14 sept. 2015

La ropa doblada

Son casi las diez. Tengo que poner la lavadora o se me hará tarde. Hay que ver lo pronto que se llena cuando hay ropa de los dos. Mañana estará seca, la doblaré y la dejaré apilada en cualquier sitio, como siempre. No soporto el caos, aunque con el tuyo suelo hacer deliciosas excepciones. Hoy no tengo mucha hambre, una preocupación menos. Así no cocino, tú siempre te pides algo. No sé cómo consigues que la casa siempre huela a tu perfume. No es grande, lo justo para dos. Pero aún así es un olor tan profundo que es como si me abrazaras a cada instante. Alguien va a tener que bajar la basura. El cubo es tan pequeño que te tengo que pedir que la bajes casi a diario. Y no has recogido el chocolate en la nevera. Sabes que lo haré yo. Con una fingida mirada de resignación. Con un cariño inmenso en los ojos. Como cuando me acabo las miguitas de los cereales porque no te gustan. Está bien, nunca lo he hecho. Pero la próxima vez lo hago, te lo prometo. Me encantan las miguitas. Pero para eso tenemos que desayunar juntos. Lo peor es cuando voy al trabajo. Aún está por llegar el día en que no te escriba a los diez minutos de salir de casa. Mañana lo intentaré, pero no creo que lo consiga.

Solo que mañana nadie responderá al teléfono. Nadie bajará la basura. Nadie se dejará el chocolate fuera de la nevera. Vendrás, y te llevarás tu ropa doblada, y tu perfume, y tu delicioso caos.

Me pediste que volviera a escribir y lo he hecho. Pídeme lo que quieras.

24 mar. 2015

Niña de azul

Es como esa niña de azul que deambula sin estar segura de si la estás mirando. Como ese rostro apagado, sonriente, melancólico. Parece divertirle el juego: se ha girado otra vez, buscando tus ojos. Pero tú no estabas pendiente. O lo estabas, pero a deshora. Parece divertirle, pero lo que nadie ve son las lágrimas que va guardando, que se le enredan en el cuello como una hiedra descontrolada. Que quieren salir, pero temen decir algo inoportuno. Que están ahí, pero preferirían no estarlo.

Es tarde y, sin embargo, la niña de azul deambula. Deambula por calles que no llevan a ningún sitio, que se pierden en los límites de la ciudad. Y tú la sigues, curioso, con la mirada. La miras, con la seguridad de que si la pierdes volverá a encontrarte, y volverá a sonreírte. Y volverá a jugar. Parece frágil. Dónde irá tan lejos, tan sola, tan aparentemente feliz.

11 oct. 2012

2 jul. 2012

Las personas de cristal no soportan el dolor

Ya no tienen miedo a nada. Ya han callado durante mucho tiempo y ahora gritarán. Se ven optimistas, se ven ganadores, se ven jugando en la boca del lobo. Saltan de madriguera en madriguera sin torcerse el tobillo. No temen los mordiscos. Los tropezones, las zancadillas, todo eso no hace daño. Hay quien quiere verles llorar, pero no lo conseguirán. No, porque ya no lloran, ya no se lamentan. Ya no. Arriesgan y ganan. Y otras veces pierden. ¿Y qué? Al diablo la ansiedad. Al diablo las poses, los papeles, las apariencias. Saben que no son inmortales. Son ellos. Inciertos y volátiles, seguros de su inseguridad. Son como son y hoy quieren arrasar. Dejan de calcular. Dejan de calcular porque no les sirve de nada. Para qué. Si el castillo de naipes acabará derrumbándose; solo entonces tiene gracia. Si nada será igual mañana. Ni siquiera ellos serán los mismos. No pueden tener el control de todas las cosas. Pero, de las que pueden, lo tienen. Y ellos conducen. Porque quieren. Y quizá no sepan adonde, pero saben que lo quieren. Quizá se arrepientan. Quizá no. Probablemente no.

Quizás solo necesitaba leer entre líneas. Quizá solo Guille tenía la clave.

19 jun. 2012

De bofetones.

TEODORO:
[...] Si no te quiero te enfadas,
y enójaste si te quiero;
escríbesme si me olvido,
y si me acuerdo te ofendo;
pretendes que yo te entienda,
y si te entiendo soy necio.
Mátame o dame la vida;
da un medio a tantos extremos. 

Lope de Vega, El perro del hortelano.

7 jun. 2012

Una ardilla, un señor de bigotes y un bol de cereales.

Una vez me encontré con una ardilla, un señor de bigotes y un bol de cereales. Yo, muy cortés, “muy buenos días”, les dije; “¿qué hacen ustedes?”, les dije. La ardilla, muy cortés, me saludó con el bombín. La ardilla era muy educada, pero la ardilla no hablaba. El señor de bigotes, éste sí que hablaba, dijo ser de París. Me mostró la baraja. “Jugamos naipes”, me dijo. El bol de cereales asentía. El bol de cereales tenía una mirada sospechosa. El bol de cereales, a todas luces, escondía un as bajo la manga. “¿Quiere usted jugar naipes?”, ofreció la ardilla. Pero la ardilla no hablaba. La ardilla lo dijo en lengua de signos. Yo lo entendí perfectamente, porque una noche, en abril, Calvo Sotelo me enseñó la lengua de signos. Desde entonces entiendo la lengua de signos, pero apenas puedo hablarla. La lengua de signos es difícil para quien no tiene necesidad de hablarla.

Puesto que decliné la oferta de jugar naipes –el bol de cereales tenía una mirada sospechosa-, la ardilla, muy cortés, volvió a saludarme con el bombín. El señor de bigotes, que esta vez dijo ser de un pueblecito de Zamora, se mostró rudo y me invitó a marcharme de muy malas maneras. Desde entonces tengo miedo de los señores de bigotes. Excepto de Nietzsche. Nietzsche siempre me ha caído muy simpático. Y sabe hacer malabarismos con naranjas.

Seguí caminando y me encontré con una lata de berberechos. En un principio dudé si los berberechos habían entrado ahí por propia voluntad o si había sido la lata quien los había engullido. Pero los berberechos bailaban la conga dentro de la lata y me pareció irrespetuoso preguntárselo. Así que resolví creer en la buena fe de la lata y en la buena fe de los berberechos. Me comí un par y seguí caminando.

Me llegué al río y me ahogué. Pero no me ahogué solo. Un salmón me acompañó. “¿Quiere usted que nos ahoguemos?”, me dijo. “Yo no sé nadar”, me dijo. “Ya verá usted como nos ahogamos rapidito, no se va a dar apenas cuenta”, me dijo. Y claro, yo me ahogué.

29 may. 2012

Tengo miedo, ¿sabes?

Tengo miedo, ¿sabes? Miedo a ti, a mí, a mi cabeza. Miedo a tu indecisión, a la mía, a la confusión, al caos destructor. Tengo miedo al dolor, a que se repita, a que sea demasiado tarde, a que cabalguemos a dos velocidades. Podría decir que estoy nervioso, confuso, enfadado, alterado, triste. Pero no. Lo que tengo es miedo. Miedo a tu silencio. A tu esquivez. A tus ojos, a esos ojos. A estar cayendo. A que me hagas caer. Miedo a caer y que tú no.

Tengo miedo, ¿sabes? Miedo a que tengas miedo. A que pienses que volverá a ocurrirte. A que veas el peligro en mí, a que me veas igual que a otros. Miedo a que eso te condicione, a que le des vueltas, a salir perdiendo. Miedo a tu pasado.

Tengo miedo, ¿sabes? Miedo a que todo esté en nuestra contra. Que lo está. Miedo a los demás. A que haya demasiadas cosas en juego. Pero, sobre todo, a que nosotros seamos los juguetes. A que yo lo sea. Tengo miedo.

¿Sabes?

Pero creo que tú tienes más miedo que yo.





“¿Lo primero que pienso por la mañana? Pues no.” Dime solo una cosa. Dime que podrías seguir negándolo. Dímelo.


Here and now.

5 abr. 2012

Decido no sucumbir

Lo que hace meses parecía imposible, lo que nunca pensé que sería capaz de decir, todo eso –por fin– ha llegado. No, que no te alivie, si lo he conseguido ha sido por mí. Y por los demás. Te quiero pero me da igual que tú no. Te aguanto pero a veces preferiría no tener que hacerlo. Estoy contigo pero ni siquiera te busco. Ahora no. Antes sí. Ahora no. Minipunto para Daniel.

Por fin podemos respirar. Cada uno de lo suyo. Yo he perdido el tiempo: ya lo recuperaré. Tu familia, tus amigos, tus cosas. Já. Luego me vienes con esas. Al diablo. Se acabó el perrito faldero. Siempre esperaré paciente, insisto, una cosa no quita la otra. Pero con la cabeza bien alta, a ver. Nada de lloriqueos. Solo faltaba. Si soy feliz. Si tengo cien mil cosas que me hagan sonreír. Si ya no eres lo primero. Ni lo segundo ni lo tercero. (¿Lo fuiste, realmente?)

Coexistencia pacífica, eso lo llevamos muy bien. Me gusta, de hecho. Todos contentos, sin sobrepasar una raya que nadie quiere sobrepasar. Así debería haber sido siempre. Pero no lo fue. Y ahora me dejas como herencia una canción que ya no podré escuchar y una necesidad irrefrenable de hablar de lo poco que me importas. Pero por lo demás bien y tal.

4 abr. 2012

He tenido que borrar "Sucumbir" de mi iPod porque no vas a amargarme la fiesta. Esta vez no, señor.

16 mar. 2012

De como el amor se pasa

TRISTÁN: [...]
. Primeramente has de hacer
resolución de olvidar,
sin pensar que has de tornar
eternamente a querer;
. que si te queda esperanza
de volver, no habrá remedio
de olvidar; que si está en medio
la esperanza, no hay mudanza.
. ¿Por qué piensas que no olvida
luego un hombre a una mujer?
Porque, pensando volver,
va entreteniendo la vida.

Lope de Vega, El perro del hortelano.