5 nov. 2010

Puta conciencia impuntual

Se multiplican peligrosamente los momentos en que acto seguido de abrir la boca me arrepiento de lo que ha salido de ella, por el qué, cómo y a quién lo dirijo. Siempre me acuerdo de morderme la maldita lengua una vez que el mal está hecho, siempre después, y después ya es tarde. Lo peor de todo, en cambio, es que quien carga con todo ello no debería por qué hacerlo. Mis cambios de humor repentinos, tan característicos de mí y a la vez tan odiosos, los sufre él por el mero hecho de que es quien más tiempo pierde conmigo. Y así se lo pago.

Hago ver que todo es culpa de los demás, en especial de él, cuando en realidad el problema lo tengo yo conmigo mismo. Dejo en él, supongo, un sabor agrio y una sensación de enfado, que no se corresponde con la realidad. Cuando adquiero conciencia de mis propios defectos y de nuestro tan diverso modo de ser, no lo tolero, escurro el bulto y siempre acaba explotando en él, en sus escasos puntos negativos, que yo, como buen amigo que soy, tengo a bien hacérselos notar. Por desviar la atención, por esconder los míos. Pero no sólo siguen ahí, noche tras noche, manifestándose en mi cabeza al hacer balance. No sólo siguen ahí, sino que con mis actos se agravan.

En esos momentos, más de uno me habría mandado a la mierda. Yo mismo reconozco que no soportaría a alguien como yo. Pero él ahí sigue, ajeno a todo. Porque no se da cuenta o porque no quiere hacerlo. Porque él sabe que no soy tan frío, tan arrogante, tan despiadado. Porque quizá me conozca mejor de lo que pienso, y sabe que todo esto es el resultado de mis luchas internas. O, quizá, simplemente, porque la amistad está para soportar este tipo de cosas y otras mucho peores.

1 comentario:

Cristina dijo...

¡Ánimo! Yo confío... y lo sabes ^^