30 may. 2009

De seguros y trajes antiguos

GRACIA.–Oye, ¿quién es este señor?
LETICIA.–Un especialista en trajes antiguos.
GRACIA.–¿Y a qué se dedica?
LETICIA.–Nunca se lo he preguntado.
GRACIA.–¿Ha venido a deciros cómo teníais que poneros los trajes antiguos?
LETICIA.–Ha venido a ver si Pepe le coloca en su compañía de seguros.
GRACIA.–Entonces, ¿vive de los seguros?
LETICIA.–No. Vive de los trajes antiguos.
GRACIA.–Es que, al parecer, no sabe una palabra de trajes antiguos.
LETICIA.–Por eso querrá colocarse en la compañía de seguros.
GRACIA.–¿No sabiendo de seguros?
LETICIA.–No sabiendo de trajes antiguos.
GRACIA.–Pero vamos a ver... Para colocarse en una compañía de seguros, ¿importa algo que no sepa nada de trajes antiguos?
LETICIA.–No... Pero ¿quieres decirme qué obstáculo hay para que, no sabiendo de trajes antiguos, se coloque en una compañía de seguros?
GRACIA.–¡Caramba! ¡Pues el que no sabía nada de seguros!
LETICIA.–¡Pero mujer, tampoco sabe nada de trajes antiguos!

Enrique Jardiel Poncela, Un marido de ida y vuelta.

24 may. 2009

Descubrimientos tardíos

Llevaban ahí toda la vida. Siempre a tu lado, siempre en silencio y sin sobresalir. Es muy probable que te acompañasen desde que tienes uso de razón, pero jamás habrías adivinado lo feliz que te podían hacer. Sucede como con aquellas personas a quienes ves con frecuencia y crees conocer sus facciones, pero un día te paras a escrutarlas minuciosamente hasta asombrarte al descubrir una cara diferente a aquella con la que de normal te encuentras. Siempre el conjunto y jamás el detalle. Pues bien, del mismo modo ocurre con esas personas que han vivido desde pequeñas a tu par, caminando cerca de ti pero nunca cruzándose en tu camino. En la vida te habías planteado que las quisieses ni que te quisieran. Nunca las has necesitado ni ellas habían solicitado tu ayuda. Y, de repente, una noche cualquiera en la que piensas en tu futuro y en tu pasado más que de costumbre, ves con claridad que os une un extraño afecto. Descubres que, aunque podrías haber pasado sin ellas, los tontos detalles y las pequeñeces del día a día han conseguido que esas personas te tengan en consideración. A ti, que de ningún modo creías merecerlo. Y el solo hecho de saberlo te hace sentir una felicidad, un arrope difícilmente descriptible. Es entonces cuando te arrepientes de no haberlo descubierto antes, sino ahora, tan cerca de una separación que a todas luces es irrevocable. Y es entonces cuando te falta el aire para dejar claro a voz en grito que tú también las quieres.

23 may. 2009

Instrucciones para sobrevivir a una reunión familiar

Puede parecer lo contrario, pero algo tan inofensivo como una reunión familiar puede resultar casi tan peligroso como un ascensor, una boa constrictor o un secador de pelo. Salvo que se incluya dentro del género de la tercera edad, una reunión de esta índole jamás podrá parecerle entrañable o jocosa. En caso de no pertenecer a ese sector de la población, es probable que precise de la Magnífica guía de supervivencia para reuniones familiares, marca ACME.

Un grupo de expertos de la Universidad de Minnesota ha colaborado en la redacción de este manual, en el cual han reflejado todas aquellas incómodas situaciones que pueden darse en estos eventos para que sepa cómo reaccionar en cada una de ellas y así salir airoso, así como propuestas para evadirse física o mentalmente en caso de necesidad.

He aquí breves selecciones del que será, sin duda, el manual de autoayuda de la temporada.

«Una vez efectuadas las salutaciones rutinarias con la familia cercana, se te acercarán acechantes todas aquellas tías segundas (o terceras) a las que afortunadamente hace años que no ves. Serán fácilmente reconocibles al ir embadurnadas en cremas antiarrugas y perfumes penetrantes, a lo que debe añadirse la densa capa de carmín que cubrirá sus labios. (...) Al mínimo indicio de su presencia, lo único que te aconsejamos es adelantar una de las piernas de que dispones hasta que el pie quede apoyado en el suelo, situación que te será favorable para ejecutar la misma acción con la otra pierna, avanzando de posición a intervalos de tiempo cada vez más reducido y en sentido opuesto a la localización las señoras en cuestión. Salir por patas, en términos familiares.»

«Abundarán comentarios similares a “¡Qué alto estás!” o “No te veía desde que llevabas pañales.”, que no tendrás más remedio que aguantar estoicamente. Si te encuentras en este apuro, tu mejor salida es una buena sonrisa a tiempo, aunque es posible que desencadene todo tipo de elogios hacia ella, con frases como “¡Si sonríe igual que su madre!” o “Es igualito a su padre cuando tenía su edad.” Estate preparado para lo peor.»

«Proponemos a continuación una serie de actividades para tu propio divertimento, cuyo único fin es que el tiempo pase más rápidamente en estas insostenibles ocasiones.
-En el momento de las presentaciones, maréese a las personas en edad senil con datos erróneos o equívocos, como edades inventadas o nombres traspuestos. Es interesante llevar a cabo esta actividad en compañía de uno o varios cómplices, para que la confusión infundida sea mayor.
-(Preferiblemente en ciudades pequeñas) Enumérense las referencias a muertes, entierros, velatorios, esquelas, exequias y tanatorios. Hágase una lista con el nombre de los diversos finados y de sus respectivos parentescos, y recuérdense cada media hora. Se trata de una actividad con la que ejercitar la memoria y, de paso, iniciarse en el mundo del chismorreo. (...) Inclúyanse en la conversación frases como “La tía Perpe será la próxima.” o “Habrá que ir desempolvando la corbata de seda negra, porque al tío Genaro le quedan dos telediarios.” Obsérvense las reacciones de los aludidos ahí presentes y, a ser posible, fotografíense sus caras.
-En el momento de la ingesta (damos por supuesto que toda reunión familiar se celebrará con un aperitivo, un piscolabis, un vermú, un refrigerio, un tentempié o sucedáneos), localícese al miembro de mayor edad en el grupo. Si no se dispone de su edad exacta, aventúrese una aproximada. Una vez localizado, llévese la cuenta del número de veces que lo ingerido escapa de la boca y aterriza bien en el regazo o bien en el escote del sujeto de ingestión. Si supera la veintena, considérese la posibilidad de destinar una pequeña condecoración para el divertido comensal.
»

El libro perfecto para regalar en cualquier ocasión. Nuestra sugerencia es acompañar la Magnífica guía de supervivencia para reuniones familiares con el Fabuloso traductor peluqueras-humanos, humanos-peluqueras y el best-seller ¿Qué fue de ‘La pajarería de Transilvania’?, en una edición de coleccionista que no puede dejar escapar.


20 may. 2009

Truenos. Lluvia insistente contra el cristal. Y su manta, el refugio más seguro.

9 may. 2009

El gusano y el reloj

Un día me contaron la historia de un gusanito que tenía su casa dentro de un gran reloj de pared. De esos que, tras una puerta de cristal, esconden un enorme péndulo dorado que pasa de un lado a otro sin descanso. Este gusanito era muy juguetón y su pasatiempo favorito era subirse sobre la lenteja de oro del reloj para pasar el tiempo de un lado a otro, de izquierda a derecha, continuamente. Se divertía mucho viendo pasar todo ante sus ojos, parar en lo más alto y volver a la carga para detenerse al otro lado.

Cuentan que por las tardes una fina línea separaba ambas partes del reloj. Una densa cortina provocaba que una de las mitades quedase bajo la calidez de los rayos del sol, mientras que la otra se volvía umbría y desapacible. El gusanito, que no era tonto, tenía claro que la parte más alegre de su infinitamente periódico trayecto era aquella en la que podía disfrutar de la luz del astro. Además, sabía a la perfección que, en el momento en el que pasaba a la parte tenebrosa, el juego perdía casi toda su gracia.

Al no sentirse capaz de correr la cortina por sí solo, la única solución para pasar el máximo tiempo posible en el que él llamaba “lado bueno” era saltar de aquel péndulo en movimiento. No obstante, sabía que su juego acabaría en el mismo instante en que decidiese abandonarlo. De manera que, aunque poco conseguiría, decidió que intentaría plantar cara a la manera en que el gran disco dirigía su propio movimiento. Pensó que, cuando éste pasase al “lado malo”, una vez que hubiese llegado a la cumbre donde la desolación era máxima, empujaría muy fuertemente al péndulo para que llegase cuanto antes al ansiado terreno bañado por Lorenzo. El gusanito sabía que sus esfuerzos no obtendrían sus frutos. Sin embargo, su actitud y su empeño consiguieron que nuestro amiguito creyese firmemente que el tiempo que dedicaba a impulsar la lenteja brillante pasaba más deprisa.

Porque pasar de la más honda tristeza a la más radiante felicidad no depende de nosotros, pero sólo podremos mirar hacia el lado más amable de la vida si nos lo proponemos y creemos en lo que hacemos.

7 may. 2009

Un muro de vidrio aislante

Te escribo desde el infierno de la indiferencia. Aún recuerdo con una sonrisa en los labios y un vuelco en las entrañas el momento en que mi absurda mirada y la tuya se juntaron de manera involuntaria, impredecible. Un reflejo que había movido algo en los dos. Durante eternidades fugaces fuimos cómplices y enemigos, confesores y confesantes, soportes y compañeros, un algo y un todo. No existía el pasado ni el presente, sino el aquí y el ahora, el hoy, el tú y el yo. El tiempo no pasaba para nosotros, aunque sí por nosotros. Mudamos. Mudaste, que yo no. Mi ingenuidad intacta como el primer día no consiguió apreciarlo hasta que fue demasiado tarde, pero cambiaste. No lo digo con rencor, sino con un deje de arrepentimiento y no poco de impotencia. Por circunstancias externas e influencias desastrosas, algo acaeció que hizo que tu carácter se volviese más impenetrable y misterioso. Demasiado. Te distanciaste. Comenzaste a despreocuparte por todo lo que no tenía una relación directa contigo. Hasta que la frialdad no empezó a aflorar en tu gesto, jamás llegué a atisbar lo que en tu interior iba creándose, el monstruo que había nacido y que crecía a un ritmo lento pero imparable. Dejaste de ser tú, y con ello dejaste de ser yo. Dejaste de llenar ese espacio que para ti había reservado dentro de mí y tuve que entrar para arrancar de cuajo ese rótulo donde habías escrito “prohibido el paso”. Empezaste a convertirte en una especie de pelele. Un maniquí de rasgos espantosos y actitud inmutable. Ya no te interesabas por mí ni por nadie. Yo, en cambio, siempre me preocupé por ti, ¿sabes? Desde que constaté con preocupación que te perdía a cada instante, hice lo imposible por encontrar entre las cada vez más escasas palabras que de tu boca escapaban una explicación a tan irracional falta de atención. No obstante, tú no me escuchaste, no me escuchas. Empiezo a preguntarme si alguna vez lo hiciste. Parece como si entre tú y yo existiera un muro de vidrio aislante que evita cualquier posibilidad de contacto entre los dos. Me recuerdas a un maniquí que alguien ha colocado en un escaparate. Y desde este asfixiante averno de indiferencia te suplico que desde tu lado del cristal contemples el mundo exterior con esa expresión inhumana que puebla tus ojos. Quizás de esta manera puedas ver lo que está siendo de mí y destroces las cadenas que te impiden ver más allá de la punta de tu irresistible nariz.