13 abr. 2009

Doce meses.

Quizá un sábado por la noche en un bar no fuese el mejor momento para que ella contase su historia. Una historia que le hizo parecer la mujer más alegre sobre la tierra, pero que ahora se vuelve en su contra, mostrando su lado más desgraciado. Tuvo la felicidad al alcance de su mano, representada en una persona de carne y hueso. Pero hoy, a cientos de kilómetros de distancia, esa felicidad se torna sufrimiento e impotencia. Y parece exagerado pensar en que, ante esta situación, se prefiera no tenerlo a tenerlo tan lejos.

Pero no, ella no se arrepiente de nada. Sabe que, tras doce largos meses, volverá a verlo en la cita anual que este año los ha juntado. Está convencida de que, aunque la espera sea larga y dolorosa, compensará todo el tiempo perdido. Que sí, que puede que las cosas cambien mucho en tan largo tiempo, pero la esencia siempre se mantiene. Ha de saber que la distancia no es el olvido –menudo topicazo–, sino que el problema está en dejar pasar el tiempo, en dejar que todo se apague. El verdadero enemigo es la pereza, la dejadez, la comodidad. Hay que pelear por ello. Los obstáculos no se superan a menos que se intente y se ponga empeño en salvarlos.

Con el brillo de quien guarda la esperanza en los ojos, fue sincerándose ante su oyente, intentando imponerse al ruido de la música y las voces. Yo, realista por naturaleza, ejercí de optimista por primera vez en mi vida. Y descubrí que el serlo no mata a nadie.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Danii mIl gacias.. por esto, cada vez que quiera recordar porq luxo durante 12 meses vndre aki y lo leere sabiendo que un buen amigo.. m dio su opinion y mosotro aquello que sentia!..

Un beso enrme la interesada:D

Marta González Coloma dijo...

Gran verdad, una grandísima verdad...

Me parece genial que ejercieses ese papel de optimista. Nunca viene mal, y más en situaciones como estas.

Y te lo dice una que vivió algo así durante dos años de distancias, y que sabe que si las cosas acabaron no fue precisamente por la lejanía...

Vicky dijo...

Ahí te doy toda la razón: no es la distancia física la que dificulta las relaciones. El verdadero obstáculo está en nosotros mismos, en nuestra costumbre de rendirnos sin luchar por lo que nos importa.