3 ene. 2009

Enajenaciones vaporosas.

Desearía tanto que no hubiese sonado el despertador... Y sin embargo ahí está, enfrentándose al inevitable comienzo de su rutina diaria. Por un momento, sentado en el borde de la bañera, cubierto con una toalla, esperando a secarse, se enajena por culpa del vapor que va a parar al espejo. Es odioso tener que esperar a que se condense de nuevo para poder seguir con el ritual, y en cambio al abrir la puerta para acelerar el proceso entra tanto frío...

Se imagina vapor de agua. Sí, no es su máxima aspiración, pero por unos minutos... Por unos minutos se imagina volátil, se imagina inabarcable. Desea levitar. ¡Evadirse! Lo rápido que se cuela por una rendija, lo mucho que se eleva para luego dejarse caer, todo ello le fascina enormemente. En ocasiones le gustaría poder escapar con esa facilidad de todo lo que le rodea. Mezclarse con el aire, escapar por cualquier agujero, huir por cualquier ventana.

No obstante, como en todo, luego imagina los contras. Hasta el elefante más gigante se rinde ante la presencia de un minúsculo ratón. El vapor tampoco escapa a las corrientes de aire frío. Teme tanto a su condensación y en cambio... En cambio no puede evitarla. Aunque fuese vapor de agua, tendría sus limitaciones.

Porque nuestra libertad termina donde empiezan nuestras debilidades.

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