24 dic. 2011

Y entre el caos de repente

Apareciste. Y pusiste orden. Y diste luz. Y trajiste calma. Y me fuiste conquistando. Con tu cuerpo menudo, tu sonrisa, tus manos y tus perlas. Entraste de pronto, ocupando poco a poco el hueco que en mi cabeza invadía la negrura. La fuiste expulsando, me fuiste distrayendo. Y ahora has inundado todo. Solo oigo tu risa, eterna, perfecta. Ya no necesito más, ya nada más me hace feliz. Solo quiero vagar a la deriva por el mar de tu pelo, suave, tan suave. Oír cuando me hablas y que me tiemblen las piernas. Sentir cuando llegas porque huele como a miel. Olvidar los problemas, y el tiempo, y las prisas. Pensar a cada hora, a cada minuto, a cada minúsculo segundo en ti, como si fuera a morir, como si deseara tener grabados tus rasgos por siempre en la retina.

Entraste como remedio y te quedas como enfermedad. Dulce y adictiva enfermedad.

20 dic. 2011

La mora roja de pizquitas

Otra vez, te vas. Pero esta vez no es como las demás. Esta vez se cierra una caja de pandora, una bomba que nos ha explotado sin querer, que nos ha dado a los dos en la cara y que me ha dejado con un palmo de narices. Se cierra una etapa convulsa, molesta, quién sabe si es para siempre o se trata solamente de una tregua. Quién sabe si, después de haber puesto todo de nuestra parte, habremos conseguido finalmente echar las siete llaves y arrojar la jaula al mar. Quién sabe si ojalá.

Seguramente era necesario. Es posible que estuviese ya escrito. Había de pasar, y probablemente hayamos salido reforzados, mejorados. Al menos yo. He aprendido a quererte y a merecer tu cariño. He intentado borrar mis defectos, limar los engranajes y engrasar cada tuerca, sin dejar de ser yo mismo. Y estoy feliz con el resultado. Sé que no puedo exigirte más que al resto, sería absurdo hacerlo. Porque yo te conocí a ti, con tus nombres y apellidos, con tu historia y tus defectos, con tu vida y con tus obras. Es así como me ganaste, y así será como debes seguir siendo.

Y me da igual si no te acuerdas de que mi favorita es la mora roja de pizquitas, y si nunca sabes cómo se llaman mis amigas. Me da igual porque cada uno es como es, a ver, y cada uno quiere a su manera. Y yo sé que me quieres, y si no me quieres qué más da, que yo si lo hago, y te quiero, pero me quiero más a mí, y existo, y soy, y soy feliz. Y es la risa tuya cuando hago una tontada la que me ayuda a luchar contra el monstruo este que tengo dentro.

8 dic. 2011

Treinta y tres

Tienes las orejas rojas. La punta, solo la punta. Me coges de la mano y me entra un escalofrío. Tus dedos parecen de hielo y yo pego un bote. Y tú te ríes. Te encanta hacerme rabiar. Y a mí me encanta hacer el payaso. Vamos andando, sin prisa, por la avenida. Tenemos mil cosas que hacer, y sin embargo... Ojalá el tiempo se congele. Como ese termómetro. Bajo cero. Tengo frío, pero caminaría durante horas. Al diablo las chimeneas. Agárrame fuerte del brazo, que despegamos. Sin prisa, nos mecemos, suspendidos en el aire. El viento corta nuestras caras, tu pelo rizado, precioso, de oro, se enreda sobre los tejados. Tienes vértigo, lo sé. Bajamos. No queda nadie. ¿Dónde está la gente? La ciudad está desierta. Ya pasa de medianoche. Como Cenicienta, dices. Como Cenicienta. Y te ríes, porque sabes que me sé el año de la película. Y yo hago como que me enfado. “No te rías de mí”, pero lo hago para que vuelvas a reírte, para ver tu boca, para oír tu voz. Empiezas a toser. No has traído nada para el cuello, eres una insensata, te digo. “Los cisnes lo llevan siempre al aire.” Tienes razón, pienso. Pero toma. Mi bufanda. “Huele a ti.” Sí, claro que huele a mí. Y ahora espero que huela a ti, que huela por siempre, que nunca se vaya.

Vas arrastrando mi bufanda. Mi bufanda de los dos.