30 dic. 2009

18 dic. 2009

Gente que necesita comprensión...

A writer writes not because he is educated but because he is driven by the need to communicate. Behind the need to communicate is the need to share. Behind the need to share is the need to be understood. The writer wants to be understood much more than he wants to be respected or praised or even loved. And that perhaps, is what makes him different from others.
Leo Calvin Rosten.

9 dic. 2009

Ella, otra vez ella

“¿Puedo creer que aquesto es verdad?”

Oscura, muy oscura. Turbia, casi opaca. Toda la belleza encerrada en su cuerpo, toda la dulzura concentrada. Auténtica esencia. Fuente incesante de dolor y de alivio. Los momentos a solas son un frenesí, un infierno de placer. Una especie de montaña rusa, con sus cosquilleos y sus ganas inagotables de gritar. Vuelvo a sentir aquel extraño picor cálido, que me envuelve al tenerla cerca. Terrible. Pero tan adorable. Me dejaría perder en la negrura de su pelo, en la palidez de sus manos, en la ternura de su gesto. Me dejaría perder aun a sabiendas de que no volvería. Me dejaría perder, si ella es quien me lleva.

Pero, ¿es en realidad ella? Claro. No sé, a veces cambia. Adopta distintos nombres, distintos cuerpos. Pero es ella, la misma. La que me desvela, me hipnotiza, me posee y me abrasa vivo. Y la que me encanta.

6 dic. 2009

Utopía

Ven, no tengas miedo. Vamos a vivir, pero a vivir de verdad. Olvídate del resto, de todo lo que te hizo sufrir. Eso ya no vuelve. Y olvida todo lo que pueda venir, no pienses en nada más. Vamos a volar. Aquí y ahora. No pienses en las consecuencias. Ya no existen. Lo que haya de venir, ya llegará. Pero hasta entonces… Ven, dame la mano. Va a ser muy fácil. Sólo tienes que dejarte llevar. El tiempo parará, no te preocupes. Sólo estamos tú y yo, y las ganas de hacer algo grande. Los demás, que miren si quieren.

17 nov. 2009

Pleno

Sí, me siento pleno. Porque empiezo a darle la vuelta a todo. Reforma integral. Y dejo de ver lo negro para ver lo blanco. Porque lo malo no es tan malo, y siempre puede ser peor. Porque en mi nueva vida he encontrado a esas nuevas personas que hacen que afronte cada nuevo día con ganas, con ilusión, con la certeza de que pueden hacer de él algo especial. Porque he entendido que el no ver a ciertas otras a diario se compensa con creces en los encuentros fortuitos. Porque empieza a gustarme esto de la vida, de sus pequeñas cosas, de las que te hacen sentir mejor. De esas que siempre están ahí para darle color al asunto. Detalles que alegran y que, en fin, son esencia. Minicápsulas de felicidad concentrada.

Necesitaba cambiar la banda sonora de mi vida. Y creo que lo he conseguido. Eso sí, intentaré que siempre sea de Yann Tiersen.

31 oct. 2009

Invierno, ¿infierno?

Gotas de lluvia resbalan incesantemente por los cristales. Una gruesa manta de lana envuelve mi cuerpo por completo, sin dejar aberturas. El viento me pone rojas las orejas. Los calcetines de rombos acaban picando al final del día. Mi prenda de abrigo. Un nesquick se templa en el microondas. Guantes protectores, volver a usar bufanda. Me encanta comprar ropa de invierno. Y libros. Que ya sea de noche, y sólo sean las seis. Me tranquiliza tanto ver caer la nieve, silenciosa, frenética. ¡Oh, un día de sol! Una cafetería acogedora donde recobrar la sensibilidad de los dedos. Cine francés para una melancólica tarde de domingo. Niños tan abrigados a los que sólo se les ven los ojos chapotean con sus botas en los charcos de la calle. Después de pasarme el día en pijama sin que nadie pueda decirme nada, me meto de nuevo en la cama, perdido entre tanta funda nórdica, escondido hasta más allá de la nariz. Antes de salir a la calle, coloco mi ropa en el radiador, para que esté lista al salir de la ducha. Tardes de familia y periódicos. Noche de reyes. Polvorones y mantecados y mil maravillas gastronómicas. Y, sobre todo, adiós, moscas, mosquitos y demás familiares y amigos.

Va a resultar que el invierno no es tan feo como lo pintan...

27 oct. 2009

Breves instrucciones para ser Vicky

Sean originales. Extraños, diferentes, raros. Como le quieran llamar. Salgan de la norma, dicho de otro modo. Tengan sus manías, sus peculiaridades. En el hablar, en el vestir, en el moverse. En sus gustos y aficiones. Etcétera. Inventen un lenguaje nuevo. Plagadito de apodos, claves, metáforas, de manera que nadie les comprenda. Casi nadie.

Sean despistados. Esto exige menos esfuerzo: resulta muy fácil perder algo, olvidar algo, evadirse de algo. No tan fácil para el no iniciado: cuesta adaptarse. Una vez adaptado, coser y cantar. Doy fe.

Sean perezosos. Todo aquello fuera del alcance del sofá, desconózcanlo. Óbvienlo. Carece de importancia y/o interés. En cuanto al esfuerzo personal, mientan. Pequeñas mentirijillas, nada serio, no alarmarse. Simplemente, digan que “este año sí que estudio” cuando no lo hacen. Por pereza, claro.

Sean únicas, irrepetibles, sorprendentes, inigualables. Sean Vicky.


Esperemos que la arriba nombrada haya sido un poco más precisa y benévola con el abajo firmante...
http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2009/10/27/breves-instrucciones-para-ser-dani/

24 oct. 2009

Faltas

Noto huecos. Horas vacías, sin sentido. Tiempo y dedicación que antes pedía la gente que me ha visto crecer. Es como si, de repente, al niño que tanto disfrutaba de su piruleta se la quitase la vida sin poder hacer nada por evitarlo. Me hacían tan feliz... Eran un refugio. Una fuente de confianza. Siempre he sido una persona cobarde, temerosa; y era el saber que día tras día, sin excepción, podría verles y hablarles lo que me consolaba y me infundía la seguridad que me ayudaba a seguir adelante, a combatir otros miedos y males. Una constante de mi vida que nunca me abandonaría.

Nunca me ha resultado fácil confiar ciegamente en alguien. Tampoco abrirme, siempre he sido muy suspicaz. La amistad se pierde muy fácilmente, pero se gana con sudor, y más en mi caso. Ahora me siento a la deriva, como si hubiese que volver a empezar después de todo el tiempo empleado. Perdido, como el niño. Y no es que mi nueva vida no sea plena: en ocasiones he manifestado lo radiante que me siento tras el cambio, en mi nuevo ambiente, entre mis nuevas circunstancias. Pero, cuando has tenido algo tan preciado, es difícil conformarse con premios de consolación.

Resulta gracioso. Antes de que todo esto ocurriera, viéndolo venir, siempre afirmé que merecía la pena esforzarse por conservar los tesoros que ahora veo perderse. Y, no obstante, ahora que lo vivo, me doy cuenta de lo imposible que se vuelve jugar a tantas bandas. Y ello me hace sentir tan nulo, tan incompetente...

12 oct. 2009

Perdedor

–Hay dos cosas en la vida que no puedes elegir, Ben. La primera son tus enemigos, La segunda, tu familia. A veces la diferencia entre unos y otra es difícil de apreciar, pero el tiempo te enseña que, al fin y al cabo, tus cartas siempre podrían haber sido peores. La vida, hijo mío, es como la primera partida de ajedrez. Cuando empiezas a entender cómo se mueven las piezas, ya has perdido.

Carlos Ruiz-Zafón, El Palacio de la Medianoche.

9 oct. 2009

De noche llega

De noche llega. La trae la luna, la negrura. La tranquilidad y la acumulación de acontecimientos del día. La inspiración llega acompañada del frío manto. Estoy convencido. Cuando por falta de luz no vemos claro aquello que está fuera de nosotros, es momento de mirarse dentro, de rebuscar. De encontrar lo más profundo, lo más extraño y lo más sorprendente. Y siempre, siempre se encuentra algo.

Es momento de abandonar lo diurno, lo banal, lo intrascendente. Se piensa en otro tipo de cosas, asuntos de almohada. Se hace balance. Amistad, amor, familia. Directo a la esencia de todo ello. L’essentiel est invisible pour les yeux. No así para el ojo de la mente. Todo se clarifica, se distingue. Me dirijo al centro, a lo verdaderamente importante. Y ahí contemplo.

Contemplo a los seres humanos, incomprensibles ellos. Sólo física, sólo química, dicen algunos. Conjunto de reacciones. Sí, ya. Y un pimiento. La complejidad llega a asustarme. La mía, mismamente. Mis actuaciones, mis palabras, mis cambios de humor. La lucha infatigable entre el deber y el querer, el ahora y el después, el yo y los demás. Somos engranajes perfectos pero emocionalmente desequilibrados. Incapaces de controlarnos. ¿Incapaces? Quizá no queramos.

Contemplo lo que nos hace humanos. Caridad, ayuda, comprensión, oportunidades. Lo que nos aleja. Intolerancia, prejuicios, rencor, envidia. Contemplo nuestras relaciones. Es preocupante lo difícil que resulta querer y lo poco que se tarda en despreciar. Extraña la facilidad de unos y lo mucho que les cuesta a otros hablar, reír, abrirse y entender al resto.

Contemplo las palabras, tan sencillas, tan precisas, tan bellas. Y a la vez tan vacías y huecas. Un arma de doble filo que se ajusta a cada persona según su objetivo.

Un retrato global de lo que nos afecta. Lo esencial de ese tipo de asuntos, pero también de los detalles. Sí, los detalles también tienen su esencia. Pequeñita, escondida, muchas veces despreciada. Son esos matices que, inconscientemente, nos afectan. Creemos no verlos, a veces es verdad que no los percibimos conscientemente, pero ahí están. Esculpiendo y modificando nuestra manera de ver nuestro mundo. ¿Ejemplos? El más bonito, una sonrisa.

De noche llega, estoy convencido. Pero con ella, el sueño. ¿Será momento de invertir mis horarios?

21 sept. 2009

Una ausencia notable

La echo de menos. Mucho. No soporto la idea de que sea septiembre, hayamos vuelto a nuestras clases, a la rutina, y que en ésta no aparezca ella. Tiene cierto aire devastador, si bien sé que es estúpido: no la he perdido. Sé que sigue ahí, a unos quinientos kilómetros de distancia, con las mismas costumbres, las mismas manías, la misma forma de ser. Que nunca cambiará y que la tendré aquí de vuelta, intacta, antes de lo que pienso. Pero al mismo tiempo pienso en que perdí la oportunidad de irme de aquí, de tenerla en mi día a día. Hay momentos en que, tomes la decisión que tomes, siempre sacrificas algo importante. Y eso no es justo.

Supongo que se me pasará con el tiempo. Me haré a la idea, por mucho que me fastidie. Aceptaré que no la voy a ver tan a menudo como antes. Pensar en ello me tranquiliza, pero a la vez me asusta. Me asusta pensar en que el tiempo pueda pasar demasiado deprisa y en que nos perdamos tantas cosas del otro que acabemos siendo un par de viejos conocidos. Mi amiga. Mi hermana. Con la que jamás he tenido un secreto, de la que nunca me he separado por mucho tiempo. Con ella he compartido horas de esfuerzo; también mis mejores momentos, mis mayores logros. Y los suyos. Muchas veces han sido conjuntos.

No. No quiero tener que recordarla como una amiga de la que poco supe cuando se fue. Qué odiosa imagen la de encontrarnos en unos años y solamente recordar anécdotas, sin mayor conversación. No puedo. No quiero. Si se estropea algo, que no sea por la distancia, por dejarlo pasar, por creerlo intocable. Haremos el esfuerzo ¿vale? Tú y yo sabemos que merece la pena.

16 sept. 2009

La goma

Amiga mía, el amor es como una goma elástica que dos seres mantienen tirantes, sujetándola con los dientes; un día, uno de los que tiraban se cansa, suelta, y la goma le da al otro en las narices.

Enrique Jardiel Poncela, Las cinco advertencias de Satanás.

15 sept. 2009

Ella

Su nombre en mi cabeza resuena como una melodía cautivadora. El mío en su boca se me enreda y me desarma. Su aroma penetra, me inmoviliza, oscuro, terrible. A solas la miro en silencio. La cuna de mis desvelos, pienso. Y es bella. Encantadora. Su viento me traspasa los oídos. Me habla, me grita. Me perfora, muy dulce, muy dulce. A veces, las menos, brisa tranquila; otras, huracán que me enloquece, me derrumba. Un auténtico mar embravecido, en las olas de su pelo. La veo bailar, veo llamas retorcerse ante mis ojos. Los suyos, infernales, el aliento de mi único deseo. A caballo entre la locura y la cordura, me transporta a través de las horas. Nívea porcelana. Jaula de cristal donde me encierro complacido. Pienso en ella de constante. En su cálida indiferencia. En su genio aborrecedor. En su humor caprichoso. Inconstante, incomprensible. Ella.

Pero... ¡es tan hermosa!

3 sept. 2009

Sueños

Sueños. Fantasías luminosas en la oscuridad de la noche. Imágenes borrosas una vez despierto. Vagos reflejos de lo más profundo del yo. Incluso de lo desconocido. Son el aporte delirante de aquello que la realidad no nos brinda. Una vía de escape a la cordura del sol. Una película sin guión. Efímera, pocas veces recordada. Un viaje imposible por lugares creados a capricho. En compañía de conocidos y desconocidos sacados de su contexto lógico. Irrealidad en estado puro.

Soñé. Y soñé con un vastísimo campo de trigo donde refugiarme de la soledad. Soñé con la sonrisa ingenua de un anciano, con un niño que ya lo había conocido todo. Soñé que no había amanecer hermoso, y que el dolor venía sólo si tú lo querías. Soñé con recuerdos que no iban acompañados de lágrimas, con besos que dejaban mal sabor. Soñé con una escalera a la Luna. Con un esclavo de la libertad. Con un adicto a la esperanza. Soñé que no había lugar para los soñadores. Y que los sueños se diluían, se perdían en el momento exacto en que intentabas recordarlos. Y que no se repetían.

Y soñé que soñaba...

1 sept. 2009

Tesoros estivales

Otoño había llegado y con él, la melancolía del
verano.
Facto Delafé y las flores azules, Letargo.

Y es que no lo puedo evitar. Soy melancólico por naturaleza. Y todos, incluido yo, sabemos lo perjudicial que resulta; muchas veces lo he comentado: el melancólico tiende a ofuscar el presente e idealizar el pasado. Pero es tan inevitable… y tan dulce.

Esta tendencia no es mala. Quiero decir objetivamente. Objetivamente no es mala. No es más que un vestigio de aquella felicidad que en un tiempo se tuvo. Y la felicidad siempre es agradable, eso no tiene vuelta de hoja.

Vengo de disfrutar del verano más corto de mi vida. No diré el mejor: mi cabeza, de estructura aún científica, no admite sino mediciones cuantitativas. Cada verano es diferente al anterior, pero lo cierto es que ninguno resulta prescindible. Entrado en septiembre y con tres meses a mis espaldas, ya me asalta esta maldita sensación de no haber exprimido al máximo cada segundo de las noches estivales. A punto de atravesar las puertas del otoño, me vienen a la cabeza las decenas y decenas de noches, todas diferentes, todas igualmente perfectas. No importa el lugar donde parase ni la compañía.

Noches por las calles de Pamplona, en las fiestas “sin igual”, con los encuentros más (in)esperados. Noches en la playa, de fuego, sal y magia. Noches hijaranas, rabineras, de charrada. Noches mediterráneas, delfines en la luna. Noches despistado. Noches de reencuentros, de despedidas. Noches irrepetibles. Todas ellas. No las cambiaría por nada.

31 ago. 2009

Desayunó. Miró el reloj. La cama aún conservaba el calor cuando volvió a deslizarse entre sus sábanas.

21 jul. 2009

Por siempre un niño

–Ils ne poursuivent rien du tout, dit l'aiguilleur. Ils dorment là-dedans, ou bien ils bâillent. Les enfants seuls écrasent leur nez contre les vitres.
–Les enfants seuls savent ce qu'ils cherchent, fit le petit prince. Ils perdent du temps pour une poupée de chiffons, et elle devient très importante, et si on la leur enlève, ils pleurent...
Antoine de Saint-Exupéry, Le petit prince.

No quiero caer en tópicos peterpanescos. No voy a decir que quiero ser por siempre un niño. No quiero desearlo porque espero serlo. Sí. O mucho cambian las cosas por aquí dentro, o nunca voy a dejar de ser uno de esos niños ingenuos que pierden el tiempo buscando y encontrando su paisaje desde el tren, su muñeca perfecta, su zorro domesticado, lo más importante para ellos. Espero que nada cambie mi manía de dedicarme a alguien, de convertirlo en algo para mí. Como esa rosa del cuento, igual a todas las demás. No dejaré que sea igual que el resto. En lugar de encontrarme con cien mil ‘algos’ iguales por el camino, perderé el tiempo con uno. Y el tiempo perdido lo hará especial. Una rosa, un zorro, una muñeca de trapo. Mis amigos, lo que me rodea, algo mío. Algo propio. Y es por eso que, si me lo quitan, si dejo de tenerlo, lloro como un niño. Y, ¿sabéis qué? Me encanta.

17 jul. 2009

Oda a un lugar

Nunca ha existido un lugar igual y poca gente tiene la fortuna de haberlo pisado. Se lo recomendaría a todo el mundo pero no se lo recomiendo a nadie. Quizá por egoísmo. No podría soportar que nadie estropease aquello. Ya sólo el jardín de mi casa es una especie de edén, apartado del mundanal ruido, como anhelaba el poeta. Nunca hubo despertar tan dulce como el que obligan los pajarillos apostados en las ramas frente a mi ventana. No hubo tan apacible desayuno como el de tomate de la huerta, a la sombra del pino, amenizado por el runrún de la acequia.

El frescor del interior de la casa supone un buen refugio en los largos días de agosto. Siempre a media luz, en el salón se mezcla el aroma de la albahaca de los jarrones con los restos de la chimenea, del último fuego en abril. Mi perfecto refugio para leer después de comer. En aquellos sillones he devorado desde Lope de Vega hasta Delibes, pasando por Galdós o Unamuno. Y aunque la bodega, bajo la casa, siempre me ha infundido respeto, mentiría si dijese que no me gusta ese aire enrarecido por el vino y el aceite.

El paseo desde la casa hasta el pueblo resulta delicioso. Es un placer caminar algunos minutos por el camino paralelo al río, entre chopos y laureles. Sólo queda cruzar el río y tirar algunas piedras hasta escuchar un ecoico “plof”, bajo el potente sol veraniego. Es reconfortante pasear por sus calles. A pesar de ciertas cuestas endiabladas, como la Abadía o Santa Ana, la tranquilidad reinante en el resto de calles y plazas compensa los esfuerzos. Los rinconces de Híjar huelen a pólvora, a tomillo. Suenan a tambor y a bombo, saben a huerta. En cada puerta me espera la sorpresa de encontrar a alguien con una sonrisa y un saludo para mí, para el forastero.

El día en que prefiero aislarme, siempre tengo la opción de subir al Carmen, la ermita de paredes encaladas que brilla desde lo alto, cercada por pinos piñoneros. En el camino hasta ella, mil flores en las jardineras hacen las veces del perfecto escaparate de todos los colores existentes. Un trago de agua fresca en la fuente y de vuelta a casa.

Y cuando la noche se cierne y llega la fresca, el paseo es inexcusable. Subir al Calvario o al Castillo deja de ser un tormento para convertirse en una travesía agradable y entretenida. La generosidad se personifica en las diversas tertulias de vecinos que se han echado a la calle con sus sillas para disfrutar del suave cierzo y, de paso, disfrutar de un buen vino o de un poco de queso. Las calles, silenciosas, dormitan esperando la madrugada, cuando son invadidas por olores a chusco y torta del horno de leña más cercano.

Adoro mi pequeño paraíso turolense.

2 jul. 2009

Hatajo de descerebrados

Hasta esta tarde no me había venido a la cabeza. No lo había pensado. Aunque no se me ha ocurrido a mí solito: me lo ha tenido que hacer ver la ingenua afortunada, como me gusta llamarla. Evidentemente, he disimulado. ¡No iba a dejar que pensase que jamás había caído en algo tan llamativo! La cosa es que, en referencia a esto del blog, me ha hablado de la vergüenza o la carencia de ella al hablar de lo que nos preocupa, de lo que sentimos o de aquello que pensamos de esta manera tan abierta.

Y es que es cierto. Parece que los dedos se nos van solitos, de tecla en tecla, expresando eso que tenemos guardado dentro de nosotros con mucha mayor facilidad que si las palabras saliesen por la boca. Por escrito nos atrevemos a contar aquello que no diríamos, a pesar de que sea más costoso en lo que a tiempo y empeño se refiere. Quizá perdamos la vergüenza en el momento en que ya no somos una cara y una voz, sino un puñado de cifras identificatorias y, con suerte, incluso algunas letras. Puede ser que nos sintamos protegidos por esa especie de escudo. O que una vez que publicamos algo, el escrito ya no nos pertenezca, ya no nos identifiquemos con ello (¿alienación?, ¡más no, por favor!).

Aunque es posible que nada de esto suceda, que simplemente seamos un hatajo de descerebrados sin pudor que no tiene vida interior, que al menor atisbo de sentimiento o reflexión agarramos un bolígrafo, una libreta, un lápiz, el móvil, la parte de dentro de los cartones de cereales (¿qué?, cada uno tiene su espacio...), seguros de encontrar en él una fuente de inspiración para escribir bien un pensamiento a bocajarro, bien una historia sin importancia donde nos desdoblamos en personajes ficticios con los que se nos hace más sencillo contar nuestras vivencias.

Quizá habría sido mejor no pensar en todo esto. Quién sabe si, a partir de hoy, no seguiré abriéndome de semejante modo.

30 jun. 2009

Noche fugaz

Noche de san Juan tumbados en la playa. En un rincón apartado, lejos del bullicio de la fiesta. Con su cabeza en el regazo, acaricia su pelo y la observa en silencio mientras ella le habla con la mirada fija en el reflejo de la luna sobre el oscuro mar. El murmullo de las olas enmudece la música y el ruido de los petardos. De vez en cuando, la efímera luz de tímidos fuegos de artificio rasga el oscuro velo que los cubre. Apenas escucha lo que le cuenta; el espectáculo que se le presenta ante sí lo abstrae por completo. No puede dejar de mirar los ojos azules que encierran como por arte de magia toda la luz de aquella noche mágica. La brisa marina mece los mechones claros con los que juega entre sus dedos. Se pasaría la vida viendo como se proyecta el fuego de las hogueras lejanas sobre su suave piel. Amparado por la penumbra, sonríe sin hacer ruido.

20 jun. 2009

¿Dónde quedan?

Dónde quedan esas noches, paseando sin chaqueta. Dónde queda aquella risa. Esa cara, aquella mueca. Dónde olvidaste los ojos que me buscaban sin tregua. Ese banco. Nuestro banco en el que nada nos inquieta. Tu calor, tu olor, tu sosiego y tu presencia. Esa paz que, en silencio, al mirarme me atraviesa. Dónde escondes la canción que a ti tanto me recuerda. Dónde el vestido amarillo que pensé “qué bien le sienta”. Y ese verso de Neruda que me ronda la cabeza. Dónde guardaste las horas, dónde las retienes presas sin poder salir siquiera a recordarme la tristeza que me asalta y me confunde al sentirte aquí, tan cerca. Al pensar que, en esos días, pude haberte hecho mi reina y te fuiste incluso antes de convertirte en princesa. Dónde tienes el recuerdo de lo que no fue y lo que era, lo que pudo ser seguro y lo que fue sólo una meta.

Esos días tan felices, dime, niña, ¿dónde quedan?

19 jun. 2009

Instrucciones para encontrar las llaves


Nombre: Llave.
Importancia: Grande tirando a vital.
Problemática: Pasmosa facilidad para ser perdida.

Análisis de la especie. Ubicación.
Nombre científico: Clavis clavem.
Tamaño: 0’06 metros de media (±0'03 m).
Material: Metales y aleaciones varias.
Hábitat natural: Cualquiera excepto su sitio.
Hábitat preferido: Debajo de cojines, camas y sofás.

Modo de vida. Gustos y Aficiones.
Reproducción: Nula.
Olor que deja en las manos al ser agarrada: Similar al de las monedas. No agradable.
Costumbres tróficas: Según parece, carece de alimentación.
Relaciones sociales: Muy fructuosas con otras de su especie. Algo efectivas con el género de los llaveros.
Nombre de agrupación: Manojo.
Subordinación: Positiva bajo dueños organizados. Nula bajo dueños despistados.
Hobby preferido: Jugar al escondite.

Ocupaciones.
Ocupación principal: Abrir y cerrar puertas.
Ocupaciones secundarias: Abrir cartas. Curar orzuelos. Hacer palanca, en ocasiones con peligro mortal (para más información acerca de riesgos laborales, consúltese la web del sindicato de llaves).
Trabajos no remunerados (por gusto): Trucos mágicos de desaparición. Locomoción incontrolable e involuntaria. Fiestas de disfraces. Viajes por tiempo indefinido.

Solución a la problemática planteada.
Sugerencias populares:
-Hacer llaves de colores llamativos (ejecutado sin éxito).
-Fabricar llaves mayores (poco práctico).
-Crear llaves con teléfonos móviles incorporados y llamar en caso de pérdida (menos práctico aún: seguro que se olvida el número).
-No utilizar llaves (se plantea la posibilidad de robo).
Solución final: No existe solución final.


En attendant mademoiselle Victoria...

Amistad a primera vista

Sorprende, ¿eh? Pues ocurrió de verdad. Al menos, eso cuenta la leyenda y así la transmite el sabio anciano. Sólo ha pasado una vez en la historia y les ocurrió a ellos. Ingenuos afortunados. Las palabras, tan perfectas y sublimes colocadas de tal o cual manera, no son eficaces para explicar debidamente lo que sintieron en ese microsegundo. Además, la historia suena tan hueca e irreal que cualquiera a quien se la cuentes podrá tomarte fácilmente por loco o por tonto.

Sin embargo, aseguran que es cierto, que bastó un cruce de miradas para entender que ya se habían contado todo. No necesitaron mediar una palabra. Es tan difícil de explicar... En cuestión de un instante, lo que tardaron en verse las caras, sintieron como si toda la vida la hubiesen pasado juntos, como si se conociesen desde niños.

Era cierto que no sabían nada el uno del otro, debían desentrañar las respectivas personalidades. Desde luego. Pero no dejarían pasar ni un minuto más. Ese vuelco les indicó que iban por el buen camino. Que pasase lo que pasase, hiciesen lo que hiciesen, acertarían. Que, aunque al descubrirse mutuamente encontrasen sorpresas o rarezas, en esencia se parecían tanto que dejarlo pasar sería desperdiciar una ocasión única.

No eran conscientes de lo afortunados que fueron. El entendimiento del ser humano no alcanza a entender este tipo de sucesos. Ni ellos mismos lo habrían comprendido si hubiesen sabido de ello con anterioridad. No obstante, sucedió. Tal cual.

Y la historia, según cuentan, aún no tiene final...

17 jun. 2009

Rima XXII

¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en la tierra
sobre el volcán la flor.

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas.

Declaro la guerra a...

El gremio de peluquería. Porque sí, por lo de siempre. Es absurdo dar razones. Esta es una guerra continua, el cuento de nunca acabar.

Hace tiempo lo sostuve y ahora me reafirmo. Las peluqueras deberían estar prohibidas por el código penal. O, cuando menos, reguladas.

7 jun. 2009

5 jun. 2009

No volverá a ocurrir

Fue un curso muy duro e intenso y esto le afectó personalmente. Demasiado perfeccionista, exigente y algo egocéntrico, las circunstancias de presión bajo las que vivió agriaron su carácter e hicieron nacer en él una especie de bipolaridad. Además, estos cambios de humor trajeron de la mano una especie de barrera protectora y de indiferencia temporal hacia lo demás. No entendía que sus relaciones personales no podían depender de si había empezado el día con buen pie o si éste se presentaba gris oscuro. Le costaba creer que el mundo no giraba a su alrededor y que los demás posiblemente no entendieran los motivos de su inestable comportamiento. En ocasiones, creaba una imagen antipática y amarga que para nada le correspondía. Otras veces, en cambio, podía ser el amigo más atento, comprensivo y agradable.

Ahora, desde la distancia, observa, hace balance, medita. Y se asombra. Se asombra de ver que no le han mandado a la mierda en las infinitas ocasiones en que pudieron hacerlo. Le resulta extraño que, a pesar de lo que han tenido que aguantar, no hayan dado media vuelta y lo hayan dejado tirado. Promete que no volverá a ocurrir, que nadie estará obligado a soportar malas caras, contestaciones o faltas de atención. Y agradece que le sea brindada esta segunda oportunidad.

30 may. 2009

De seguros y trajes antiguos

GRACIA.–Oye, ¿quién es este señor?
LETICIA.–Un especialista en trajes antiguos.
GRACIA.–¿Y a qué se dedica?
LETICIA.–Nunca se lo he preguntado.
GRACIA.–¿Ha venido a deciros cómo teníais que poneros los trajes antiguos?
LETICIA.–Ha venido a ver si Pepe le coloca en su compañía de seguros.
GRACIA.–Entonces, ¿vive de los seguros?
LETICIA.–No. Vive de los trajes antiguos.
GRACIA.–Es que, al parecer, no sabe una palabra de trajes antiguos.
LETICIA.–Por eso querrá colocarse en la compañía de seguros.
GRACIA.–¿No sabiendo de seguros?
LETICIA.–No sabiendo de trajes antiguos.
GRACIA.–Pero vamos a ver... Para colocarse en una compañía de seguros, ¿importa algo que no sepa nada de trajes antiguos?
LETICIA.–No... Pero ¿quieres decirme qué obstáculo hay para que, no sabiendo de trajes antiguos, se coloque en una compañía de seguros?
GRACIA.–¡Caramba! ¡Pues el que no sabía nada de seguros!
LETICIA.–¡Pero mujer, tampoco sabe nada de trajes antiguos!

Enrique Jardiel Poncela, Un marido de ida y vuelta.

24 may. 2009

Descubrimientos tardíos

Llevaban ahí toda la vida. Siempre a tu lado, siempre en silencio y sin sobresalir. Es muy probable que te acompañasen desde que tienes uso de razón, pero jamás habrías adivinado lo feliz que te podían hacer. Sucede como con aquellas personas a quienes ves con frecuencia y crees conocer sus facciones, pero un día te paras a escrutarlas minuciosamente hasta asombrarte al descubrir una cara diferente a aquella con la que de normal te encuentras. Siempre el conjunto y jamás el detalle. Pues bien, del mismo modo ocurre con esas personas que han vivido desde pequeñas a tu par, caminando cerca de ti pero nunca cruzándose en tu camino. En la vida te habías planteado que las quisieses ni que te quisieran. Nunca las has necesitado ni ellas habían solicitado tu ayuda. Y, de repente, una noche cualquiera en la que piensas en tu futuro y en tu pasado más que de costumbre, ves con claridad que os une un extraño afecto. Descubres que, aunque podrías haber pasado sin ellas, los tontos detalles y las pequeñeces del día a día han conseguido que esas personas te tengan en consideración. A ti, que de ningún modo creías merecerlo. Y el solo hecho de saberlo te hace sentir una felicidad, un arrope difícilmente descriptible. Es entonces cuando te arrepientes de no haberlo descubierto antes, sino ahora, tan cerca de una separación que a todas luces es irrevocable. Y es entonces cuando te falta el aire para dejar claro a voz en grito que tú también las quieres.

23 may. 2009

Instrucciones para sobrevivir a una reunión familiar

Puede parecer lo contrario, pero algo tan inofensivo como una reunión familiar puede resultar casi tan peligroso como un ascensor, una boa constrictor o un secador de pelo. Salvo que se incluya dentro del género de la tercera edad, una reunión de esta índole jamás podrá parecerle entrañable o jocosa. En caso de no pertenecer a ese sector de la población, es probable que precise de la Magnífica guía de supervivencia para reuniones familiares, marca ACME.

Un grupo de expertos de la Universidad de Minnesota ha colaborado en la redacción de este manual, en el cual han reflejado todas aquellas incómodas situaciones que pueden darse en estos eventos para que sepa cómo reaccionar en cada una de ellas y así salir airoso, así como propuestas para evadirse física o mentalmente en caso de necesidad.

He aquí breves selecciones del que será, sin duda, el manual de autoayuda de la temporada.

«Una vez efectuadas las salutaciones rutinarias con la familia cercana, se te acercarán acechantes todas aquellas tías segundas (o terceras) a las que afortunadamente hace años que no ves. Serán fácilmente reconocibles al ir embadurnadas en cremas antiarrugas y perfumes penetrantes, a lo que debe añadirse la densa capa de carmín que cubrirá sus labios. (...) Al mínimo indicio de su presencia, lo único que te aconsejamos es adelantar una de las piernas de que dispones hasta que el pie quede apoyado en el suelo, situación que te será favorable para ejecutar la misma acción con la otra pierna, avanzando de posición a intervalos de tiempo cada vez más reducido y en sentido opuesto a la localización las señoras en cuestión. Salir por patas, en términos familiares.»

«Abundarán comentarios similares a “¡Qué alto estás!” o “No te veía desde que llevabas pañales.”, que no tendrás más remedio que aguantar estoicamente. Si te encuentras en este apuro, tu mejor salida es una buena sonrisa a tiempo, aunque es posible que desencadene todo tipo de elogios hacia ella, con frases como “¡Si sonríe igual que su madre!” o “Es igualito a su padre cuando tenía su edad.” Estate preparado para lo peor.»

«Proponemos a continuación una serie de actividades para tu propio divertimento, cuyo único fin es que el tiempo pase más rápidamente en estas insostenibles ocasiones.
-En el momento de las presentaciones, maréese a las personas en edad senil con datos erróneos o equívocos, como edades inventadas o nombres traspuestos. Es interesante llevar a cabo esta actividad en compañía de uno o varios cómplices, para que la confusión infundida sea mayor.
-(Preferiblemente en ciudades pequeñas) Enumérense las referencias a muertes, entierros, velatorios, esquelas, exequias y tanatorios. Hágase una lista con el nombre de los diversos finados y de sus respectivos parentescos, y recuérdense cada media hora. Se trata de una actividad con la que ejercitar la memoria y, de paso, iniciarse en el mundo del chismorreo. (...) Inclúyanse en la conversación frases como “La tía Perpe será la próxima.” o “Habrá que ir desempolvando la corbata de seda negra, porque al tío Genaro le quedan dos telediarios.” Obsérvense las reacciones de los aludidos ahí presentes y, a ser posible, fotografíense sus caras.
-En el momento de la ingesta (damos por supuesto que toda reunión familiar se celebrará con un aperitivo, un piscolabis, un vermú, un refrigerio, un tentempié o sucedáneos), localícese al miembro de mayor edad en el grupo. Si no se dispone de su edad exacta, aventúrese una aproximada. Una vez localizado, llévese la cuenta del número de veces que lo ingerido escapa de la boca y aterriza bien en el regazo o bien en el escote del sujeto de ingestión. Si supera la veintena, considérese la posibilidad de destinar una pequeña condecoración para el divertido comensal.
»

El libro perfecto para regalar en cualquier ocasión. Nuestra sugerencia es acompañar la Magnífica guía de supervivencia para reuniones familiares con el Fabuloso traductor peluqueras-humanos, humanos-peluqueras y el best-seller ¿Qué fue de ‘La pajarería de Transilvania’?, en una edición de coleccionista que no puede dejar escapar.


20 may. 2009

Truenos. Lluvia insistente contra el cristal. Y su manta, el refugio más seguro.

9 may. 2009

El gusano y el reloj

Un día me contaron la historia de un gusanito que tenía su casa dentro de un gran reloj de pared. De esos que, tras una puerta de cristal, esconden un enorme péndulo dorado que pasa de un lado a otro sin descanso. Este gusanito era muy juguetón y su pasatiempo favorito era subirse sobre la lenteja de oro del reloj para pasar el tiempo de un lado a otro, de izquierda a derecha, continuamente. Se divertía mucho viendo pasar todo ante sus ojos, parar en lo más alto y volver a la carga para detenerse al otro lado.

Cuentan que por las tardes una fina línea separaba ambas partes del reloj. Una densa cortina provocaba que una de las mitades quedase bajo la calidez de los rayos del sol, mientras que la otra se volvía umbría y desapacible. El gusanito, que no era tonto, tenía claro que la parte más alegre de su infinitamente periódico trayecto era aquella en la que podía disfrutar de la luz del astro. Además, sabía a la perfección que, en el momento en el que pasaba a la parte tenebrosa, el juego perdía casi toda su gracia.

Al no sentirse capaz de correr la cortina por sí solo, la única solución para pasar el máximo tiempo posible en el que él llamaba “lado bueno” era saltar de aquel péndulo en movimiento. No obstante, sabía que su juego acabaría en el mismo instante en que decidiese abandonarlo. De manera que, aunque poco conseguiría, decidió que intentaría plantar cara a la manera en que el gran disco dirigía su propio movimiento. Pensó que, cuando éste pasase al “lado malo”, una vez que hubiese llegado a la cumbre donde la desolación era máxima, empujaría muy fuertemente al péndulo para que llegase cuanto antes al ansiado terreno bañado por Lorenzo. El gusanito sabía que sus esfuerzos no obtendrían sus frutos. Sin embargo, su actitud y su empeño consiguieron que nuestro amiguito creyese firmemente que el tiempo que dedicaba a impulsar la lenteja brillante pasaba más deprisa.

Porque pasar de la más honda tristeza a la más radiante felicidad no depende de nosotros, pero sólo podremos mirar hacia el lado más amable de la vida si nos lo proponemos y creemos en lo que hacemos.

7 may. 2009

Un muro de vidrio aislante

Te escribo desde el infierno de la indiferencia. Aún recuerdo con una sonrisa en los labios y un vuelco en las entrañas el momento en que mi absurda mirada y la tuya se juntaron de manera involuntaria, impredecible. Un reflejo que había movido algo en los dos. Durante eternidades fugaces fuimos cómplices y enemigos, confesores y confesantes, soportes y compañeros, un algo y un todo. No existía el pasado ni el presente, sino el aquí y el ahora, el hoy, el tú y el yo. El tiempo no pasaba para nosotros, aunque sí por nosotros. Mudamos. Mudaste, que yo no. Mi ingenuidad intacta como el primer día no consiguió apreciarlo hasta que fue demasiado tarde, pero cambiaste. No lo digo con rencor, sino con un deje de arrepentimiento y no poco de impotencia. Por circunstancias externas e influencias desastrosas, algo acaeció que hizo que tu carácter se volviese más impenetrable y misterioso. Demasiado. Te distanciaste. Comenzaste a despreocuparte por todo lo que no tenía una relación directa contigo. Hasta que la frialdad no empezó a aflorar en tu gesto, jamás llegué a atisbar lo que en tu interior iba creándose, el monstruo que había nacido y que crecía a un ritmo lento pero imparable. Dejaste de ser tú, y con ello dejaste de ser yo. Dejaste de llenar ese espacio que para ti había reservado dentro de mí y tuve que entrar para arrancar de cuajo ese rótulo donde habías escrito “prohibido el paso”. Empezaste a convertirte en una especie de pelele. Un maniquí de rasgos espantosos y actitud inmutable. Ya no te interesabas por mí ni por nadie. Yo, en cambio, siempre me preocupé por ti, ¿sabes? Desde que constaté con preocupación que te perdía a cada instante, hice lo imposible por encontrar entre las cada vez más escasas palabras que de tu boca escapaban una explicación a tan irracional falta de atención. No obstante, tú no me escuchaste, no me escuchas. Empiezo a preguntarme si alguna vez lo hiciste. Parece como si entre tú y yo existiera un muro de vidrio aislante que evita cualquier posibilidad de contacto entre los dos. Me recuerdas a un maniquí que alguien ha colocado en un escaparate. Y desde este asfixiante averno de indiferencia te suplico que desde tu lado del cristal contemples el mundo exterior con esa expresión inhumana que puebla tus ojos. Quizás de esta manera puedas ver lo que está siendo de mí y destroces las cadenas que te impiden ver más allá de la punta de tu irresistible nariz.

30 abr. 2009

Hoy...

Hoy me he visto prepotente, vanidoso, estúpido.

Hoy he hecho daño a algunas personas y, qué asquerosa coincidencia, reír a carcajadas a otras.

Hoy me he visto como una mierda, como un cero a la izquierda creyéndome uno a la derecha. Hoy me he conocido.

Hoy me han defraudado, pero eso no es nada en comparación con lo que me he despreciado.

Hoy he sentido por primera vez lo que es una despedida. De esas que a partir de ahora y durante estos meses voy a vivir en exceso. Hoy he sentido lo que no quiero sentir.

Hoy he descubierto lo que significo para algunas personas. Hoy me han hecho ver el huequecito que lleno en sus vidas y me han hecho sentir algo mejor.

Hoy me he dado cuenta del valor que para mí tienen ciertas personas, y en especial una.

Hoy he entendido el verdadero significado de la palabra “hijo”, y no es aquel al que estamos acostumbrados.

Y hoy he llorado. Por primera vez desde hace mucho tiempo. Y todo esto ya no era teatro.

24 abr. 2009

Despachurrado

Esa es la palabra que mejor define lo que siento. Sí, sé que podría haber elegido otra, que en ella el decoro poético brilla –deslumbra– por su ausencia. Pero estoy convencido de que no hay ninguna otra que se ajuste mejor.

Y es que peor que el desmorone de un proyecto común entre varias personas es descubrir que alguna de esas personas no tiene la ilusión y el interés que tú sí pones en él.

(Los que me conocéis medianamente podréis intuir cuál es ese "proyecto" en el que durante esta semana más ganas estoy poniendo.)

20 abr. 2009

Instrucciones para montar en ascensor.

El primer punto importante a la hora de montar en ascensor es disponer de un ascensor. Y para disponer de un ascensor es preciso encontrar un hueco del ascensor donde encajar un ascensor. Un hueco del ascensor donde encajar un ascensor debe estar localizado en una construcción que admita un hueco del ascensor donde encajar un ascensor. Las construcciones que admiten un hueco del ascensor donde encajar un ascensor pueden ser variadas, aunque tienen la costumbre de corresponder a edificios. La altura del edificio que admite un hueco del ascensor donde encajar un ascensor no ha de ser ni escasa ni excesiva. Para un edificio de menos de tres alturas, un ascensor resulta irrisorio a la par que un indicio de falta de salubridad. Para un edificio de más de seiscientos cincuenta y nueve alturas, un ascensor resulta en la misma medida aburrido y peligroso.

El segundo punto importante a la hora de montar en ascensor es tener la necesidad de montar en ascensor. Si se necesita permanecer en la altura en la que se está, es probable que al hacer uso de un ascensor mudemos de planta, ya sea hacia arriba o hacia abajo, y eso se contradice con la necesidad que se tenía. Si, por el contrario, se necesita cambiar a una altura en la que no se está, al no hacer uso del ascensor es probable que no saciemos nuestra necesidad –a menos que se haga uso de las escaleras, cuya existencia despreciaremos en estas instrucciones–. Si no se tiene claro si se necesita permanecer en la altura en la que se está o si se necesita cambiar a una altura en la que no se está, la única utilidad que tiene el hacer uso del ascensor es la de encontrar tiempo para reflexionar en la intimidad acerca de si realmente se quiere seguir viviendo o si regenerarse en el Viaducto es una salida.

El tercer punto importante a la hora de montar en ascensor es saber cómo funciona un ascensor. Púlsese, presiónese, apriétese o tóquese el botón de llamada, sito junto a las puertas del ascensor en su parte externa. Aguárdese pacientemente. Pásese al interior de la cabina, siempre y cuando la(s) puerta(s) así lo permita(n). Nuevamente, púlsese, presiónese, apriétese o tóquese el botón donde figure el número de piso al que se desea ser transportado. Para ello es útil tenerlo claro, ya que los números que figuran son enteros y no admiten los decimales que resultarían de hacer la media entre los diferentes pisos entre los que se duda. Una vez cerrada(s) la(s) puerta(s), aguárdese otra vez pacientemente. Como puede verse, la complejidad de montar en ascensor reside en la ejecución repetitiva del juego pulsar-aguardar.

El cuarto y último punto importante a la hora de montar en ascensor es no tener fobia a montar en ascensor.



Por si las instrucciones resultases escasas, podéis encontrar en http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2009/04/22/instrucciones-para-montar-en-ascensor/ algo mucho más original, ciertamente.

15 abr. 2009

No es usual.

No es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me pregunte adónde voy. Tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, no me entienda a mí mismo. Y tampoco es usual que, montado en un coche de vuelta a casa, me dé cuenta de que no me entiendo. La carretera es aburrida. Es algo que, habitualmente, no cambia. Al menos, no de manera ruidosa. No hay novedades en los pueblos que voy atravesando, ni en los caminos que los unen. Y ello me invita a darle vueltas a lo mío, a hacer balance. Pero las cuentas no me salen positivas.

Si ya es odiosa la sensación de que has olvidado algo por meter en la maleta al emprender un viaje, la impresión de dejar atrás un pedacito de ti es, además de odiosa, atroz. Y si a eso se le añade que lo que vas dejando cada vez más lejos tiene nombre de mujer, la situación se vuelve insufrible. Todo ello queda fenomenalmente rematado cuando la mujer que responde a ese nombre es tan fría, tan reflexiva, tan prudente y tan discreta, tan cauta y reservada como lo es ella. Tan es así, que jamás escapará de sus ojos, creo yo, ni un atisbo con el que me desvele lo que siente.

Pero no, que no tiene nada que sentir. No ha de sentir nada porque yo... No es posible. Me resisto a creerlo. Las dudas me asaltan. Que siento algo, eso es seguro. La presión en el pecho no es invención mía. Las dudas residen en qué siento y en cómo lo siento. La carretera, sin embargo, no se me revela como una buena disipadora de dudas. El frío de la ventanilla, el runrún de la música en la radio y las caras adormecidas de quienes viajan en los coches que adelantamos no me dan respuestas ni consiguen que yo no las pida. Juro que esta vez es diferente. Lo juro. Aunque no sé en qué modo. Y mucho me temo que esta incertidumbre solamente podrá acabar cuando vuelva a tenerla frente a mí. Pero para ello tendré que esperar algún mes que otro.

13 abr. 2009

Doce meses.

Quizá un sábado por la noche en un bar no fuese el mejor momento para que ella contase su historia. Una historia que le hizo parecer la mujer más alegre sobre la tierra, pero que ahora se vuelve en su contra, mostrando su lado más desgraciado. Tuvo la felicidad al alcance de su mano, representada en una persona de carne y hueso. Pero hoy, a cientos de kilómetros de distancia, esa felicidad se torna sufrimiento e impotencia. Y parece exagerado pensar en que, ante esta situación, se prefiera no tenerlo a tenerlo tan lejos.

Pero no, ella no se arrepiente de nada. Sabe que, tras doce largos meses, volverá a verlo en la cita anual que este año los ha juntado. Está convencida de que, aunque la espera sea larga y dolorosa, compensará todo el tiempo perdido. Que sí, que puede que las cosas cambien mucho en tan largo tiempo, pero la esencia siempre se mantiene. Ha de saber que la distancia no es el olvido –menudo topicazo–, sino que el problema está en dejar pasar el tiempo, en dejar que todo se apague. El verdadero enemigo es la pereza, la dejadez, la comodidad. Hay que pelear por ello. Los obstáculos no se superan a menos que se intente y se ponga empeño en salvarlos.

Con el brillo de quien guarda la esperanza en los ojos, fue sincerándose ante su oyente, intentando imponerse al ruido de la música y las voces. Yo, realista por naturaleza, ejercí de optimista por primera vez en mi vida. Y descubrí que el serlo no mata a nadie.

4 abr. 2009

Instrucciones para comer espaguetis.

A partir de ahora, veréis varias entradas de este tipo. No me he vuelto un aburrido. O quizá sí, pero esto no tiene nada que ver. El caso es que he propuesto a una integrante novel de la blogosfera –¡Saluda, nueva compañera!– un reto que está encantada, y si dice lo contrario miente, de asumir. La idea ha surgido por una entrada que publicó en su día ella misma, bajo el título de “Instrucciones para nadar”. El reto es el siguiente: cada cierto tiempo –más, menos– publicaremos ambos en sendos blogs unas “Instrucciones para...” sobre algo que habremos acordado previamente –se admiten propuestas–. Cada uno por separado, le dará una perspectiva, siempre en clave de humor. De manera que podrán contrastarse dos maneras diferentes y totalmente absurdas de enfocar un mismo tema, obligándonos a explotar al máximo nuestro intento-de-originalidad y, de paso, entreteniéndonos. Ahí van las primeras. Instrucciones para comer espaguetis.


Comer. Masticar y desmenuzar el alimento en la boca y pasarlo al estómago. Espaguetis. Pasta alimenticia de harina en forma de cilindros largos y delgados. Comer espaguetis. Masticar y desmenuzar la pasta alimenticia de harina y pasarla al estómago. Hasta aquí, todo bien. Veamos los problemas que acarrea la ingesta de espaguetis en sus múltiples variantes.

Comer espaguetis, tal cual.
Hace falta ser un necio, un mentecato o un borrico para intentar comer espaguetis sin haberlos tenido anteriormente en agua bullente durante un período de tiempo aceptable. He dicho.

Comer espaguetis con tomate sin mancharte la ropa.
Desde tiempos inmemoriales, el vulgo ha gustado de condimentar los espaguetis –ya hervidos– con salsa de tomate, archiconocida por su mancha, calificada por las madres como “esa mancha no sale nada fácil”. Es por ello que una de las máximas preocupaciones históricas haya sido evitar que la salsa de tomate realice el trayecto plato-camisa. Sin embargo, según novedosas investigaciones, dicho trayecto resulta inevitable. Prestigiosos científicos, en busca de una solución, enunciaron: “Lo mejor va a ser ponerse una servilleta.”

Comer espaguetis con tomate sin mancharte la nariz.
Pruebe a deshacerse de su nariz durante la comida, introduciéndola en una bolsita y guardándola en el bolsillo a buen recaudo.

Comer espaguetis de manera que no escapen más de cinco centímetros de la boca.
Está tan extendida la costumbre de succionar espaguetis –ya hervidos– sorbiéndolos en toda su longitud que en ocasiones resulta de mal gusto no hacerlo. No obstante, para los más tradicionales, existe una manera de evitar que escapen de entre los labios en tan desproporcionada longitud: córtense a intervalos de cuatro centímetros y nueve milímetros.

Comer espaguetis con las manos.
Si usted es una de esas personas que intenta ir en contra del sistema hasta sentado a la mesa, este apartado le interesará. Aunque escurridizos, los espaguetis –ya hervidos– tienen una pasmosa flexibilidad que les permite enrollarse alrededor de los dedos. Si no posee cubiertos o si, sencillamente, no le apetece levantarse a buscarlos, comerlos con las manos puede convertirse en una efectiva o cuando menos simpática solución. Atención: si se es reacio a ensuciarse la ropa, la nariz o cualquier otra región de su espacio vital más inmediato, la alternativa puede no resultar agradable.

Comer espaguetis con el dedo meñique del pie izquierdo.
Se trata de una variante del anterior, inusual por la sencilla razón de que a nadie se le había ocurrido con anterioridad. Empero, es perfectamente viable. N.b.: si lo intenta y nota cierta molestia, olvide su propósito. Pertenece al ochenta por ciento de la población carente de flexibilidad.



Visítese la versión de doña Victoria, seguramente más ingeniosa, en http://practicamenteimperfectaentodo.wordpress.com/2009/04/05/instrucciones-para-comer-espaguetis/ y contrástese con la de un nada servidor de ustedes.

30 mar. 2009

De tipografía y otras manías.

¿Por qué coño será que, aunque me empeñe en justificar absolutamente todo lo que escribo, es imposible que la primera línea de cada entrada aparezca alineada junto con las otras? ¿Se habrá propuesto Blogger –o quien quiera que sea el encargado de esto– acabar con mis manías tipográficas aun sabiendo que es imposible?

29 mar. 2009

Otra vida.

Se empeñaba en negarlo y él sabía que no se equivocaba. Ella no cesaba de insistir en que nada cambiaría, pero él era reticente a aceptarlo. Sabía que cambiaría por la sencilla razón de que no sería igual. Imposible. Otra ciudad y otra vida totalmente diferentes. ¿No eran motivos suficientes? Él era el primero que preferiría que no ocurriese y que la vida siguiera como si nada hubiese pasado, pero... No esperaba influir en su decisión, ni mucho menos. Ella se iba y él la animaba a hacerlo. La habría acompañado gustoso.

La gran ciudad la engulliría, pensaba él. Ni para bien ni para mal, pero se quedaría con ella. Ni la ciudad se resistirá a sus encantos, sería cuestión de tiempo. Y, de la misma manera, ella acabaría sucumbiendo a los encantos de la capital. Lo único que él podía pedir era que ella no olvidase su pasado. Que nunca borrase de su memoria a quienes compartieron su infancia con ella. A quienes la vieron en sus mejores momentos o en sus horas bajas. A quienes tanto la querían y a quienes ella también echaba en falta.

Lo único que podía pedir era que no tuviese que pedirlo.

28 mar. 2009

Paladeó el último pedacito para que su sabor permaneciese eternamente en su boca.

27 mar. 2009

Mira, por ahí se acerca...

Lo que a esto sigue es algo que escribí hace hoy algo más de un año. Hoy lo he rescatado y me apetecía compartirlo. Está escrito justo después de que mi por entonces profesora de lengua (a la que nunca llegué a querer) tuviese a bien suspenderme, junto con un amplio sector de la clase, el examen de redacción del que, habitualmente, tan contento salía. En esta ocasión, la susodicha recomendó estudiar de manera más o menos profunda características de los principales personajes de la Celestina, porque habían de sernos útiles a la hora de redactar.

Llegado el día del examen, exigió un texto puramente descriptivo de uno de ellos (el matiz del adverbio lo utilizó a toro pasado) y, como era previsible, echamos mano de la teoría. Dejando colar inevitablemente rasgos expositivos. La combinación no agradó, ni mucho menos, a la profesora que, en cambio, reconoció mi esfuerzo con un muy digno cuatro. Al llegar a casa, redacté estas líneas que hice llegar a mis compañeros. (En su día no obvié su nombre pero hoy lo haré, debido a lo traicionero que puede volverse Google.)


Mira, por ahí se acerca. ¿Es ella? Sí, debe de serlo, sin duda. Su pelo moreno, del que ciertas canas han sabido escapar al temido tinte azabache, es inconfundible. Siempre lo lleva dispuesto en el mismo peinado anticuado, un peinado que la hace parecer varios años mayor de lo que en verdad es y que ayuda a esconder parte de su difícil semblante. En su cara, las arrugas recuerdan tiempos pasados, sin duda encerrando cada una de ellas un desengaño, una decepción. Tras sus lentes, unos ojos negros como el carbón intentan contener el odio que profesa contra quién sabe qué, un odio que empuja desde hace ya mucho tiempo.

Su cara termina en una redondeada barbilla, a juego con la nariz, de la que se separa por una peculiar boca asimétrica. Sus gruesos labios suelen ir cubiertos por un carmín de color totalmente desfasado, y al entreabrirlos deja al descubierto una dentadura completa pero imperfecta, en la que los dientes forman huecos tan abisales que enmudecen a quien los observa. Afortunadamente, son raras las ocasiones en que ríe, ya que cualquier sentimiento de alegría es eclipsado por una honda tristeza que la acompaña y la envenena.

Sus movimientos suelen ser lentos y sosegados, y al caminar parece arrastrar el peso de algo que la sobrepasa con ese paso sereno. Amante del silencio y la quietud, su mirada sentencia y proclama sin necesidad de acompañar palabras. Es tranquila en el habla, y en escasas ocasiones eleva la voz por encima de la multitud. Su desapacible timbre de voz y su tono cansado podría revelar mucho de su pasado y de lo que la llevó a esa infelicidad.

Nadie sabe qué acaeció para que perdiese la alegría. Muchos aseguran que no se trata de un fenómeno concreto, sino de la acumulación de experiencias adversas. “Soledad”, “insatisfacción” y “fracaso” son palabras que lleva grabadas a fuego en la frente, y puedo asegurar que jamás he visto yo persona que, aun no diciendo nada, emane tanto sufrimiento. S. G. lleva tras de sí la peor de las derrotas: no saber asumir sus propias equivocaciones.

¿No querías texto descriptivo, S.? ¡Toma texto descriptivo!

18 mar. 2009

Érase una vez.

Lo que me dispongo a relatar ocurrió una vez, hace mucho tiempo, en un país muy lejano. El rey de Micomicón no podía olvidar las temibles guerras que habían azotado a su reino tiempo ha. Cada noche, a cada minuto que pasaba sentado en su trono, veníanle a su mente las fatalidades que no pudo evitar, los desastres que no previó, las catástrofes que sobrepasaron sus capacidades. Los más de los días afloraba en sus ojos el llanto. Cada lágrima contenía pequeños trocitos de su gran fracaso.

Por aquella época, el vecino país de Mangucián estaba reinado por un gran estratega que centraba sus esfuerzos en planear las defensas de sus tropas. Había mandado construir en sus aposentos una gran maqueta que representase fidelísimamente cada paraje de sus terrenos, de manera que ningún barranco se le escapase de sus planes por si la temible invasión llegase. Siempre al tanto de tener todo a punto, el rey de Mangucián gastaba sus horas en presagiar los movimientos del atacante y disponer un buen contraataque.

Sucedió que ambos reyes viéronse obligados a avistarse. El enlace del valeroso príncipe de Mangucián con la hermosa princesa de Micomicón llevó a ambos monarcas a entablar una relación que, sin duda, sería próspera para el porvenir de sus respectivos feudos.

Resta decir que el acuerdo entrambos jamás dio fruto alguno. Resultaba imposible que alguien como el rey de Micomicón diera por buenas las condiciones de alguien como el rey de Mangucián, y a la inversa. No por intereses personales, sino por incompatibilidad de caracteres.

Y es que bien es sabido que el equilibrio es la base de toda justicia. Y, en este caso, vivir el presente contrarresta la fijación por el pasado y la preocupación por el futuro.

15 mar. 2009

Entre el jazmín y el cantar de los jilgueros, su resuello parecía un eco borroso.

14 mar. 2009

Nostalgia.

Nostalgia. Una palabra. Una inocente combinación de letras. Cinco consonantes, un par de aes y alguna vocal más. No es especialmente musical; tampoco tiene por qué serlo. No es más que un conjunto de sonidos que hace referencia a un sentimiento.

Nostalgia. Un sentimiento. De los más dulces, pero de los más dolorosos. De los más contradictorios. Quizá el que te hace sentir mayor impotencia. El que te recuerda lo que fuiste, lo que eres y lo que no serás. Una especie de medicina que puede contagiarte fuerza, valor y espíritu, o puede achicarte, descomponerte y abatirte. Indómito, aunque predecible. En pequeñas dosis, aporta brevísimos instantes de pseudofelicidad. En grandes cantidades, ofusca el presente e idealiza el pasado. No necesita prescripción médica, pero su abuso es poco recomendable para el equilibrio emocional.

Y, a pesar de todo, te sigues dejando invadir por un cálido recuerdo que te conquista por los sentidos. A través del olor de aquella colonia que gastabas. De ese puñado de notas al piano que un día te pusieron la piel de gallina. De aquel Londres que te cautivó por completo. Día tras día. Viviendo y deseando que los japoneses inventen una máquina del tiempo. Pero yo no soy soñador. No. Qué va.

6 mar. 2009

Ojos que no ven...

¿Qué hacer cuando lo que ves no te gusta en absoluto? No lo intentes cambiar; simplemente, márchate.

Eso sí: pega un buen portazo al salir.

28 feb. 2009

Marcha atrás.

Por circunstancias que no vienen al caso –aunque son realmente interesantes, en mi opinión–, llegaron a mis oídos ayer por la tarde pequeñas pinceladas de un brillante reportaje acerca del amor y del posible componente químico que en él reside. Naturalmente, lo primero que hice nada más llegar a casa fue bucear en hemerotecas hasta encontrar el reportaje en cuestión al completo. Al margen del tema de la química y las hormonas –asunto que a mí, personalmente, no me llama especial atención–, pude encontrar el pasaje que rondaba mi cabeza. Hacía referencia a la postura que un buen número de doctos en etología mantiene acerca del amor humano como una derivación del primitivo cortejo mamífero. Se hacía alusión al “notable despliegue de energía, persecución obsesiva, protección posesiva de la pretendida pareja y belicosidad hacia los posibles rivales” en la lidia –por continuar con la agresiva alegoría– amorosa de los mamíferos.

Si bien es cierto que las palabras escogidas por el autor parecen restringirse al ámbito irracional, es innegable la aplicación de esta serie de actuaciones al comportamiento humano. Yo, personalmente, ni siquiera hablaría de ‘derivación’, sino de un puro calco a la manera de actuar en el resto de los mamíferos, ¿no os parece? El notable despliegue de energía tiene un buen indicador en la sudoración excesiva que el tonto o tonta de turno –o turna– experimenta teniendo a su ‘presa’ en derredor. La persecución obsesiva se hace patente un sábado cualquiera por la noche, siendo la frase preferida para disimularla “¡Oh! ¿Cómo tú por aquí? ¡Qué encuentro tan fortuito! No sabía que salías...”. Y en cuanto a la protección posesiva y la belicosidad para con rivales... En fin, ¿existe mejor ejemplo que “¡A que te hostio como toques a la titi, cabronazo!”?

Cada día, la raza humana muestra mayores signos de evolución... marcha atrás. Incluso en eso no dejará de sorprendernos.

21 feb. 2009

Poema 20.

[…] Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. […]

Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

14 feb. 2009

Recuerdos.

Con los años, vamos llenando nuestra cabeza. De cosas útiles, y de otras no tanto. De conocimiento, de cultura, de sensatez,... ¿Y si sólo fuese de eso? Las vivencias aportan historias interesantísimas, al menos para el yo. Olores que recuerdan a épocas, a personas. Una melodía que traslada, una frase que enamora. Aquel sitio, grabado como una fotografía. Podría recorrerlo cien veces sin perderme. Y esa fecha, y esa casualidad... Decoramos el espacio más íntimo a nuestro gusto. Para algo somos sus dueños. Procuramos olvidar lo que no encaja, lo que molesta, aunque a veces no lo consigamos. Tendemos a idealizar el pasado, o al contrario. El más mínimo detalle, la palabra más insignificante, puede rondar horas por nuestras cabezas. Somos capaces de retener recuerdos que jamás aparecerían en un libro. Que, de aparecer, llenarían estanterías enteras de realidades subjetivas. Que, de no existir la memoria, se perderían con el tiempo, perdiéndose con ellos la magia y la química de un momento que no volverá a ser vivido como tú lo hiciste.

8 feb. 2009

Nevó.

Y tras el esplendor y la belleza de la nieve, llega su decadencia.

Solución antidepresiva: No mirar por la ventana.

6 feb. 2009

Una vida perfecta.

Él tenía todo pensado. Lo tenía todo planificado. Sería una vida perfecta. Ideal. Sabía lo que iba a hacer durante los próximos diez años, por lo menos. Lo sabía. Creía estar seguro de con qué ocuparía su vida. Se dedicaría a lo que él quería. Trabajaría en ello, trabajaría por conseguirlo. Tenía unos planes de futuro formidables, envidiables. Un trabajo, una casa, una familia modelo,... Confiaba en llevarlos a cabo, aunque no se ponía un tiempo límite. Todo surgiría, sobre la marcha, tal y como él deseaba. Nada ni nadie podría derribar lo que él, con su imaginación, había tardado tanto en construir. Esa vida que realmente le gustaría vivir. Esa obra de la que tomaría parte. Estaba todo decidido, sólo dependía de él... ¿Sólo? Resulta asombroso ver cómo una simple decisión ajena pudo acabar con su edificio ideal, en cuestión de segundos.

Y es que, a menudo, el idealismo sirve como fuga de lo que no nos gusta, de lo que no soportamos. No obstante, necesitaríamos algo real donde apoyarnos, que nunca se sabe.

A las cosas çiertas vos comendat
et las fuizas vanas dexat.

1 feb. 2009

Ça suffit.

Constipado continuo. Mala cara. Labios resecos, agrietados. Dolores de cabeza por la mañana. Cansancio extremo a final de semana. Dolor de espalda. Palidez. Nariz cargada. Aspecto enfermizo. Sueños poco reparadores. Y aún me diagnostican que quizá se deba a que vivo bajo una presión continua, que soy demasiado autoexigente. ¿No será que intento estar en todo, conformando a todos, y que, al final, tengo un límite? ¿No será que no doy más de mí? ¿No será que no puedo vivir mi vida? ¿No será que soy como un objeto? ¿No será que me cortan la poca libertad que puedo tener? ¿No será que no soy yo mismo, que me doy igual? ¿No será, en fin, que es cierto eso de que no me quiero lo suficiente?

Nunca podré agradecértelo lo necesario.

26 ene. 2009

Dime.

Dime por favor dónde estás,
en qué rincón puedo no verte,
dónde puedo dormir sin recordarte
y dónde recordar sin que me duela.

[…] Que no puedo vivir porque te extraño
y no puedo morir porque te quiero.

Atribuido a Jorge Luis Borges.

24 ene. 2009

Se revolvió entre sus sábanas y abrió los ojos. A lo lejos, ruido de olas.

23 ene. 2009

Odiada y marginada cedilla:

¿Qué eres? ¿Para qué sirves? Dinos, por favor, ¿cuál es tu función, sino la de molestar, incordiar o estorbar? No es que hayas hecho nada malo. No te odiamos por tu pasado, sin duda oscuro. Si hay algo que nos irrita es tu falta de utilidad, ¡oh cedilla! Sólo tú puedes aclararnos. Está en tus manos el contarnos tu labor en este teclado sobre el que escribo. Así y solamente así podremos tenerte en consideración. Tu posición, a todas luces inoportuna, nos confunde y nos turba. Tu cercanía a cierta tecla de gran uso es, muchas veces, causante de las más irremediables desgracias. Dinos quién te escribió por vez primera; cuéntanos cuál es tu parentesco con la letra ‘c’; acláranos qué uso puede dársete en la lengua castellana. Haz que tanto tu grafía minúscula como mayúscula dejen de ser las olvidadas del teclado. Recuerda que parte de tu destino fatídico lo tiene aquel que decidiese en su día colocarte al margen del resto de tus compañeros. ¡Oponte a dicho sino y recupera tu prestigio! O, por el contrario, júrame solamente que desaparecerás de mi vida y no me causarás más trastornos.

Reciba un cordial saludo de

Un admirador.ç

19 ene. 2009

18 ene. 2009

Una sonrisa de las sinceras.

Siempre estoy hablando de que a mis años este ritmo de vida bla bla bla. ¡Qué queréis! Soy un viejo verde que sólo sirve para reflexionar. Esa vocecita que a todos nos nace pasados los sesenta. Y no es hasta ese momento cuando te das cuenta de mil cosas que anteriormente o no estaban ahí o no habías reparado en ellas. Hoy me ha tocado valorar el mínimo y a la vez inmenso valor de una sonrisa. Todo ha sucedido así.

Yo caminaba, como de costumbre, viendo pasar trajes, corbatas y maletines. Señoras y carritos. Deprisa. De pronto, se ha interpuesto en mi camino una joven, con un niño de la mano. Su hijo, según he interpretado. La mirada cansada de la madre me ha recordado cuán exhausta es la labor de cuidar de un niño. He sentido algo por ella, he valorado su esfuerzo, su entereza. Le he regalado una sonrisa, acompañada de un cortés ‘buenos días’. La madre, con una mezcla de miedo y sospecha, se ha alejado a buen paso, su hijo de la mano.

No sé qué habrá pensado. Quién es, cómo desvaría, el pobrecito, si es que a esas edades, qué malo es vivir tanto, habrá enterrado ya a todos sus amigos, necesitará comprensión, etcétera. Lo último que pensará, de eso estoy seguro, es que mi intención es que ella se sintiera comprendida, y no a la inversa. Pero supongo que está demasiado ocupada para pensar en ella misma. Yo, por mi parte, me siento satisfecho. Una sonrisa, de las sinceras, nunca está de más.

16 ene. 2009

No sabemos nada.

LETICIA- (Suspirando.) La felicidad... (Hace un ademán de desaliento.) ¿Sabemos siquiera lo que es la felicidad?
SIGERICO- Tienes razón. No sabemos nada. Ni siquiera sabemos por qué después de tomar alcachofas el agua que se bebe está dulce.

Enrique Jardiel Poncela, Un marido de ida y vuelta.

3 ene. 2009

Enajenaciones vaporosas.

Desearía tanto que no hubiese sonado el despertador... Y sin embargo ahí está, enfrentándose al inevitable comienzo de su rutina diaria. Por un momento, sentado en el borde de la bañera, cubierto con una toalla, esperando a secarse, se enajena por culpa del vapor que va a parar al espejo. Es odioso tener que esperar a que se condense de nuevo para poder seguir con el ritual, y en cambio al abrir la puerta para acelerar el proceso entra tanto frío...

Se imagina vapor de agua. Sí, no es su máxima aspiración, pero por unos minutos... Por unos minutos se imagina volátil, se imagina inabarcable. Desea levitar. ¡Evadirse! Lo rápido que se cuela por una rendija, lo mucho que se eleva para luego dejarse caer, todo ello le fascina enormemente. En ocasiones le gustaría poder escapar con esa facilidad de todo lo que le rodea. Mezclarse con el aire, escapar por cualquier agujero, huir por cualquier ventana.

No obstante, como en todo, luego imagina los contras. Hasta el elefante más gigante se rinde ante la presencia de un minúsculo ratón. El vapor tampoco escapa a las corrientes de aire frío. Teme tanto a su condensación y en cambio... En cambio no puede evitarla. Aunque fuese vapor de agua, tendría sus limitaciones.

Porque nuestra libertad termina donde empiezan nuestras debilidades.