30 ago. 2010

Tormenta de verano

El cielo lleva un tiempo sin ser cielo. Está pesado, como sin fuerzas, como tonto. Calor agobiante que adormece el espíritu veraniego; naturaleza oscura que pide, desde el silencio, una tregua. Viento portentoso que avisa, que precede, pregonero inequívoco de lo que la negrura hace evidente. Los pájaros se agitan, inquietos, en el aire. Es un momento de máxima belleza, pues lo triste es bello, y lo bello entristece. Exponente del poder de los cielos, de la fuerza de las aguas. Un silencio turbador, la naturaleza está alerta. El hombre es pequeño, insignificante, deleznable. Se encoge ante la magnificencia. Momentos de expectación hasta el primer estruendo que todo lo rasga, hasta el primer fogonazo que todo lo alcanza. Entonces, lo sospechado. En forma de cortina de agua, en forma de vida. Y, después, el resurgir.

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