2 jul. 2012

Las personas de cristal no soportan el dolor

Ya no tienen miedo a nada. Ya han callado durante mucho tiempo y ahora gritarán. Se ven optimistas, se ven ganadores, se ven jugando en la boca del lobo. Saltan de madriguera en madriguera sin torcerse el tobillo. No temen los mordiscos. Los tropezones, las zancadillas, todo eso no hace daño. Hay quien quiere verles llorar, pero no lo conseguirán. No, porque ya no lloran, ya no se lamentan. Ya no. Arriesgan y ganan. Y otras veces pierden. ¿Y qué? Al diablo la ansiedad. Al diablo las poses, los papeles, las apariencias. Saben que no son inmortales. Son ellos. Inciertos y volátiles, seguros de su inseguridad. Son como son y hoy quieren arrasar. Dejan de calcular. Dejan de calcular porque no les sirve de nada. Para qué. Si el castillo de naipes acabará derrumbándose; solo entonces tiene gracia. Si nada será igual mañana. Ni siquiera ellos serán los mismos. No pueden tener el control de todas las cosas. Pero, de las que pueden, lo tienen. Y ellos conducen. Porque quieren. Y quizá no sepan adonde, pero saben que lo quieren. Quizá se arrepientan. Quizá no. Probablemente no.

Quizás solo necesitaba leer entre líneas. Quizá solo Guille tenía la clave.

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