14 mar. 2009

Nostalgia.

Nostalgia. Una palabra. Una inocente combinación de letras. Cinco consonantes, un par de aes y alguna vocal más. No es especialmente musical; tampoco tiene por qué serlo. No es más que un conjunto de sonidos que hace referencia a un sentimiento.

Nostalgia. Un sentimiento. De los más dulces, pero de los más dolorosos. De los más contradictorios. Quizá el que te hace sentir mayor impotencia. El que te recuerda lo que fuiste, lo que eres y lo que no serás. Una especie de medicina que puede contagiarte fuerza, valor y espíritu, o puede achicarte, descomponerte y abatirte. Indómito, aunque predecible. En pequeñas dosis, aporta brevísimos instantes de pseudofelicidad. En grandes cantidades, ofusca el presente e idealiza el pasado. No necesita prescripción médica, pero su abuso es poco recomendable para el equilibrio emocional.

Y, a pesar de todo, te sigues dejando invadir por un cálido recuerdo que te conquista por los sentidos. A través del olor de aquella colonia que gastabas. De ese puñado de notas al piano que un día te pusieron la piel de gallina. De aquel Londres que te cautivó por completo. Día tras día. Viviendo y deseando que los japoneses inventen una máquina del tiempo. Pero yo no soy soñador. No. Qué va.

3 comentarios:

Marta González Coloma dijo...

En grandes dosis dicha nostalgia es traicionera, muy traicionera...

Pero bueno, ¿eso qué más nos dará? No somos nada soñadores, ¿no? :)

Carmen dijo...

Al final no era para tanto, simplemente era q me encantas y siempre lo haras=)

Bian dijo...

Yo asocio totalmente la nostalgia con un largo "Aaaaay...", aunque se internamente...
Y esa misma prolongada interjección suelto antes de decir: ¡Máquina del tiempo, ya!