21 sept. 2009

Una ausencia notable

La echo de menos. Mucho. No soporto la idea de que sea septiembre, hayamos vuelto a nuestras clases, a la rutina, y que en ésta no aparezca ella. Tiene cierto aire devastador, si bien sé que es estúpido: no la he perdido. Sé que sigue ahí, a unos quinientos kilómetros de distancia, con las mismas costumbres, las mismas manías, la misma forma de ser. Que nunca cambiará y que la tendré aquí de vuelta, intacta, antes de lo que pienso. Pero al mismo tiempo pienso en que perdí la oportunidad de irme de aquí, de tenerla en mi día a día. Hay momentos en que, tomes la decisión que tomes, siempre sacrificas algo importante. Y eso no es justo.

Supongo que se me pasará con el tiempo. Me haré a la idea, por mucho que me fastidie. Aceptaré que no la voy a ver tan a menudo como antes. Pensar en ello me tranquiliza, pero a la vez me asusta. Me asusta pensar en que el tiempo pueda pasar demasiado deprisa y en que nos perdamos tantas cosas del otro que acabemos siendo un par de viejos conocidos. Mi amiga. Mi hermana. Con la que jamás he tenido un secreto, de la que nunca me he separado por mucho tiempo. Con ella he compartido horas de esfuerzo; también mis mejores momentos, mis mayores logros. Y los suyos. Muchas veces han sido conjuntos.

No. No quiero tener que recordarla como una amiga de la que poco supe cuando se fue. Qué odiosa imagen la de encontrarnos en unos años y solamente recordar anécdotas, sin mayor conversación. No puedo. No quiero. Si se estropea algo, que no sea por la distancia, por dejarlo pasar, por creerlo intocable. Haremos el esfuerzo ¿vale? Tú y yo sabemos que merece la pena.

16 sept. 2009

La goma

Amiga mía, el amor es como una goma elástica que dos seres mantienen tirantes, sujetándola con los dientes; un día, uno de los que tiraban se cansa, suelta, y la goma le da al otro en las narices.

Enrique Jardiel Poncela, Las cinco advertencias de Satanás.

15 sept. 2009

Ella

Su nombre en mi cabeza resuena como una melodía cautivadora. El mío en su boca se me enreda y me desarma. Su aroma penetra, me inmoviliza, oscuro, terrible. A solas la miro en silencio. La cuna de mis desvelos, pienso. Y es bella. Encantadora. Su viento me traspasa los oídos. Me habla, me grita. Me perfora, muy dulce, muy dulce. A veces, las menos, brisa tranquila; otras, huracán que me enloquece, me derrumba. Un auténtico mar embravecido, en las olas de su pelo. La veo bailar, veo llamas retorcerse ante mis ojos. Los suyos, infernales, el aliento de mi único deseo. A caballo entre la locura y la cordura, me transporta a través de las horas. Nívea porcelana. Jaula de cristal donde me encierro complacido. Pienso en ella de constante. En su cálida indiferencia. En su genio aborrecedor. En su humor caprichoso. Inconstante, incomprensible. Ella.

Pero... ¡es tan hermosa!

3 sept. 2009

Sueños

Sueños. Fantasías luminosas en la oscuridad de la noche. Imágenes borrosas una vez despierto. Vagos reflejos de lo más profundo del yo. Incluso de lo desconocido. Son el aporte delirante de aquello que la realidad no nos brinda. Una vía de escape a la cordura del sol. Una película sin guión. Efímera, pocas veces recordada. Un viaje imposible por lugares creados a capricho. En compañía de conocidos y desconocidos sacados de su contexto lógico. Irrealidad en estado puro.

Soñé. Y soñé con un vastísimo campo de trigo donde refugiarme de la soledad. Soñé con la sonrisa ingenua de un anciano, con un niño que ya lo había conocido todo. Soñé que no había amanecer hermoso, y que el dolor venía sólo si tú lo querías. Soñé con recuerdos que no iban acompañados de lágrimas, con besos que dejaban mal sabor. Soñé con una escalera a la Luna. Con un esclavo de la libertad. Con un adicto a la esperanza. Soñé que no había lugar para los soñadores. Y que los sueños se diluían, se perdían en el momento exacto en que intentabas recordarlos. Y que no se repetían.

Y soñé que soñaba...

1 sept. 2009

Tesoros estivales

Otoño había llegado y con él, la melancolía del
verano.
Facto Delafé y las flores azules, Letargo.

Y es que no lo puedo evitar. Soy melancólico por naturaleza. Y todos, incluido yo, sabemos lo perjudicial que resulta; muchas veces lo he comentado: el melancólico tiende a ofuscar el presente e idealizar el pasado. Pero es tan inevitable… y tan dulce.

Esta tendencia no es mala. Quiero decir objetivamente. Objetivamente no es mala. No es más que un vestigio de aquella felicidad que en un tiempo se tuvo. Y la felicidad siempre es agradable, eso no tiene vuelta de hoja.

Vengo de disfrutar del verano más corto de mi vida. No diré el mejor: mi cabeza, de estructura aún científica, no admite sino mediciones cuantitativas. Cada verano es diferente al anterior, pero lo cierto es que ninguno resulta prescindible. Entrado en septiembre y con tres meses a mis espaldas, ya me asalta esta maldita sensación de no haber exprimido al máximo cada segundo de las noches estivales. A punto de atravesar las puertas del otoño, me vienen a la cabeza las decenas y decenas de noches, todas diferentes, todas igualmente perfectas. No importa el lugar donde parase ni la compañía.

Noches por las calles de Pamplona, en las fiestas “sin igual”, con los encuentros más (in)esperados. Noches en la playa, de fuego, sal y magia. Noches hijaranas, rabineras, de charrada. Noches mediterráneas, delfines en la luna. Noches despistado. Noches de reencuentros, de despedidas. Noches irrepetibles. Todas ellas. No las cambiaría por nada.