13 dic. 2008

Agua.

Se pudo escuchar un “¡plof!” y se sumergió por completo en la piscina. Con el traje de baño como único compañero, decidió bucear. Llenó sus pulmones de aire, cerró por completo los ojos, muy fuertemente, y dio un par de brazadas en dirección al fondo. Siente uno tanta paz ahí abajo... Extendió los brazos y las piernas, dejó que el pelo bailara a su antojo y esperó. Quién sabe a qué o a quién, pero esperaba. Lo decía su cara, estaba feliz. El silencio ahí dentro era sólido, como si una gran masa impenetrable lo aislase de la realidad. La presión del agua sobre su cuerpo, el frescor del líquido en contacto con cada rincón de su piel. Es reconfortante sentir esa serenidad. Uno olvida todo, hasta la peor de las ofuscaciones...

Nunca debemos olvidar que, a pesar de la perfección de lo ideal y de lo fantástico, debemos, cada cierto tiempo, volver a la realidad para coger un poco de aire. De lo contrario, corremos el riesgo de que nuestra fantasía nos ahogue.

2 comentarios:

Bian dijo...

Cuánta verdad en esas palabras!
Yo creo que más de una vez me he ahogado un poquito por no querer respirar el aire de allá fuera...
Pero de todo se aprende ^^

Marta González Coloma dijo...

Bonita alegoría... Pues sí, es cierto lo que dices, pero, a lo tonto, más que pensar en el mensaje, en un primer momento me he parado a rememorar esa sensación tan agradable del agua alrededor del cuerpo ^^