17 jul. 2009

Oda a un lugar

Nunca ha existido un lugar igual y poca gente tiene la fortuna de haberlo pisado. Se lo recomendaría a todo el mundo pero no se lo recomiendo a nadie. Quizá por egoísmo. No podría soportar que nadie estropease aquello. Ya sólo el jardín de mi casa es una especie de edén, apartado del mundanal ruido, como anhelaba el poeta. Nunca hubo despertar tan dulce como el que obligan los pajarillos apostados en las ramas frente a mi ventana. No hubo tan apacible desayuno como el de tomate de la huerta, a la sombra del pino, amenizado por el runrún de la acequia.

El frescor del interior de la casa supone un buen refugio en los largos días de agosto. Siempre a media luz, en el salón se mezcla el aroma de la albahaca de los jarrones con los restos de la chimenea, del último fuego en abril. Mi perfecto refugio para leer después de comer. En aquellos sillones he devorado desde Lope de Vega hasta Delibes, pasando por Galdós o Unamuno. Y aunque la bodega, bajo la casa, siempre me ha infundido respeto, mentiría si dijese que no me gusta ese aire enrarecido por el vino y el aceite.

El paseo desde la casa hasta el pueblo resulta delicioso. Es un placer caminar algunos minutos por el camino paralelo al río, entre chopos y laureles. Sólo queda cruzar el río y tirar algunas piedras hasta escuchar un ecoico “plof”, bajo el potente sol veraniego. Es reconfortante pasear por sus calles. A pesar de ciertas cuestas endiabladas, como la Abadía o Santa Ana, la tranquilidad reinante en el resto de calles y plazas compensa los esfuerzos. Los rinconces de Híjar huelen a pólvora, a tomillo. Suenan a tambor y a bombo, saben a huerta. En cada puerta me espera la sorpresa de encontrar a alguien con una sonrisa y un saludo para mí, para el forastero.

El día en que prefiero aislarme, siempre tengo la opción de subir al Carmen, la ermita de paredes encaladas que brilla desde lo alto, cercada por pinos piñoneros. En el camino hasta ella, mil flores en las jardineras hacen las veces del perfecto escaparate de todos los colores existentes. Un trago de agua fresca en la fuente y de vuelta a casa.

Y cuando la noche se cierne y llega la fresca, el paseo es inexcusable. Subir al Calvario o al Castillo deja de ser un tormento para convertirse en una travesía agradable y entretenida. La generosidad se personifica en las diversas tertulias de vecinos que se han echado a la calle con sus sillas para disfrutar del suave cierzo y, de paso, disfrutar de un buen vino o de un poco de queso. Las calles, silenciosas, dormitan esperando la madrugada, cuando son invadidas por olores a chusco y torta del horno de leña más cercano.

Adoro mi pequeño paraíso turolense.

4 comentarios:

Marta González Coloma dijo...

Ay, huir de la ciudad. Qué suerte tener un paraíso así. Disfrútalo,
que estás en fechas para hacerlo :)

Pol dijo...

En vez de Teruel, parece el Edén ^^

Anónimo dijo...

Mata.. como ves sigo adicata a tu maravillosos relatos.. simpre m dejan impactada!!
Cierto todo esto es cierto Híjar es un peño paraiso...
COn ganas de verte:D
UN beso

(una pequeña estrella)

Vicky dijo...

Umm... Yo también quiero un locus amoenus como ese... ¡Envidia, envidia, envidia! :)