5 sept. 2008

Un mundo egoísta.

Súbitamente, frené mi marcha en seco. Apoyado sobre mi bastón, recorrí con la mirada cuanto me rodeaba. No podía dar crédito a lo que le estaba sucediendo. Nunca antes me había ocurrido nada semejante, a pesar de llevar las mil experiencias de una persona de mi edad a la espalda. Por un momento, ahí plantado en la acera, me pareció que nada tenía sentido. Que la vida no valía nada, que no merecía la pena. Sólo distinguía a gente veloz, egoísta e indiferente. Podía leer en sus caras la insatisfacción y el veneno de la ambición. Veía envidia, veía prejuicios. Por un momento, la vida…

De pronto, un niño rió. Estaba jugando. Y todo recobró sentido.

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