26 dic. 2008

Ni a palos.

Es que ni a palos aprendo. Cada vez estoy más conforme con aquellos que dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces (o más) con la misma piedra. El más idiota, vaya. Aunque cada vez tengo más dudas sobre nuestra igual condición. En otras palabras: que probablemente sea la oveja negra.

Después de tantas tortas, después de mil y un desengaños, fracasos y decepciones, todavía tengo la maldita manía de embobarme, de ilusionarme con promesas, con ideas, con sensaciones. Con la razón me he dicho mil veces que no, que deje de pensar en esas cosas, que no fantasee. Que ya soy mayorcito. Y toda reflexión racional se va a la mierda en cuestión de segundos. Parece mentira que, aun hablado y aclarado, el asunto todavía me ronde la cabeza, y de vez en cuando piense en que quizá, algún día... No doy más datos por aquello de la intimidad, que yo, aun a la contra de muchos, sigo recelando como una de las únicas cosas que quedan propias. Sólo diré que todo esto no es una simple chiquillada. Bueno, quizá sí, pero no se trata de un amorío, que es lo que induce a pensar. Eso sí, que cada uno lo enfoque de manera que lo pueda entender.

¿Cuántas veces habré tenido pretensiones de ocupar una parte más o menos importante en la vida de ciertas personas? Pero, ¿quién me he creído? De verdad, si alguien entiende algo de psicología humana (o adolescente, supongo) que ofrezca los consejos que buenamente pueda. Y, sobre todo, hacedme ver que no soy el único. Por favor.

13 dic. 2008

Agua.

Se pudo escuchar un “¡plof!” y se sumergió por completo en la piscina. Con el traje de baño como único compañero, decidió bucear. Llenó sus pulmones de aire, cerró por completo los ojos, muy fuertemente, y dio un par de brazadas en dirección al fondo. Siente uno tanta paz ahí abajo... Extendió los brazos y las piernas, dejó que el pelo bailara a su antojo y esperó. Quién sabe a qué o a quién, pero esperaba. Lo decía su cara, estaba feliz. El silencio ahí dentro era sólido, como si una gran masa impenetrable lo aislase de la realidad. La presión del agua sobre su cuerpo, el frescor del líquido en contacto con cada rincón de su piel. Es reconfortante sentir esa serenidad. Uno olvida todo, hasta la peor de las ofuscaciones...

Nunca debemos olvidar que, a pesar de la perfección de lo ideal y de lo fantástico, debemos, cada cierto tiempo, volver a la realidad para coger un poco de aire. De lo contrario, corremos el riesgo de que nuestra fantasía nos ahogue.

12 dic. 2008

Jugar limpio.

A fin de cuentas, lo de jugar limpio cuando iba a escote el pellejo, eso era algo que tal vez contribuyera a la salvación del alma en la vida eterna; pero en lo tocante a la de acá, la terrena, suponía, sin duda, el camino más corto para abandonarla con cara de idiota y un palmo de acero en el hígado. Y Diego Alatriste no tenía ninguna maldita prisa.

Arturo y Carlota Pérez Reverte, El capitán Alatriste.

7 dic. 2008

¿Enamorado, yo?

Otro día me preguntaron si estaba enamorado. ¡A mi edad, enamorado! Me quedé en silencio. En verdad nunca me lo había planteado. ¿Enamorado, yo? ¡No! Imposible. ¿Cómo iba a estarlo? El tiempo hace que todo se pase. Qué lejos queda ahora esa época de pasiones, de confusión, de desenfreno. Y sin embargo… Y sin embargo cómo la añoro. No, definitivamente ya pasó. Pero quien tuvo, retuvo. Ya casi ni me acuerdo, pero es cierto que fue maravilloso. Las sensaciones, cambiantes a cada momento, impulsan a hacer cada locura… Tremendamente peligroso. Y, aun y todo, no hay nada más bonito. ¿Y si, en el fondo, estuviese enamorado?

Sí, es probable que lo esté. Estoy enamorado del amor.

5 dic. 2008

Mátame o dame la vida.

TEODORO:
[...] Mátame o dame la vida;
da un medio a tantos extremos.

Lope de Vega, El perro del hortelano.

4 dic. 2008

Es fácil hacerse millonario (si sabes cómo). II

He recibido múltiples quejas. Nadie quiere perder el tiempo escribiendo un best-seller para hacerse millonario. Las prisas y el ansia de riqueza no conciben la paciencia como vía para conseguir tan avariento propósito. Y lo entiendo, de verdad. Así que he reflexionado y he ideado otro método para hacerse rico. No sólo rico: archirrico. Y eso son palabras mayores...

Este método quizá no sea tan sencillo de idear como el anterior, si bien es más directo y tiene una mayor difusión. Mientras que el best-seller estaba destinado a un público elitista determinado (era necesario saber leer), forrarse a través de la teletienda llega al ciudadano de a pie de una forma sencilla e inquietantemente efectiva. Sí, la teletienda. Cualquier humano que zapee pasa al menos una vez a la semana por esos canales que exclusivamente se dedican a ese mercado. Lo más triste es que siempre se queda uno embobado, al menos cinco minutos, admirando los productos ofertados.

Lo primero de todo es encontrar un producto a vender, quizá la parte más complicada. No hace falta que sea bonito. Ni siquiera hace falta que sea útil. Sólo es necesario que tenga un nombre psicodélico. Sirve cualquier palabra compuesta que comprenda las palabras abre-, quita-, limpia- o corta- seguidas de todo cuanto pueda abrirse, quitarse, limpiarse o cortarse en el ámbito doméstico. Y si éstas están seguidas por un número que suene grande, así como “dos mil”, “diez mil” y derivados, mejor que mejor. También se puede probar en el campo del físico y la belleza, con modernas máquinas para ejercitar glúteos e increíbles pomadas antitodo que rejuvenezcan y tonifiquen la piel. No es preciso que huelan bien ni que tengan un color atractivo, siempre y cuando rejuvenezcan y tonifiquen la piel. (Todo el mundo tiene presente la afamada baba de caracol.)

Cualquier paleto puede promocionar algo en la teletienda. No hay más que ver los prestigiosos presentadores de este género. Así, lo segundo es encontrar un nombre sencillo en inglés. Suelen ser comunes John, Joe o Tom, nombres que recomiendo a quien no quiera desentonar en el mundillo. Imprescindible encontrar un compañero, con nombre de características similares. Lo siguiente es encontrar un local con amplios ventanales. Si no se tiene, basta con poner un forro que simule Manhattan o San Francisco: nadie va a poner en duda la verosimilitud del forrillo porque lo importante es el producto a vender.

También es importante entrenarse en frases como “Wow, Michael, no sé cómo podía vivir sin el Pelachorizo 3000”, “No puedo creer que este Sacudealfombras automático sea tan barato, Sam”, “Y, ¿dices que el Limpiabañeras 5000 es tan sencillo como eso, Bob?”. Por último, existen ciertas tácticas comerciales que resultan infalibles para el espectador de teletienda modelo. Acompañar el producto con un fabuloso set de cuchillos de cocina (uno para cortar jamón, otro para hendiduras poco profundas, otro de sierra, otro de queso, otro para trinchar el pavo y otro que nadie sabe para qué sirve) siempre es efectivo. Anunciar que “sólo las cien primeras llamadas” o que “sólo las llamadas recibidas en los primeros cinco minutos” recibirán una segunda unidad de producto también ayuda a que se dispare el número de solicitudes. Es muy útil acompañar las imágenes del producto en cuestión por testimonios que aseguren su indiscutible utilidad: “Antes de comprar el Embutesalchicas, mi vida no tenía sentido. Pasaba largas horas embutiendo las salchichas a mano. (Imagen de la señora en cuestión, desesperada, despeinada, embutiendo salchichas en blanco y negro.) Sin embargo, fue comprar el Embutesalchichas y mi vida es mucho más cómoda. ¡Ahora tengo tiempo para hacer lo que me gusta! (Ya recuperado el color, la señora en cuestión embute salchichas sonriente, y se dedica a otras actividades, como leer en un sofá).”

Pero la frase que cala más hondo, la que provoca que miles de personas depositen su confianza y sus números de tarjetas de crédito en empresarios de teletienda es “Por sólo...” seguido de un precio desorbitado. Si el precio, además, va seguido por “...al mes” ¡Oh! En ese caso las líneas telefónicas arden.

¡Vamos! ¡Tú también puedes comerciar tu espléndido producto en la teletienda! Hacer esto hoy sólo te costará un pequeño esfuerzo mental. Los primeros cien empresarios serán obsequiados con un fantástico juego de sábanas.

¿Qué? ¿Es o no es fácil hacerse millonario con pequeños trucos? Quién sabe. Quizá éste sea el comienzo de una gran serie de métodos para hacerse rico. Tendré que patentarla. Qué pereza...

29 nov. 2008

El despertar de toda la ciudad.

Olvidé comentar que me gusta madrugar. El insomnio ha hecho nacer en mí un cierto odio hacia la cama. Cada vez tardo menos en levantarme, frustrado por no encontrar una postura cómoda una vez despierto, a eso de las cinco de la mañana. Me ducho, me visto y recorro la ciudad en ayunas, encontrando un kiosco tempranero donde comprar el periódico del día, con la tinta aún fresca.

Me gusta sentarme en un banco, con el periódico bajo el brazo y una gorra a cuadros encajada sobre la cabeza. Me convierto en un testigo impertinente del despertar de toda la ciudad.

Veo levantarse de manera casi simultánea cientos de persianas en cientos de balcones, y admiro el revoloteo de gorriones sobresaltados que aprovechaban el silencio de la ciudad para dormitar en los balcones. Imagino el sonido de la multitud de aparatos de radio que habrán despertado a quienes tras las ventanas, ahora, han encendido las luces. Hombres, por lo general, que entran a la ducha, dejando a su mujer desperezándose entre las sábanas y mantas, preservando el calor de toda la noche. Fantaseo con las decenas de heridas que los somnolientos ejecutivos se practican torpemente y en contra de su voluntad, dibujando en su cara la marca de las cuchillas de afeitar. Llegan a mí los vapores, los olores a champú que se mezclan con el del café y las tostadas. Oigo el rugir de las cafeteras, el tintineo de las cucharillas que se afanan en mezclar el café con el azúcar, la leche con el chocolate. Todo gira en torno a la tranquilizante normalidad de la rutina.

En este punto, un extraterrestre verde y amarillo se abalanza sobre mí. Su tamaño es el doble que el mío, y por si fuera poco va provisto de unas herramientas agresivas, fabricadas con cierto material que produce un sonido tremendamente exasperante. Apenas consigo protegerme con el brazo, el extraterrestre gira sobre sí, se acerca a una especie de nave nodriza en la que guarda otras armas y opera en ella. Intento leer los signos que aparecen plasmados sobre la nave, y consigo descifrarlos con pasmosa facilidad. Son letras latinas, como las que utilizamos tú y yo.

Entonces caigo en la cuenta. El extraterrestre no es tal, sino un barrendero municipal. Su herramienta agresiva, un rastrillo. Y su nave nodriza, un carrito. Decido desayunar antes de salir de casa, por si las moscas.

28 nov. 2008

Un adiós inesperado es como encontrar el rollo de papel higiénico acabado y no poder levantarte por uno nuevo. El sentimiento de impotencia en ambos casos viene a ser parecido.

22 nov. 2008

Tras una tarde pseudofilosófica...

Hace tiempo me pregunté, condicionado por la presión que en esta época de nuestras vidas parece invadirnos, cuál es la causa por la que todos mis coetáneos (o, cuanto menos, el noventa por ciento de ellos) desconocen cuál será la carrera que empezarán a cursar en diez meses vista, la cual marcará su vida de aquí en adelante. Creo haber encontrado la respuesta. Cada uno, luego, es libre de opinar, de indignarse o de ciscarse en mis muertos, a elección del demandante. Pero es evidente que existe una enorme diferencia entre la mentalidad de aquellos próximos a los dieciocho años ahora y su forma de ver el mundo hará cuarenta o cincuenta años. Eran otros tiempos.

Entonces los jóvenes no tenían opción. Un mundo en blanco y negro en el cual la opresión pública y la falta de albedrío jugaban un papel fundamental en las no-decisiones de los ahora vejestorios. A, B y, con suerte, C eran las opciones con las cuales contaban por aquellos años. No sabían qué era el mundo. Vivían engañados. (Aunque muchas veces ésa es la mejor forma de ser feliz, rememorando otro de los temas surgidos durante la tarde pseudofilosófica.)

La censura, la falta de recursos o la ausencia de tecnología reducían a la mínima expresión las posibles aficiones. Lecturas de tediosos clásicos sin emoción alguna les obligaban a idear estúpidas aventuras a lomos de un caballo disparando a malvados indios o a bordo de barcos de guerra. Irreales muñecas de porcelana despertaban el sentimiento maternal de generaciones enteras de niñas, que ni siquiera soñaban con estudiar. La vida social se reducía a un partido de fútbol entre dos zagales, tan absurdo como decadente, al utilizar chapas de botellas desconchadas por el uso. Cada niño se encerraba en sí mismo, perfilaba sus pasiones y con los años se daría cuenta de que la cohibición le impidió disfrutar de una juventud al uso actual, condicionando su futuro estudio a aquello por lo que sentía afición. ¡Qué disparate!

Ahora, por suerte, las cosas han cambiado. Televisión, videojuegos, Internet. Esto sí que es libertad. Sí, señor. Somos capaces de conocer todo aquello que se nos ocurra. Los medios de comunicación nos ofrecen un sinfín de posibilidades, educándonos en materias indispensables como son las artes marciales o carreras de coches. La educación, antes atribuida por error a cada padre, corresponde ahora de manera universal a Bill Gates, Ronald McDonald o Spiderman. Por fin somos educados todos por el mismo rasero. Ya no conocemos a don nadies como Julio Verne, Robert Louis Stevenson o Daniel Defoe y nos entregamos por completo a la adoración de grandes figuras como David Beckham, Melendi o Matt Damon. Jóvenes de todas las edades cultivamos nuestra amplísima vida social (que se convierte, como debe ser, en nuestra mayor prioridad) a través de magníficos chats, cuya seguridad nadie pone en tela de juicio. Las niñas, en su edad difícil, dejan de creer en tontos cuentos de hadas y en príncipes azules para depositar su fe en cadenas de mensajes electrónicos, las cuales auguran terribles catástrofes al ser rotas.

Con este panorama, los niños y los adolescentes disfrutamos de una de las mejores etapas de nuestra vida, la más imaginativa, la más inconformista, la base de nuestra personalidad. La ocupamos por completo en jugar a ser mayores sin serlo. Fingimos ser personas maduras, capaces de tomar decisiones, independientes a la hora de salir de casa. Sin embargo, al llegar a los diecisiete o dieciocho años, nos encontramos con que somos incapaces de planear nuestro futuro. No nos vemos en edad de tomar ciertas responsabilidades sobre lo que determinará nuestra vida. ¿No éramos maduros? Oh, sí, claro. Por descontado. Pero yo voy a meterme en el Tuenti, y luego pondré Telecinco. A ver qué echan…

21 nov. 2008

Las chicas no callan.

Descubrí que las muchachas de diecisiete años poseen una capacidad verbal de tal magnitud que su cerebro las impulsa a ejercitarla cada veinte segundos.

Carlos Ruiz-Zafón, El juego del ángel.

26 oct. 2008

Es fácil hacerse millonario (si sabes cómo).

Me he propuesto ser rico. Sí, lo sé. No es una decisión que se suela tomar así, de un día para otro. Es raro. Pero es mi decisión, meditada, y tal y cual. Y he decidido, por el mismo precio que lo voy a hacer por el método más sencillo que conozco: escribir un best-seller.

Hacerse millonario a base de un best-seller se ha puesto de moda. Sin embargo, escribir un texto carente de sentido con críticas extraordinarias no está al alcance de cualquiera. Afortunadamente, un servidor ha dado con una fórmula quasi-infalible con la que sorprender al mundo literario actual, y piensa compartirla con cualquiera. Insisto: es fácil. Probadlo, en serio. Lo importante es encontrar un par de personajes, con nombres que suenen extranjeros. El sexo no importa. Esos dos nombres serán los protagonistas a los que debemos encontrar, ahora, un oficio inusual. La historia de un pediatra, sintiéndolo mucho, no vende. Siempre queda el recurso de añadirle ocupaciones extravagantes. Pero eso compete a best-sellers de nivel 2. Volvamos a lo nuestro.

Es importante documentarse, aunque sea durante cinco minutos. Suele ser útil encontrar un misterio, un secreto, una cruzada que provenga de la Antigüedad o de la Edad Media y que siga vigente en nuestro siglo. No importa cuál ni que su relevancia sea importante. Una vez encontrado, debemos relacionarlo con algún célebre histórico y con alguna obra de arte archiconocida, con posibilidad de entrañar misterios. Y ése es otro asunto: el léxico. Palabras como ‘misterio oculto’, ‘enigma’, ‘secreto’ o ‘código’ han de aparecer asiduamente en el relato si de verdad queréis ganar millonadas. Debe aparecer un asesinato, claro está. De no haber nadie muerto, el descubrimiento de claves secretas carece de importancia. Por último, es importante situarla espacialmente en lugares reales, cercanos al lector por su relevancia cultural.

Una vez escrito, para lo que emplearemos un par de tardes, sólo queda seleccionar el título. No es necesario que tenga relación directa con la historia. Que el lector encuentre el sentido, que si se le da todo hecho no reflexiona. Sí debe cumplir, en cambio, una serie de reglas que todo buen título de best-seller ha de seguir. El uso de palabras religiosas es estrictamente necesario. Una frase nominal con un adjetivo corriente es suficiente. También suman puntos las palabras ‘clandestino’, ‘oculto’ y sus derivadas. Aquí propongo un ejemplo clarificador, la síntesis de lo que va a ser mi propio best-seller. A propósito, cuanto más inverosímil, más millones.

El templo celtíbero.
¿Qué suculento misterio se oculta tras las rollizas carnes de la Maja desnuda de Goya? Durante doce siglos, la tribu de los Mamelucos ha conseguido mantener oculta la verdad… hasta ahora. Antes de morir asesinado, el australiano Adam Pickford, el último Gran Maestre de una sociedad secreta de de conspiración contra Alejandro Magno en nuestros días, transmite mediante en el envoltorio de una Big Mac que cenó esa fatídica noche una misteriosa clave a su repartidor de periódicos, Albert Chloeman. Pickford y sus predecesores, entre ellos miembros destacados de la tribu de los Mamelucos como Tarzán o el Marqués de Santillana, han conservado durante siglos un conocimiento que puede cambiar la historia de la humanidad. Ahora, Albert Chloeman con la ayuda del vienés Hans Schumann, un empedernido lector del teletexto que resuelve crucigramas en esperanto, comienza la búsqueda de ese misterio. Tras una trepidante carrera por los lugares más recónditos del planeta descifrando mensajes ocultos en canciones de Karina, el afamado repartidor de periódicos se enfrenta con la clave goyesca en un inesperado final en las cloacas de Soria.

13 oct. 2008

Exteriorizando lo interior.

A veces pienso acerca de lo que se gana exteriorizando sentimientos. Sí, ya sabéis. Esto de que cuando estoy contento pongo cara de contento, y así con todo. Una habilidad difícil para algunos, la de coordinar un sentimiento con su expresión. En muchas ocasiones dudo de la capacidad de hacerlo que tienen ciertas personas. Ya sea por una cosa o su contraria, existen personas que jamás en su vida cambiarán esa cara vacía en cuanto a significado pero con una calculada fachada de cara a los demás. Y se dan dos situaciones, como en todo. Una y su opuesta. Se da el caso en que la persona, independientemente de lo que pasa por su mente, decide mostrar siempre su lado más candoroso y receptivo, sonriente como el que más, a quien todo en la vida le parece perfecto y maravilloso. Este semblante, que llega a convertirse en algo tan violento e increíble que provoca cierto temor, coincide –¡oh, casualidad!– por norma general con una personalidad hipócrita cuyo interés, en el mejor de los casos, es agradar a los demás en absolutamente todo. Por otro lado, en cambio, encontramos a esa gente cuya expresión transmite ese permanente asco hacia ellos mismos, ese inconformismo, ese afán por mostrar continuamente lo desgraciados que son y lo injusta que está siendo la sociedad con ellos. Todo, como he dicho antes, rigurosamente calculado, nadando en el más puro victimismo que, al contrario de lo que ellos puedan pensar, sólo acarreará lamentablemente que acaben creyéndose su propio cuento, que terminen por sufrir aquella fingida insatisfacción.

Porque todo, en esta vida, ha de tener sus límites, y está bien jugar un papel –aunque pequeño, todo el mundo tiene uno en este teatro– siempre y cuando el actor, normalmente pésimo en caracterización –está plagado–, no acabe metiéndose demasiado en él.

3 oct. 2008

Estos seres humanos...

Día 13 17.23 Me traslado a la ciudad en un transporte público denominado Ferrocarril de la Generalitat. A diferencia de otros seres vivos (por ejemplo, el escarabajo de la col), que siempre se desplazan del mismo modo, los seres humanos utilizan gran variedad de medios de locomoción, todos los cuales rivalizan entre sí en lentitud, incomodidad y peste, aunque en este último apartado suelen resultar vencedores los pies y algunos taxis. El mal llamado metro es el medio que más utilizan los fumadores; el autobús, aquellas personas, por lo general de avanzada edad, que gustan de dar volteretas. Para distancias más largas existen los llamados aviones [...]. En los viajes prolongados, los pasajeros del avión se entretienen mostrándose los calcetines.

Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb.

29 sept. 2008

Miedo a volar.

Algo que no logro entender: por qué ahora en los trenes y en los barcos se esfuerzan por imitar a las compañías aéreas, cuando está más que demostrado que a una mitad del género humano le irrita volar y a la otra mitad le aterroriza.

Lorenzo Silva, La niebla y la doncella.

27 sept. 2008

Ella era su todo.

Llegó a tener ese sueño tantas veces en una misma noche que llegó a preocuparse. Nunca había creído en el significado de los sueños, en los oráculos ni en ninguna de esas patrañas, pero ese sueño le traía de cabeza. Cada noche lo mismo. Él, tumbado en la cama, se elevaba unos metros para caer suavemente sobre el colchón. De nuevo, levitaba muy dulcemente para tornar a su cama mullida. Entre idas y venidas, una figura se componía en el borde de su cama. Una mujer, una hermosísima mujer sentada junto a él iba formándose a partir de la nada y, aunque nunca alcanzaba la opacidad, sus rasgos se definían perfectamente sobre el fondo de la habitación. Ella le hablaba, pero su voz sonaba lejana y distante, como proveniente del cielo. No podía entender lo que decía, pero su dulce voz lo cautivaba durante un tiempo que no sabría calcular. Ensimismado, sólo podía contemplar aquella especie de aparición que le había robado cualquier posibilidad de reaccionar. Podría decirse que estaba enamorado de aquel ser incorpóreo.

Llegó a tal punto que creyó ver en esa mujer aquélla que tantas veces había deseado. Aquélla a la que había visto, aquélla con la que se había cruzado. Aquella mujer sin identidad, o con múltiples distintas, que le transmitía algo que le recorría todo el cuerpo. Esa mujer que le recordaba cada día que, aunque la realidad se empeñase en demostrar lo contrario, existía algo por lo que merecía la pena vivir, por lo que no tirar la toalla. ¿Y si la mujer de su sueño fuese, por fin, la única y verdadera? ¿Y si no fuese una señal, sino que fuese ella misma a la que tanto tiempo estuvo esperando?

Esa noche, sin pensárselo dos veces, la esperó para tocarla, para comprobar si de verdad era ella. Quería abrazarla y ver si sentía algo, si algo cambiaba dentro de él. Se incorporó, combatiendo esa fuerza que le obligaba a elevarse y caer entre sus sábanas, y alzó la mano, acercándola a su cara. Sin embargo, cuando sus dedos estaban a apenas unos centímetros de sus labios, se dio cuenta de no podía tocar a esa mujer transparente, pues corría el riesgo de que se convirtiese en humo, desvaneciéndose para siempre, disipándose en el aire, confundiéndose con la nada. No habría nada peor, pues ella para él era todo lo contrario. Ella era su todo.

26 sept. 2008

Cuéntame, que yo te escucho.

¿Crees que no me doy cuenta? Te equivocas. No sé que te ocurre, pero hay algo que te preocupa. No intentes esconderlo, se te nota en la cara. Y a mí también me importa, mucho. Tiene que ver conmigo, ¿no? Sí, es eso. Tiene que ver conmigo, por eso no me lo quieres decir. Algo está pasando entre los dos. Esto es cosa de ti y de mí. Y ya lo vengo notando desde hace un tiempo. Ni me miras ni me sonríes con ese brillo especial de cuando todo era perfecto. Te incomoda que estemos solos, y cuando trato de hablarte en serio me rehúyes. Ya no me cuentas cómo te ha ido el día, ya nunca preguntas por el mío. ¿Qué es lo que te ocurre? Nada se parece a entonces, cuando podíamos estar horas riéndonos de nuestras propias bobadas. Cuando bastaba que te dijese cuatro palabras tontas al oído para que tu sonrisa se encendiese y nos iluminase la noche. ¿Por qué no pueden volver esos días en los que, apoyada en mí, dejabas que acariciase tu pelo durante horas, sin apenas hablar? ¿Por qué ahora siempre estás como ausente, como si no estuvieras, y tienes prisa por marcharte? Cuéntamelo, mi niña. Cuéntame, que yo te escucho.

20 sept. 2008

¿Y qué, si nos hemos convertido en pájaros de una sola ala, cuya única forma de volar es permaneciendo abrazados? ¿Permitirás que, por cumplir un estúpido sueño, caiga yo, caigas tú?

18 sept. 2008

Poema 15.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca. [...]

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

16 sept. 2008

Los celos.

Los celos son como ese sabor amargo que se queda en la boca cuando, después de comer, olvidas lavarte los dientes.

15 sept. 2008

Movimientos orogénicos.

Día 19 01.30 Me despierta un ruido tremebundo. Hace millones de años (o más) la Tierra se formó a base de horrorosos cataclismos: los océanos embravecidos arrasaban las cosas, sepultaban islas mientras cordilleras gigantescas se venían abajo y volcanes en erupción engendraban nuevas montañas; seísmos desplazaban continentes. Para recordar este fenómeno, el Ayuntamiento envía todas las noches unos aparatos, denominados camiones de recogida de basuras, que reproducen bajo las ventanas de los ciudadanos aquel fragor telúrico. Me levanto, hago pis, bebo un vasito de agua y me vuelvo a dormir.

Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb.

14 sept. 2008

Un día especial.

Hoy ha sido un día especial para ella. Nunca antes había llamado su atención y hoy, al fin, lo había conseguido. Estaba tan nerviosa... Normalmente pasaba desapercibida para él, pero hoy estaba feliz. Habían cruzado la mirada tantas veces, se había imaginado que en cualquier momento él arrancaría a hablarle en tantas ocasiones... Cada vez que se lo cruzaba, él se quedaba mirándola, como si no existiese nadie más en aquél pasillo, en aquella calle. No sabía por qué, de repente, ella se había convertido en el blanco de sus miradas, pero no le importaba. ¿Sería su nuevo jersey, o que quizá hoy el peinado le había quedado mejor de lo normal? Es igual. Ella, ahora, es feliz.

Y es que, a veces, es mejor no mirarse al espejo para descubrir en la cara una raya de bolígrafo verde.

13 sept. 2008

En balde.

A los días, volví a sentir como si aquello no fuese conmigo. Como si sobrase en mi vida. Me vi sentado en ese parque, en ese mismo banco que desde hace algún tiempo frecuento a mitad de mi paseo matutino, y me pareció que no servía para nada, para nadie. Pensé que, al no ser joven, ni rico, ni un eficiente trabajador, resultaba un trasto inútil para lo que me rodeaba. En un mundo que sólo busca desarrollarse y mejorar día tras día, en un mundo que tanto sufre si la economía crece un poco más lento que el día anterior, yo, que sólo buscaba caminar despacio y disfrutar del paisaje, no tenía ninguna función. Mi existencia, a día de hoy, era en balde.

De pronto me di cuenta. Me golpeé la frente con la mano. Servía para algo. Mi función en esta vida era engrosar el número de jubilados en las estadísticas de sociedad. Y un sentimiento reconfortante me recorrió todo el cuerpo.

8 sept. 2008

Es el tiempo, no la distancia.

¿Qué nos ha ocurrido?, preguntaste mientras examinabas mi rostro, con miedo, al no encontrar en mí aquel confidente con quien tanto tiempo pasaste. ¿Qué nos ha ocurrido? El tiempo tiene la respuesta. El tiempo es el culpable de que, a día de hoy, todas aquellas horas juntos te parezcan una historia ajena a mí, como si no fuese yo, como si fuera otro. Es el tiempo, no la distancia, quien ha conseguido que seamos dos extraños, dos desconocidos después de haberse conocido como nadie. Aguanté una lágrima que jugaba con mi garganta, haciendo un nudo casi tan doloroso como verte y descubrir que el tiempo te ha cambiado, me ha cambiado a mí contigo y nos ha separado. Tú aguantabas también el llanto, un llanto que se tradujo en una voz lejana y quebrada al formular tu pregunta.

Prométemelo, dijiste al romper a llorar, prométeme que nunca nos volverá a pasar, que a partir de ahora volveremos a ser aquellos niños. Yo, incapaz de responder, te abracé por toda respuesta.

7 sept. 2008

Mala cara.

–Tiene usted mala cara.
–Indigestión –repliqué.
–¿De qué?
–De realidad.
–Póngase a la cola –atajó.

Carlos Ruiz-Zafón, El juego del ángel.

6 sept. 2008

La voz de la experiencia.

“Jaime,” me dirigí a mi nieto, “en esta vida hay dos tipos de personas: los que creen que pueden sacar provecho de tu amistad y los que, aunque no tengan esa intención, siempre se llevan una parte de tu vida. Así, sobre el papel, los peligrosos parecen los primeros. Interesados por ti, te hacen creer en una amistad inexistente buscando únicamente en el beneficio propio. Tranquilo, estos no hacen daño. Llegan, se aprovechan, y tal como llegaron, se van cuando ven que no te pueden sacar más partido. Los verdaderamente peligrosos son los segundos, Jaime. Con esos sí que llegas a experimentar lo que es la amistad, lo que es el desinterés y la ayuda. Pero, oh, maldito tiempo. El tiempo se acaba llevando todo, Jaime, hasta los amigos. Y entonces sí que se sufre. Te das cuenta de verdad de que ellos se llevaron consigo bastante más de lo que cualquier parásito interesado pudo sacarte.”

El pequeño, sin entender una palabra, saltó de mis piernas y fue a jugar. Él intentaba disimularlo, pero yo noté que aquello le había sonado a chino. Lo que él entonces no sabía es que con los años terminaría por entender lo que quise explicarle esa tarde de domingo.

5 sept. 2008

Un mundo egoísta.

Súbitamente, frené mi marcha en seco. Apoyado sobre mi bastón, recorrí con la mirada cuanto me rodeaba. No podía dar crédito a lo que le estaba sucediendo. Nunca antes me había ocurrido nada semejante, a pesar de llevar las mil experiencias de una persona de mi edad a la espalda. Por un momento, ahí plantado en la acera, me pareció que nada tenía sentido. Que la vida no valía nada, que no merecía la pena. Sólo distinguía a gente veloz, egoísta e indiferente. Podía leer en sus caras la insatisfacción y el veneno de la ambición. Veía envidia, veía prejuicios. Por un momento, la vida…

De pronto, un niño rió. Estaba jugando. Y todo recobró sentido.

4 sept. 2008

A punto de morir...

Lo único que puedo asegurar es que en ninguna ocasión, ni siquiera en los más críticos bretes, he visto, conforme suele contarse, pasar ante mí mi vida entera como si fuera una película, lo que siempre es un alivio, porque bastante malo es de por sí morirse para encima morirse viendo cine español.

Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras.

3 sept. 2008

Una sensación familiar.

Otra vez no. Ya he picado muchas veces, pero esta vez no picaré. Llego prevenido. Como digo, no sería la primera vez que me ocurre, por lo que la experiencia me ha enseñado sobradamente las desastrosas consecuencias. Ya noto los primeros síntomas: deseo incontenible de tenerla controlada, total indiferencia (pésimamente fingida) cuando está cerca, que se va al garete con esas risitas estúpidas y desmesuradas cuando bromeamos. Cualquiera que me vea desde fuera...

Pero esta vez va a ser distinto. Ya lo creo que sí. Esta vez no dejaré que me suceda como siempre. El precio a pagar suele ser muy caro, y ya estoy en bancarrota. Se empieza como un juego. Qué gracia me hace, qué bien me lo paso con ella. Pero a la larga pasa factura. ¿Cómo serán capaces de llevarse la poca decencia que tenemos sin que nos demos cuenta? ¿Cuál será el modo secreto que sólo ellas conocen de dejarnos como desnudos y manejarnos a su voluntad, como si fuésemos idiotas? No lo sé, pero esta vez no voy a ser yo el idiota que se deje llevar. Hay que ver lo sensibles que parecen y lo crueles que pueden llegar a resultar. Lo fuertes que podemos parecer y lo que llegamos a sufrir. Enamorarse no sale rentable.

Aunque, bien pensado, quizás esta vez sí. Quién sabe si esta vez no es la definitiva. Por mucho que me esfuerce, no le encuentro ni un solo defecto. Puedo intentarlo. De todas formas, ella no es como las demás…

9 ago. 2008

De amor y celos.

TEODORO:
[...] Mas confieso que no entiendo
cómo puede ser que amor
venga a nacer de los celos,
pues que siempre fue su padre.

DIANA:
Porque esta dama, sospecho
que se agradaba de ver
este galán, sin deseo;
y viéndole ya empelado
en otro amor, con los celos
vino a amar y a desear.
¿Puede ser?

TEODORO:
Yo lo concedo. [...]

Lope de Vega, El perro del hortelano.

8 ago. 2008

Esa vocecilla interior.

“Tranquilo, que viene en seguida. Claro que sí, te dijo que vendría y no te mintió. Ya lo verás. Sólo es cuestión de unos minutos, ten paciencia. ¡Mírala! Ahí está. Y no estires tanto el cuello, que pareces tonto. Sí, ya sé que quieres verla. Pero si sigues llamando así la atención, la vas a espantar. Ahora, lo mejor es hacerse el despistado. Tú, como si no la hubieras visto. Eso es. Y ahora acércate, y sobre todo no la mires. Que no note que la buscas. Así. Ya está, ya viene hacia aquí. Ahora déjala hablar. Lo mejor es que dejes que hable ella, ya sabes que las mujeres hablan por los codos. Así es mejor, en realidad, porque no te da oportunidad a hablar a ti y fastidiarlo todo. Con lo nervioso que estás no dirías más que estupideces. Tú déjala hablar... ¡Y pon cara de escuchar! Ahora es cuando yo me largo... ¡Suerte!”



“¿No lo ves? Está loco por ti. Si no hay más que verle. Mira, mira cómo te busca, desde que has llegado. Seguro que lleva aquí un rato, esperando verte aparecer. Mira cómo levanta la cabeza. ¿No es graciosísimo? Y mira ahora. Cómo se le ha iluminado la cara cuando te ha visto llegar. Oh, ahora se hace el despistado y finge no haberte visto. Típico. Seguro que en nada se acercará y se hará el encontradizo. ¿Lo ves? Ya está por aquí. ¿Qué te dije? Anda, acércate y háblale. No seas tonta, si lo estás deseando... Eso es. Y, sobre todo, no empieces a hablar sin medida. Eso les espanta. Habla poco, así no dices sandeces, que estás nerviosa. Déjale hablar a él... No sé para qué te digo nada si nunca me haces caso. Eso, sigue hablando. En fin, creo que ya sobro por aquí...”

7 ago. 2008

El canalla del Melecio.

Sra. GREGORIA- Es lo que yo digo: que hay gente muy mala por el mundo...
Sr. ELOY- Muy mala, señora Gregoria.
Sra. GREGORIA- Y que a perro flaco to son pulgas.
Sr. ELOY- También.
Sr. FAUSTINO- Pero, al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ¿no cree usté?
Sr. ELOY- Eso, desde luego. Como que después de un día viene otro, y Dios aprieta, pero no ahoga.
Sr. FAUSTINO- ¡Ahí le duele! Claro que agua pasá no mueve molino, pero yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos y porque lo que uno no piensa se le ocurre al otro. Pero de casta le viene al galgo ser rabilargo: el padre de Melecio siempre ha sido de los de quítate tú pa ponerme yo, y de tal palo tal astilla, y genio y figura hasta la sepultura. Total: que el tal Melecio empezó a asomar la oreja, y yo a darme cuenta, porque por el humo se sabe dónde está el fuego.
Sr. ELOY-Que lo que ca uno vale a la cara le sale.
Sra. GREGORIA- Y que antes se pilla a un embustero que a un cojo.
Sr. FAUSTINO- Eso es. Y como no hay que olvidar que de fuera vendrá quien de casa te echará, yo me dije digo: “Hasta aquí hemos llegao; se acabó lo que se daba; tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe; ca uno en su casa y Dios en la de tos; y a mal tiempo buena cara y pa luego es tarde, que reirá mejor el que ría el último”.
Sra. GREGORIA- Y los malos ratos pásalos pronto.
Sr. FAUSTINO- ¡Cabal! Conque le abordé al Melecio porque los hombres hablando se entienden, y le dije: “Las cosas claras y el chocolate espeso; esto pasa de castaño oscuro, así que cruz y raya y tu por un lao y yo por otro; ahí te quedas, mundo amargo, y si te he visto no me acuerdo”. ¿Y qué le parece que hizo él?
Sr. ELOY- ¿El qué?
Sr. FAUSTINO- Pues contestarme con un refrán.
Sr. ELOY- ¿Que le contestó a usté con un refrán?
Sra. GREGORIA- ¡¡Con un refrán, señor Eloy!!
Sr. ELOY- ¡Ay, qué tío más cínico!
Sr. FAUSTINO- ¿Qué le parece?
Sra. GREGORIA- ¿Será sinvergüenza?
Sr. ELOY- Hombre, ese tío es un canalla capaz de tó.

Enrique Jardiel Poncela, Eloísa está debajo de un almendro.

5 ago. 2008

Rima XXXIX.

¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
es altanera y vana y caprichosa.
Antes que el sentimiento de su alma
brotará el agua de la estéril roca.

Sé que en su corazón, nido de sierpes,
no hay una fibra que al amor responda;
que es una estatua inanimada...; pero...
¡es tan hermosa!

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas.

4 ago. 2008

Era su momento.

Era de noche, como siempre que ocurren este tipo de cosas. Será que la luz del día nos ciega y no nos deja ver la magia de los momentos, pero cuando el sol se cubre con una manta de estrellas bordadas y los halos de magia que irradian ciertas situaciones irrepetibles se dejan ver, las personas se dejan embaucar por su belleza y su atractivo, dejando de lado la razón para entregarse por completo a seguir sus sentimientos.

Él llevaba tiempo queriendo estar a solas con ella. Ella, simplemente, no tenía plan para ese día. Él sentía vergüenza cada vez que cogía el teléfono para marcar su número. Ella pensó en él como recurso para matar una noche. Él no podía pensar en otra cosa que no fuese ella: tenía su sonrisa grabada a fuego en su mente. Ella lo llamó. Él casi se muere del susto. Ella propuso un plan que él aceptó de buen grado. Ella pensó: “Ya he apañado un poco la noche”. Él pensó: “Hoy es la mejor noche de mi vida”. Ella se arregló y él, con la emoción, olvidó hasta la colonia. Ella lo vio: qué bien le caía él. Él se derritió: ella es un ángel. Ella sintió algo: “Qué guapo está hoy.” Él no sabía qué hacer, y empezó a decir estupideces. Ella se reía, charlaba y se volvía a reír. Resultaba tan gracioso... Él llegó incluso a pasarlo mal. Quería quedar bien. Ella dudó: “¿Qué me está pasando?” Él dudó: “¿Qué siente ella?”

Se miraron a los ojos, como buscando respuestas el uno en el otro. Sentados en aquel banco, los minutos pasaban volando mientras que ellos, confusos, callaban y pensaban.

Entonces él no podía esperar más. Se moría por abrazarla. Ella no sabía por qué, pero necesitaba abrazarlo. No se dieron cuenta, pero aquel segundo llevaba para ellos un brillo mágico. Era SU momento. De ellos y de nadie más. Por fin había llegado el momento en el que, en lo que dura un suspiro, en lo que se cruza una mirada, se dieron cuenta de que lo que más deseaban era continuar abrazados durante el resto de sus vidas. Mientras el resto del mundo vivía ese momento como cualquier otro, para ellos fue el momento que cambió sus vidas.

Naturalmente, era una noche verano.

3 ago. 2008

¿Estudias o trabajas?

Día 21 04:00 Se me acerca una chica muy joven y atractiva. Con gran desenvoltura me pregunta si estudio o trabajo. Le respondo que, en realidad, no puede hacerse esta distinción, porque quien estudia aplicadamente, realiza el más importante de los trabajos (para el día de mañana), del mismo modo que, quien pone los cinco sentidos en su trabajo, algo nuevo aprende cada día. Sin duda satisfecha con mi respuesta, la chica se aleja a buen paso.

Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb.

2 ago. 2008

Fueron los ojos.

Pensad en un sitio en el que necesitéis la mayor intimidad del mundo. Ese sitio en el que no sólo disfrutáis de la soledad, sino que incluso sea totalmente necesaria. Todos tenemos ese sitio en el que reencontrarnos con nosotros mismos, reflexionar y permanecer en él diez minutos cada día. Un lugar en el que dejas de lado todo ruido externo para escuchar únicamente tu interior…

Vale, sí. Me refiero al váter. ¿Hay algo más íntimo que ese momento del día (que yo, afortunadamente, tengo perfectamente regulado como si un reloj suizo lo controlase) en el que te sientas a ver los minutos pasar? ¿No necesitáis total intimidad y soledad, o de lo contrario os incomodáis y no procedéis como es debido? Siento hablar de algo tan mundano, y estoy evitando en toda medida palabras explícitas, pero quiero compartir un sentimiento de desasosiego que me invadió por completo ayer tarde.

Una amiga tiene una casa. En esa casa hay un baño. En ese baño hay un váter. Pues bien, justo a su lado se encuentra una figura con dos enormes ojos que parecen vigilarte desde el mismo momento en el que los divisas desde el pasillo. Fueron esos desorbitados globos oculares los que me infundaron tal sentimiento de desasosiego que no pude desembarcar (utilizaría el eufemismo polinizar, pero aún no está lo suficientemente arraigado) a mi aire durante el día de ayer, por lo que mi humor pudo verse afectado notablemente. Lo siento, no fui yo. Fueron los ojos.

31 jul. 2008

Y ver amanecer...

Hasta hace poco (tres horas y media, para ser exactos) estaba totalmente convencido de que eso del jet lag no era más que una estúpida leyenda urbana, inventada por ciertos sibaritas que se sienten “incómodos” tras largos vuelos y cambios horarios. De hecho, anoche mismo estuve burlándome del dichoso síntoma con unos amigos. Ahora, donde dije digo, digo Diego.

Quién me iba a decir a mí, hace una semana, cuando sólo deseaba volver a casa para poder quedarme dormido hasta las tantas, que entre semana iba a ver amanecer sin necesidad de hacerlo. Y habiéndome acostado a la una de la madrugada. Lo nunca visto, señores.

He decidido informarme acerca de ello. Del síntoma, digo. Y encuentro que puedo experimentar fatiga, vómitos, falta de memoria, irritabilidad y apatía. Suerte para todos aquellos que tengan que lidiar conmigo durante las próximas horas.

Y eso no es todo. También se señala que un posible remedio para el desequilibrio horario es la ingesta de Viagra. Que Dios nos pille confesados...

21 jul. 2008

Mas o menos, yo.

Tras mi primera entrada, algo escasa en lo que a información se refiere, solo quería presentarme brevemente. No voy a hacerlo a la manera que lo haríamos en otros idiomas (My name is Daniel, I have one brother and one sister…), me resulta estúpido. Sólo querría explicaros, si puedo, en qué va a consistir lo que podréis encontrar en este rinconcito de la red.

Como bien reza el nombre de mi blog (haced el favor de fijaros en los títulos, pues suelen aportar información), soy una especie de veleta. No quiere decir esto que no tenga personalidad (por lo menos nunca lo reconocería de manera tan pública), sino que los contenidos podrán variar enormemente, siempre dependiendo de la etapa en la que me encuentre. Nada nuevo, de momento. A todos nos dan aires.

Yo, señor, soy realista. De naturaleza paranoica, pero realista al fin y al cabo, con el escepticismo que ello conlleva. Con tendencia a odiar y ser odiado, tardo mucho en coger cariño a alguien. Mordaz, irónico y enormemente crítico, mi fuerte carácter (a veces algo cínico) impide en ocasiones el trato con ciertas personas. Todo negativo, de momento. Por otra parte, hay gente que asegura que no es para tanto. Pero aquí acaba mi examen personal, nunca me ha gustado echarme flores y ponerme medallas. Que tengo virtudes, eso es seguro (todo el mundo las tiene), pero no seré yo quien las mencione, por miedo a equivocarme en el juicio.

En parte dedicado a esto que llaman “letras”, escribo y actúo como pasatiempo. Convencido y quizás errado, estudio ciencias sin, por el momento, mayor previsión de futuro. El tiempo lo dirá, aunque últimamente se me vaticinó un doble estudio tanto de ciencias como de letras en un juego en el que yo no voy a entrar.

Y aquí acabo, que el lector se tira de los pelos temiendo tener que leer otra línea mas sobre el autor, cuya vida y milagros no importan a la hora de disfrutar por un breve instante de lo que su torpe pluma intenta crear. No os defraudaré (o eso intento).

15 jul. 2008

Primeras entradas nunca fueron buenas.

Tengo la sensación de que todas las primeras entradas tienen algo de patético. Y no es por desautorizar a nadie, ni mucho menos, pero es la realidad. Quizá se deba a la novedad, a la inexperiencia o a una antigua maldición que los antiguos etruscos lanzaron contra la Humanidad a raíz de un enfado con sus enemigos los samnitas. No estoy seguro. Lo cierto es que es difícil comenzar escribiendo sobre uno mismo para darse a conocer si uno mismo no se conoce lo suficiente.

Por ello intentaré hacerlo en la medida de lo posible, pero creo que en muchas ocasiones son los demás quienes han de conocer a una persona. Por lo menos, resulta más fácil. Además, pienso que los escritos reflejan nítidamente el carácter del autor. Por tanto, si de verdad estáis interesados, ya me iréis conociendo.

En verdad, hay una culpable de todo esto. Hay una persona a quien podéis achacar cualquier responsabilidad y recriminar que me haya introducido en este mundillo. Reclamaciones a Bian. Yo no tengo nada que ver, me obligó… En verdad, yo no quería tener blog, y de hecho utilizo esta palabra muy a mi pesar. Sí, soy una de esas odiosas personas que prefieren utilizar palabras de nuestra lengua madre antes que rendirse ante los encantos de los extranjerismos, en la medida en que a uno le dejan. Había pensado evitar esa palabra y sustituirla por “bitácora”, su forma castellana, pero por desgracia tiene un inevitable deje de ridiculez, por lo que creo que mantendré el anglicismo, si bien lo usaré exclusivamente cuando me sea forzoso hacerlo.

A pesar de todo, este es mi blog. Sin tener muy claro con qué podré ir engrosándolo, no espero un gran número de visitantes. Sólo espero, como bien me dijo mi amiga la culpable, poder constituir una millonésima parte de la vida de alguien, aunque sólo sea de una persona. Puede considerarse un acto de vanidad el ocupar la vida de alguien, pero ¿que sería del mundo sin vanidad?

Decía al principio que todas las primeras entradas de un blog me resultan patéticas. Esta no iba a ser menos.