hecho ver la suerte que tengo, mis capacidades, el calor de la gente que me rodea. Me has confesado el lugar preferente que ocupo en tu vida, y yo, en cambio, he guardado silencio mientras meditaba.

¿Por qué? Quiero decir, no tendría de qué quejarme. Todo parece tan perfecto, y sin embargo, ¿de qué me sirve si, después de eso, desapareces de aquí, sin decir nada más? Llegaste a mí en silencio, discreta. Y te vas como viniste, sin hacer ruido, de la noche a la mañana, por la puerta de atrás. Sin escándalos, sin espectáculos. Sola. Y eso es injusto.

Odio esta vida y sus estúpidas vueltas. Te da y te quita lo que tienes sin que puedas pedir reclamaciones a nadie. Todo pasa como un yoyó. O lo coges en el momento en que la vida te deja cogerlo y lo mantienes tanto tiempo como quiere que lo tengas, o dalo por perdido. Las oportunidades rara vez vuelven. Se tuercen y desvanecen, se diluyen en la negrura del cajón sin fondo. No hay nada inmutable. De eso ya no queda.

El caso es que yo cogí esa oportunidad. La tomé, y sin sospechar lo pronto que a esta vida le apetecería quitármela, disfruté de ella. Hasta que, sin tú ni yo esperarlo, de golpe y porrazo unas tristes frases anuncian el punto y final. Telón y ovación. Felicitaciones: ha sido todo un placer. Una bonita anécdota. Hasta otra, señorita.

No hace cinco meses que te he conocido. Van a hacer falta más de cinco siglos para que olvide haberlo hecho.