7 may. 2009

Un muro de vidrio aislante

Te escribo desde el infierno de la indiferencia. Aún recuerdo con una sonrisa en los labios y un vuelco en las entrañas el momento en que mi absurda mirada y la tuya se juntaron de manera involuntaria, impredecible. Un reflejo que había movido algo en los dos. Durante eternidades fugaces fuimos cómplices y enemigos, confesores y confesantes, soportes y compañeros, un algo y un todo. No existía el pasado ni el presente, sino el aquí y el ahora, el hoy, el tú y el yo. El tiempo no pasaba para nosotros, aunque sí por nosotros. Mudamos. Mudaste, que yo no. Mi ingenuidad intacta como el primer día no consiguió apreciarlo hasta que fue demasiado tarde, pero cambiaste. No lo digo con rencor, sino con un deje de arrepentimiento y no poco de impotencia. Por circunstancias externas e influencias desastrosas, algo acaeció que hizo que tu carácter se volviese más impenetrable y misterioso. Demasiado. Te distanciaste. Comenzaste a despreocuparte por todo lo que no tenía una relación directa contigo. Hasta que la frialdad no empezó a aflorar en tu gesto, jamás llegué a atisbar lo que en tu interior iba creándose, el monstruo que había nacido y que crecía a un ritmo lento pero imparable. Dejaste de ser tú, y con ello dejaste de ser yo. Dejaste de llenar ese espacio que para ti había reservado dentro de mí y tuve que entrar para arrancar de cuajo ese rótulo donde habías escrito “prohibido el paso”. Empezaste a convertirte en una especie de pelele. Un maniquí de rasgos espantosos y actitud inmutable. Ya no te interesabas por mí ni por nadie. Yo, en cambio, siempre me preocupé por ti, ¿sabes? Desde que constaté con preocupación que te perdía a cada instante, hice lo imposible por encontrar entre las cada vez más escasas palabras que de tu boca escapaban una explicación a tan irracional falta de atención. No obstante, tú no me escuchaste, no me escuchas. Empiezo a preguntarme si alguna vez lo hiciste. Parece como si entre tú y yo existiera un muro de vidrio aislante que evita cualquier posibilidad de contacto entre los dos. Me recuerdas a un maniquí que alguien ha colocado en un escaparate. Y desde este asfixiante averno de indiferencia te suplico que desde tu lado del cristal contemples el mundo exterior con esa expresión inhumana que puebla tus ojos. Quizás de esta manera puedas ver lo que está siendo de mí y destroces las cadenas que te impiden ver más allá de la punta de tu irresistible nariz.

3 comentarios:

Marta González Coloma dijo...

Dolorosa acusación... pero más doloroso para ti, sin duda. Si al maniquí no le gusta ver más allá de sus narices, quizá es que está hecho verdaderamente de plástico y no merece tu atención. Aprecia a aquellos que no estén hechos de petróleo, sino de humanidad. ¡Ánimo!

Vicky dijo...

"No lo digo con rencor, sino con un deje de arrepentimiento y no poco de impotencia."

Impotencia. Eso es lo que duele realmente.

Dani dijo...

Marta (voy a hacer como tú haces, me parece una genial idea): Tranquila, esto no entra dentro de "Basado en hechos reales". En realidad, en cierto modo, el acusado es una especie de álter ego...

Vicky: Como vas viendo, la impotencia es algo a lo que le tengo especial miedo. Suelo hablar de ella a menudo, no sé si lo habrás notado.