8 dic. 2011

Treinta y tres

Tienes las orejas rojas. La punta, solo la punta. Me coges de la mano y me entra un escalofrío. Tus dedos parecen de hielo y yo pego un bote. Y tú te ríes. Te encanta hacerme rabiar. Y a mí me encanta hacer el payaso. Vamos andando, sin prisa, por la avenida. Tenemos mil cosas que hacer, y sin embargo... Ojalá el tiempo se congele. Como ese termómetro. Bajo cero. Tengo frío, pero caminaría durante horas. Al diablo las chimeneas. Agárrame fuerte del brazo, que despegamos. Sin prisa, nos mecemos, suspendidos en el aire. El viento corta nuestras caras, tu pelo rizado, precioso, de oro, se enreda sobre los tejados. Tienes vértigo, lo sé. Bajamos. No queda nadie. ¿Dónde está la gente? La ciudad está desierta. Ya pasa de medianoche. Como Cenicienta, dices. Como Cenicienta. Y te ríes, porque sabes que me sé el año de la película. Y yo hago como que me enfado. “No te rías de mí”, pero lo hago para que vuelvas a reírte, para ver tu boca, para oír tu voz. Empiezas a toser. No has traído nada para el cuello, eres una insensata, te digo. “Los cisnes lo llevan siempre al aire.” Tienes razón, pienso. Pero toma. Mi bufanda. “Huele a ti.” Sí, claro que huele a mí. Y ahora espero que huela a ti, que huela por siempre, que nunca se vaya.

Vas arrastrando mi bufanda. Mi bufanda de los dos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta Dani! :)

Viko.